Daimon

¿Has sentido ese ardor en el pecho que te quita el sueño y que ahoga los gritos de miedo envolviéndolos en su flamígero manto? ¿Sí? De verdad esperaba que no fuera así, de verdad esperaba que no hubieras escuchado ese llamado. Es el maldito canto de sirena que no lo deja a uno dormir, que lo arrastra por la lengua buscando satisfacerse en cualquier rincón donde pueda encontrar una hogaza de pan, no importa si es propia o ajena, lo que importa es acallar el canto. Sabes de lo que hablo, ¿no? Sabes que no escapamos de la guerra aun estando la ciudad funcional, sabes tan bien como yo que esto va más allá de lo que es justo o de lo provechoso, es una hoguera que exige ser alimentada con más deseo del que se podría exprimir de diez mil mujeres, una hoguera que nunca se apaga, que no encuentra reposo. La peor de todas las sirenas es la guerra, su canto suena en el corazón, no en los oídos y uno no puede ignorarla más que poniendo corchos, no de cera, sino de colesterol bien apretados, hasta que estés seguro de que éste ha dejado de latir, de desear, de exigir una satisfacción por lo que se desea. La guerra nace del deseo, ¿qué más da si es por algo ajeno o propio? ¿Quién decide qué es de quién sino el que lo toma por la fuerza o por la astucia y tiene modo de defenderlo? La guerra es como un cosquilleo, que muchas veces va creciendo como la marcha de un centenar de hombres que se acercan, otras veces se deja ver como las ruinas polvorientas y maltrechas de lugares que pudieron haber sido mejores, y otras, las más terribles, suena como un canto de sirena que proviene de tu mismo ser, un canto que no se calla jamás y que en el peor de los casos comienza a cobrar ritmo tan envolvente que hace mover a tu cuerpo a su compás de modo tal que otros se ven contagiados por ti, por ese movimiento que obedece a un sonido que retumba en los oídos de todos los hombres y que ingenuamente hacen como que no está, como ese sonido del silencio que taladra agudo los tímpanos de quien le pone atención. Es una verdadera pena que sepas de lo que hablo, esperaba encontrar más resistencia de una persona tan joven como tú. A pesar de mi edad, a veces me gusta imaginar que soy ingenuo y que aún hay muchas cosas que ignoro en esta tierra olvidada por Dios. A veces, en momentos de verdadero silencio, en los cuales no retumban ni los sueños con sus desconcertantes figuras, ni la muerte con su promesa eterna; es allí donde me gusta imaginar que me encuentro, alejado de todas las cadenas que impiden llevar a cabo mi voluntad, que, tal vez esté de más decirlo, no desea otra cosa más que no escuchar una y otra vez ese canto que no envejece, que seduce en su sempiterna primavera de odio. ¿Existe ese lugar? Seguramente te lo estás preguntando mientras miras tus manos chorrear de sangre, sangre que no te pertenece, o tal vez sí. No porque haya brotado de alguna de tus arterias o de tu boca. No porque haya nacido de la flor de tus encías ahora deshojadas. Tuya porque la reclamaste como tal, tuya porque defendiste tu deseo a reclamarla, porque trabajaste más de un día en silencio, sin decir una sola palabra de lo que tramabas a nadie, ni siquiera a ti mismo. Tal vez en aquél momento te parecía así de terrible, pero no por eso no retumbaba su fuerte voz en tu corazón, alentándote con promesas de mejores tiempos. Tuya, porque demostraste a esa docena de bultos que apenas conservan su humanidad y yacen allí tirados que no son otra cosa que carne de cañón, maderos que pertenecen a una hoguera muy grande que consume a toda la humanidad y que debe ser refrescada cada segundo con el frío aíre del que está compuesto este mundo. Sí, a mí al igual que a ti, me gustaría que existiera ese lugar, donde nada existe, ni siquiera el deseo. 

¿Por qué tienes lágrimas en los ojos? ¿No era esto lo que querías desde un principio? Los que te señalaron ya no tienen dedos, y los que aún los tienen ya no te señalan a ti, sino a ellos. No en tono de burla, sino con admiración y lástima que es peor. ¡Pobrecitos! Se dicen los unos a los otros, yo sé que puedes escucharlos casi como si estuvieras allí presente, como si en estos momentos en los que la sirena deja de cantar para comer; tú tuvieras genuina libertad, gozaras de tus oídos para escuchar otra cosa, las risas de los niños, los llantos de las viudas y los gritos de desesperación que se ahogaron en la sangre que reclamaste como tuya. 

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s