El mal y los remedios

El mal y los remedios

El estado de normalidad es la salud. Si lo vemos desde ese punto de vista, la enfermedad es la privación de la salud. Eso quiere decir que la enfermedad no la juzgaremos nunca en términos objetivos. No quiere decir que no podamos saber la verdad sobre nuestra experiencia de las enfermedades, quiere decir que ella nunca puede entenderse meramente desde el aspecto meramente clínico. Necesitamos el arte de la medicina porque notamos, en la mayoría de los casos, que hay enfermedades. Y las notamos como un alejamiento de la salud. Si uno nace normalmente sano, y si las enfermedades son privaciones y no desviaciones, pues aún en las enfermedades mortales existe una relación particular con el enfermo que las mantiene siendo, ¿por qué buscamos ser sanos con cosas como la dieta y el gimnasio?

No quisiera sonar demasiado ingenuo con esa pregunta. Quiero apuntar que nuestra idea de las enfermedades está en vínculo con nuestra idea del mal y, por tanto, que la doctrina del cuerpo tiene un lugar decisivo en el modo en que nos afrontamos de manera cotidiana a la concepción del mal. El mal es generalmente entendido como una deformidad, una atrofia del aparato psicológico, raíz del juicio moral, cuyos síntomas son el narcisismo, la necesidad de poder, y el placer por la violencia, causado por la exposición a factores como la pobreza, la mala educación axiológica o el descuido pedagógico. Es un problema técnico de la neurología, el psicoanálisis y la cultura.

No obstante, difícil será para nosotros juzgar el mal cuando en realidad no sabemos sobre el bien. Y en la teoría moral del cuerpo no puede haber algo como el Bien, debido a la disolución de la teleología. Tenemos, oscuramente, la idea de que el mal debe ser corregido, pero no sabemos a ciencia cierta si existe la manera de hacerlo. No nos preocupa ni siquiera el problema evidente de la herejía en que incurrimos al decir que el mal debe ser corregido. Me atrevo a decir que caemos en un inconfundible galimatías cuando decimos, tal cual, que debe ser corregido, y no que podemos arrepentirnos moralmente. El galimatías surge del hecho de que las correcciones son hechas cuando notamos la verdad, son restituciones de lo correcto en lo incorrecto. Si existe lo correcto, “la salud moral”, ¿de dónde proviene? La respuesta de las profecías modernas es siempre igual: “de la ley moderna como ideal”.

No es necesario el arrepentimiento, la posible enseñanza de lo bueno como guía de lo verdadero, sino el enderezamiento de lo torcido. Pero, si el mal es una enfermedad, ¿podemos decir que el bien es el estado natural? No podemos, porque el acceso a lo natural está separado de todo “juicio de valor”. No podemos decir que hay que corregir el mal y al mismo tiempo ser los positivistas del derecho moderno. No hay nada que corregir porque, por más que nos espante, el mal como problema técnico es superable y, por ende, imposible de ser susceptible del criterio de una moral genuina. Si es un problema cultural, resulta lo mismo. No puede ser un defecto, porque los malos no son hombres defectuosos: para ser malo tiene que ser humano.

La salud es buena debido al vínculo que tiene con la vida y lo natural. Sólo por ese vínculo puede entenderse la enfermedad como un mal, pero no viceversa. La idea del cuerpo no puede acceder siquiera a la maldad de la enfermedad, fuera de la presencia del dolor. La maldad no puede ser una enfermedad, porque en las enfermedades no existe el arrepentimiento ni la culpa, ni mucho menos la ignorancia o la negligencia. La virtud no es salud, porque la salud es otorgada; a la virtud, como hábito, se le llamó “segunda naturaleza”. En eso consiste la dificultad y el misterio de concebir a la vez la bondad natural de la vida y la maldad moral. El hombre no es meramente natural por ser materia; quizá por eso es la última de las cosas vivas creadas.

Tacitus

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