Caballeros con los dedos cruzados

Everybody knows that the dice are loaded
Everybody rolls with their fingers crossed

Leonard Cohen

Sebastián era un hombre con una conducta intachable. No por nada se había ganado su apodo del Teacher. Su parecido no era con López Dóriga ni el sobrenombre se le puso por su vestimenta usualmente formal. Varios amigos y compañeros lo habían llamado así por ser un hombre recto y serio. Trataba con propiedad a las personas, frente a frente, incluso detestaba alburearlos o dirigirse con groserías en demasía. Para los de su alrededor era una figura emérita, alguien respetable que podía enseñarnos la decencia restante en el mundo.

Bebía muy poco, lo suficiente para no perderse y comportarse como un verdadero civilizado (un gran ejemplo de continencia). Cuando salía a reuniones y fiestas, su novia podía sentirse tranquila de estar en sus manos. Estaba segura de que Sebastián cumpliría su promesa de traerla a casa, sea la hora que sea. Siempre respetaba sus decisiones y amablemente mostraba su desacuerdo si era pertinente. Las discusiones casi nunca ocurrían y de hacerlo rápidamente se arreglaban. Carla debía sentirse orgullosa de tener un caballero a su lado.

Así como la novia, Antonio sentía placer de conocer a Sebastián, en especial de tenerlo como contrincante en la partida de ajedrez. Llevaban alrededor de media hora intentando terminar la potestad contraria, capturar y posicionarse con el reino del rival. Antonio creía que una riña digna dependía de la inteligencia y destreza con quien se enfrentaba. Confiaba en ello por otras disputas y por conocer desde hace varios años al Teacher. A partir de que se conocieron en Relaciones Internacionales pudo nutrirse una amistad, misma que Antonio apreciaba mucho. Por lo general éste era un hombre receloso de otros, muy pocos podían ganarse una buena opinión de él.

El juego avanzaba cuando repentinamente fue interrumpido. Una llamada entró en el teléfono de Sebastián, una muy esperada por ser de carácter laboral. Saludó formalmente a quien lo solicitaba, bueno, ¿buenos días?,  y su sonrisa iba revelándose conforme la llamada transcurría. Era imaginable que Antonio sintiera bastante curiosidad por lo que sucedía.

—¿Qué pasa? Veo que alguien alegró tu día con una buena noticia.

—Era una oferta laboral, específicamente para cerrar negociaciones y concretar mi ingreso. La situación es sumamente difícil como para haber dicho que no.

—Vamos, no seas tan misterioso. ¿Qué? ¿No confías en mí? Creo que me he ganado tu confianza en estos años.

—Claro, eso es cierto. Sería un hombre solitario en caso de no gozar con tu amistad. Ni Carla podría librarme de ese tormento.

Y eso era cierto, Antonio destacó en sus acciones para poder fortalecer el vínculo con Sebastián, y viceversa. La satisfacción era recíproca entre los individuos y por lo mismo justa. De algún modo ambos vivieron pruebas donde pudieron hacer relucir su amistad, conforme las sorteaban o superaban cada uno reafirmaba el cariño y apoyo con el que contaban. Para ejemplo estaba el trabajo ofrecido para Sebastián. Ambos trabajaban en una empresa que sufría problemas económicos. Debido a ello tuvieron que hacer algunos recortes, varios fueron ejecutados en el área de ventas internacionales. Antonio y Sebastián nunca acabaron como embajadores o diplomáticos, pero sus conocimientos les consiguieron un lugar en aquella área. El primero rápidamente se enteró de los planes en la empresa, entonces decidió adelantarse: con los superiores comenzó a familiarizarse más y a su amigo le informó que solicitaban una vacante cerca de su casa. Pese a que ganaría menos dinero, se compensaría con el ahorro de gasolina en su coche.

—Ya veo, ¿entonces tuve razón con lo del empleo?

—Así es. Todos salimos ganando, resolvimos el dilema de tu cabeza o la mía. Tú pudiste permanecer en el tuyo y no he quedado a la deriva. Me has protegido, estoy agradecido contigo.

—La confianza se prueba así, amigo: con hechos. Puedo demostrarte mi preocupación. Desde que alguien me dijo lo de los recortes, supe que debía haber una forma donde todos ganáramos. Evitar peleas absurdas o envidias innecesarias, mantener la paz entre tú y yo.

—Quién te viera, en ti sigue reluciendo tus aptitudes y propósitos diplomáticos.

—No es sólo eso— rió Antonio y continúo diciendo— pese a toda la corrupción y vileza en el mundo, creo que la bondad sigue en los corazones humanos. Tú y yo somos prueba de eso.

—Concuerdo contigo. En esta época todavía se puede ser alguien honorable. Resulta cobardía y estupidez quien no se atreve a ello. Hace poco me platicó mi vecino que resistió la seducción de una fémina. Ésta era la pareja anterior de su mejor amigo. Supo cumplir la regla de oro que establece nunca ceder o relacionarte con esa clase de mujeres. Actúan como bestias quienes se dejan abatir por sus deseos carnales, resultan deleznables e inexcusables. Me mantengo esperanzado en el, ¿como dices?, corazón humano… Perdón, entre tantas palabras me desconcentré, ¿cómo avanza el caballo? Tres hacia el frente, ¿y uno o dos hacia los lados?

—Dos, y mejor no hablemos de religión. Recuerda que eso y las convicciones políticas siempre exaltan los ánimos…

—¿Qué haces? ¿Crees que cruzando los dedos podrás vencerme? ¡Por favor!— interrumpió Sebastián y hablaba de manera jactanciosa, aunque sin ninguna malicia—Bueno, puede que tengas razón. Te imitaré si no te molesta.

—No lo creo, ya lo hice… ¡Jaque mate, amigo mío!

Sorprendido el otro hombre volteó al tablero y paseó los ojos por todas las piezas, para Sebastián estaba bien. Medio día, el parque con demasiada calma que podría adormecer a cualquier fatigado. No había visitantes, ni corredores o ésos que deambulan con sus mascotas. El cielo nublado era perfecto para echarse sobre el césped y relajarse. Ninguna preocupación aqueja. Sí, todo estaba bien…

Bocadillos de la plaza pública. Esta semana hemos aprendido que ni los pilluelos ni los enemigos públicos pueden—¿o deben?—tener privacidad. Esto gracias a Periscope (¿o como diría cierto cronista, Periespión?).

II. Justo hace unos días se dio a conocer que la PGR investiga al responsable de la CIDH, Emilio Alvárez Icaza, por presunto fraude de un par de millones de pesos. La noticia es recibida con sospechas, ya que se sabe que el mismo grupo de expertos ha causado incomodidad con las declaraciones oficiales. La periodista Martha Anaya nos recuerda las discrepancias.

III. Y así, con ingenio y observando alrededor, se puede intrigar. El político hizo su trabajo, el periodista su grilla.

Señor Carmesí

 

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