Papiroflexia

 

Sigo en Tumblr una breve colección de blogs que tienen como tema principal la literatura. En ellos aparecen un montón de citas textuales de libros que nunca leeré y de autores que no conozco, también, aparecen chicas, muchas de ellas, que de igual manera nunca besaré ni conoceré. Tanto las damas como las frases son muy bonitas, inspiradoras y hasta un poco molestas, llegan a hartar tanto la pupila con su belleza que a veces casi se me olvida lo que en verdad se publica en esos blogs llenos de bibliófilos, sobre todo chicas bibliófilas que se sienten la niñita esa de Harry Potter, que sienten que por leer un montón de blogs sobre literaturas y publicar fotos de ellas muy clavadas en un libro desconocido por mí (y supongo que por la mayoría de hispanohablantes que siguen esos blogs) son bien ilustradas, finas, educadas y civilizadas, dejando a un lado su condición de mujer para convertirse en algún ser mitológico de esos que saben latín y que tienen sobre su sexo aquella maldición ya por todos conocida. Bueno, la idea es que después de casi un año de meterme una vez cada cuatrimestre a ver estos blogs, aunque el celular no se canse de insistir en que debo checarlos a diario con notificaciones completamente absurdas; llegué el día de hoy a darme cuenta que los blogs de literatura, los blogs de los bibliófilos, están llenos de fotografías de libros. Sorprendente, ¿no?

Es difícil desde mi posición maleducada, ruda, iletrada y adversa a la literatura poder llegar a imaginar siquiera un blog literario que tuviera un poquito de dignidad en el nombre, pero más que en el nombre, en el quehacer de su ser. Y es que lo más seguro es que yo sea el que está perdido en el mundo y esté confundiendo este extraño concepto tan de moda en nuestros días del famoso “libro objeto”, sin embargo, creo que habría modos más ingeniosos de mostrar las maravillas que encierran estos microcosmos llamados libros, que usar una vil imagen para describirlos. A lo mejor soy demasiado puritano, e incluso exagero a la hora de pedir coherencia en estas cosas. A lo mejor no. Los blogs literarios que se me ocurren por el momento pueden ser de dos tipos: el primero es de un bibliófilo que está leyendo algún libro de esos que nunca conoceré, y que hace notas acerca de sus avances, publica sus opiniones acerca de lo que va descubriendo en su viaje literario y lanza preguntas teóricas acerca de los símbolos que va desenterrando de la profundidad de la tinta. El segundo modo que se me viene a la mente, es aquel en el que es un literato, literal, que está publicando su obra literaria en letras sin tinta percudidas sobre páginas sin papel. En ninguno de ellos veo la necesidad de sacar una foto acerca de una edición, ni de la portada de una obra escrita, ni de la ropa interior de una dama lectora, ni de la taza de café en una mañana soleada mientras se lee en la cama. Sin embargo, el estilo de vida de los bibliófilos está lleno de imágenes, lleno de fotografías de costumbres que se presumen ellos practican, ¿se imaginan si hubiera narrativas de estas costumbres escritas por cada uno de los presuntos bibliófilos en las entradas de los blogs? ¡Qué colorida sería una misma escena! ¡Qué gusto por leer todas y cada una de las veces en las que se narra el modo en el que el café despierta la imaginación para que dance con las ideas entintadas! ¡Qué placentero el enterarse, en una breve carta de confesión publicada a modo de diario secreto, la sensuales costumbres que tienen las chicas de ojos azules y piel de bebé a la hora de leer semidesnudas recostadas sobre un suelo recubierto por fina madera barnizada! ¿No les gustaría arrancarle esa determinación (de las imágenes) horrible y esclavizante a la fotografía, para que la imaginación propia, individual de cada uno de nosotros la reclame como suya? A mí sí, sin embargo, es demasiado triste ver cómo los fotógrafos que no quedaron satisfechos con destruir la pintura, están tratando de robarnos también las letras, el gusto por ellas y reemplazarlo por el gusto por los dibujitos, por los colores de las portadas de ediciones especiales de libros, ediciones muy bonitas, de pasta gruesa y con grabados impresionantes, pero que jamás llegaremos a conocer. No lo sé, tal vez solo me emocione a mí la idea, tal vez no me emocione porque no estoy lo suficientemente educado como para reconocer cierta edición de cierto libro que salió con cierta imagen en cierto año, como para reconocerla en una fotografía y envidiar a quien la tiene en sus manos. O tal vez soy demasiado amargado como para encontrarle gusto a las descripciones visuales de enormes estanterías llenas de líneas de colores que asemejan los dorsos de libros que a semejante distancia jamás llegaré a conocer ni siquiera su nombre. Nuevamente insisto, no sé, pero me gustaría que las personas bibliófilas que gustan tanto de leer, que son tan apasionadas de los libros dejaran a un lado sus libros, dejaran a un lado su lectura y se pusieran a purgar (como Platón a corrió a los poetas de su república) de no lectores, de imágenes, de erotismo forzado, a estos blogs dedicados a la literatura, avocados a los bibliófilos que nunca los verán por estar sumergidos en libros que nunca conoceremos en una fotografía.

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