La nave hundida

La nave hundida

La degeneración de la política va a la par de la degeneración del hombre. Política y humanidad son términos hermanos. Pero no son términos técnicos. Es decir, no expresan una relación que haya sido moldeada en niveles distintos, de lo salvaje a lo civilizado. Expresan una relación esencial, que se actualiza de distintas maneras, tan distintas como las maneras de crecer y de pensar de los hombres. Son políticas las sociedades comerciales, como lo eran los feudos y los imperios. Las plantas y los animales no son políticos por el mero hecho de que su perfección está inscrita en los términos de lo que llamamos “natural”. Por supuesto, tampoco son políticos porque no hablan. Esto está inscrito en lo dicho con anterioridad: la perfección de las plantas y de los animales no depende de su conocimiento de la verdad, ni del modo en que se relacionen con otros seres vivos de su tipo, más allá de lo que la reproducción o la continuidad de su vida les exigen.

El salvajismo y la soledad del anacoreta no son negaciones de la naturaleza. Tal cosa no puede existir. Lo político no se define por el estado de la vida en relación con una multitud ordenada o desordenada; no es un término técnico, repito. El salvaje no sabrá la manera de dirigirse para saludar a una persona cuando se encuentra por primera vez en el día; tampoco sabrá conjugar tiempos ni expresar adecuadamente una predicación. Pero el lenguaje no es humano porque sea un efecto, una cualidad obvia; no es un término técnico. El anacoreta decidió refugiarse en una cueva y dejar crecer su barba por creer que su comunidad estaba demasiado viciada, seguramente influido por algo que aprendió mientras cohabitaba su ciudad con sus vecinos. Su exilio no prueba nada, porque apenas ha dicho que requiere lo esencial para vivir, e inmediatamente ve que no se puede engañar: no puede vivir sin sus propios pensamientos.

Si no son negaciones, mucho menos son afirmaciones: lo natural no necesita ser afirmado. El regreso a la naturaleza es un absurdo para el hombre, porque nunca salió de ella. Las sociedades malas son parte de lo natural. Así como el hombre nació ignorante, así ha de verse que su conocimiento del bien jamás es autosuficiente. Las ciudades puede vivir de la guerra tanto como del comercio. Pueden mantenerse sin filosofía. Es decir, pueden mantenerse por un gran período sin necesidad de haber alcanzado lo mejor para el hombre; así como el régimen ideal es posible, pero improbable. La virtud guerrera puede portar la llama del honor, con apenas un atisbo de la verdad. Las sociedades mercantiles pueden subsistir explotando a las clases económicas bajas, alimentándose de las asociaciones comerciales internacionales, en lujuria y contubernio con el crimen: puede vivir cómodamente en el camino a su destrucción. Todas ellas son posibilidades del lenguaje y la razón humana.

La mala política no es mala administración. El mal en la política es la fiesta del pecado. Lo digo así, porque el pecado en realidad puede existir aun en presencia de la virtud. Cuando el pecado hace fiesta, existe el disimulo, el descaro, la justificación en el placer y en el negocio. Cuando la política se vuelve administración, estamos abiertos a los números y al engaño entre las pruebas y la sospecha. Si la política es cuestión de naturaleza, no podemos hablar de que el vicio cunda por la mala administración. Uno no se puede esconder de la tentación, pero las tentaciones nunca son animales. Por eso la perversión no imposibilita necesariamente la conversión o el arrepentimiento.

Cuando la política es entendida a partir de problemas técnicos, el mal puede abundar disfrazado del bien común. Así pasa con los negocios. La sociedad comercial parece fundada en el bien común más natural, pero disfraza lo que siempre es interés individual de lo común. Así, podemos festejar el pecado, conociéndolo, siendo autocomplacientes. El paraíso burgués vive en todo su absurdo la política de la burocracia, reduciendo el mal a eso: burocracia defectuosa. La degeneración en el pecado no significará jamás, como tampoco lo es la sociedad moderna, la destrucción del hombre. El mal no es, por ello, la perversión de la naturaleza buena originalmente; el mal en la política es posible en tanto no existe una bondad genuina. No podemos pensar con verdad la política si el mal es sólo un problema técnico: el progreso no puede ser destino.

Tacitus

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