La necesidad: muerte de la virtud

La necesidad: muerte de la virtud

Dicen que la tragedia es inevitable. Lo es sólo si la verdad es esencialmente trágica. Lo es si existe algo como la perpetuación indefinida de lo inevitable, en vez de los errores como efecto de la perfidia. Lo es para casi todas las versiones que pueda haber del destino. La marcha de la bestial locomotora del progreso es imparable, por eso quedan el amor y la amistad trágicas, como vínculo de las almas que esperan en la dulzura de su infatigable soledad el acaecimiento de la destrucción serena del hombre. La política se vuelve administración, burocracia de los servicios esenciales, efectividad y producción absurda por la utilidad moderna; se sepulta la lógica que hace posible la comunidad mediante los bienes compartidos: la tecnología es el paraíso de la desigualdad económica del burgués contemporáneo.

El moderno acepta en sus adentros que la libertad es un excelente impulso retórico; el trágico no se atreve a semejante descaro, pero no puede recuperar la búsqueda de la felicidad asumiendo que Dios ha muerto. La sapiencia política del hombre trágico habla de la sabiduría como última salida, pues no se puede tener consciencia de la tragedia en medio de la modernidad si no sabe escrutar lo moderno en él. La sabiduría trágica espera ser una alternativa meditabunda al mesianismo moderno, pero no es ya plenitud de la naturaleza, sino el naufragio ante la inviabilidad de la metafísica racional. Es la progenie del amor fati.

La paradoja de la fe es un reto para la consciencia trágica. El sacrificio no es lo mismo que la destrucción -quizá de ahí brote el principio que necesitamos cuando queremos afrontar la resurrección. Dicen que el calvario es la consumación de la narración evangélica porque muestra esa paradoja, terrible, pero virtuosa como jamás se ha vuelto a ver. Es la paradoja del amor. La crucifixión muestra la salvación del hombre, pero no mediante el triunfo absoluto de una humanidad convertida, lo cual espera todo creyente moderno. Es paradoja para los ojos más simples. Nadie esperaría que lo divino pudiera ser mancillado como lo presenciamos. Quien sostenga que ahí está lo sospechoso del apostolado, no entendió el evangelio.

La tragedia es una tentación intelectual. Es la estancia permanente en el desierto cuyos granos de arena son los segundos en que lo inevitable se reafirma. Sin el mal, la crucifixión pierde todo su sentido, desde el evangélico hasta el de la estructura narrativa. Ante el mal, para el hombre moderno quedan los problemas técnicos; para el hombre trágico queda el misticismo de la misología, queda el escepticismo ante el amor. La salvación mediante la desgracia en la Cruz no es el confort que abre las puertas al nihilismo, pues sin crucifixión no hay esperanza. El escepticismo en la encarnación genera la tranquilidad ante el saberse salvado, pero no la alegría por ello. El secreto de la alegría en la fe está en descubrir las incontables oportunidades para cumplir con lo mostrado por el perdón. Es el magno misterio: que la desgracia ha sucedido para la alegría venidera del hombre. Algo que el trágico no puede aceptar. El Señor no estaba destinado a terminar así, como se ve en cada momento del evangelio, y eso hace que la crucifixión modifique el sentido de lo trágico. En el mundo del destino el amor es un consuelo de nuestros soledosos y sentimentales corazones.

 

 

Tacitus

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