La salud como vanidad

La salud como vanidad

La sanidad es la administración de la materia. Necesita ella de la herejía para mantenerse en su reclamo eugenésico, porque, como rama importante de la política convertida en administración pública, cree que necesita enmendar lo que ha nacido mal. Los entusiastas y doctos de la sanidad sostienen que la salud es parte de la dignidad humana, y ése es su problema: que para ellos la dignidad tiene que ser medicada, ingerida, sustancialmente regulada.

La era de la sanidad roza con poca delicadeza la imbecilidad. Se enorgullece de los sinsentidos que la desigualdad política moderna hace surgir. Bajo la falacia del cuerpo, no se puede distinguir lo que es bueno, o, en todo caso, eso pasa a segundo plano. La sanidad otorga la quietud de los cuerpos conservados, que a la vez brinda la suficiente dignidad para mantener la vida con la fuerza de trabajo. Pero no sabe qué hacer con la gente sana que trabaja miserablemente; son términos de diferentes familias, contradictorios incluso. Así como no sabe definir la enfermedad, no le importa definir el mal.

Su hipocresía, fiera de la vanidad, ya es evidente. Dice que la vida es buena, pero cree que los pobres necesitan ser ricos, sanos y bien parecidos, que requieren se les mejore la vida. Mejor dicho, considera que todos esos defectos son de capital importancia, error de una voluntad disminuida. No es sólo mero materialismo: el genuino materialista preferirá quedarse en la afirmación de su atomicidad, en la duda de los cambios de estado; es otro modo en que la vanidad va sembrando el infierno del dominio de la higiene corporal.

La vanidad nunca es superficial; cala hondo. Para estar envanecido, uno tiene que preferir lo vano, no distinguiéndolo de lo importante y alto. De ahí la suficiencia de la expresión “vanidad de vanidades”. La salud no es vana; la sanidad y la higiene sí lo son. La salud no puede ser vana, porque es el don de un nacimiento bajo la regla. La higiene es vana, porque cree que la salud es algo que se preserva al mismo tiempo que la buena apariencia. Es vana porque confunde la bondad de lo creado. La carne no es mala, sólo perecedera. Vanidad sería creerla instrumento; saberla esclava de la perfidia. La vanidad de la sanidad es la del hombre que cree que puede mejorar la creación; recibir el reino de los cielos con la consciencia tranquila, al tiempo que elimina la distinción entre la beatitud y las buenas maneras.

En el mundo de la dieta, el gimnasio, y el bienestar sexual se ha perdido el camino por no poder asociar la felicidad con la teleología. Y es que la dieta, el gimnasio y el bienestar sexual forman la tríada de las consciencias tranquilas, de los cuerpos bien mantenidos. Creen que la perfección es necesaria ante el defecto de la forma original. Pero, si la vida no es buena como tal, ¿puede ser buena por el sello de nuestra voluntad? Esa paradoja muestra diáfanamente el absurdo del nihilismo burgués en la eugenesia de la sanidad: negamos la bondad genuina del ser humano, pero deseamos mejorarlo.

Tacitus

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