Quite lo valiente

El vecino de la casa de enfrente está medio loco. Llevo ya poco más de veinte años viviendo aquí, pero solo hasta hace poco comencé a prestarle atención (un tanto en contra de mi voluntad, debo admitir) cuando un buen día de buenas a primeras apareció una cortina color tabique sobre su ventana. Vamos, no es que yo sea un crítico experto en diseño de interiores o que el color no me parezca adecuado para una habitación; es solo que la antigua tela que estaba hecha en su mayoría de un bordado que simulaba ser de puro encaje blanco, no llamaba tanto la atención, (ni despertaba sospechas). Pero ahora que uno se asoma a la calle a través de su ventana desnuda (yo, a diferencia de mi vecino, no tengo nada que ocultar y por eso la ventana de mi habitación no viste nada) resalta un rojo férreo que lastima los ojos y hace pensar a uno en cosas que nunca deben abandonar su interior. No pretendo con este testimonio, convencerlos de mi posición con respecto a las cortinas rojas, de ser tal mi empresa, me ocuparía de dar un trabajo más elaborado donde describa con una mayor precisión el modo tan desagradable en que desentona una mancha roja sobre una fachada de azulejos blancos. Tampoco se me haría justo que piensen que mi vecino está medio loco solo porque si, ya que eso debe tener algún motivo y uno no se vuelve loco de la noche a la mañana y sin darse cuenta. Antes, unos cuantos años atrás vivía en esa casa un señor de edad avanzada que me trataba bien y me juzgaba con la mirada del modo en que todos los ancianos lo hacen con la juventud, con ese desdén que nace de la idea de que todo va para peor. Sin embargo, mientras el señor Alejo pudo hablar, nunca me faltó un buenos días o un buenas noches según fuera su apreciación del día. El buenas tardes casi no lo escuche por motivos laborales. Al señor Alejo lo encontró una de sus hijas tirado a la mitad del patio y con la cabeza abierta por el golpe unos cuantos días antes de que fuera a darle los buenos días todo el tiempo a Nuestro Señor. ¡Ay, papacito, te caíste! Exclamó en un grito que hizo estremecer a los que lo escucharon. Yo estaba ahí enfrente de la entrada de su casa fumándome un cigarro e imaginándome lo que sucedía detrás de la puerta cerrada. Cuando llegó la ambulancia a recoger el hilacho de carne en que se había convertido el señor Alejo, yo ya no estaba presente para que me dieran las buenas noches, ni él ni sus hijas. Seguramente no me las hubieran dado, había cosas más importantes que atender. Como sea, después del deceso no volví a tratar con la familia, que como bien auguraba el viejo, se corrompió de modo tal que perdieron la buena costumbre de regalar los buenos días. Las cortinas de encaje duraron mucho tiempo donde les conté, tantos fueron los días de su labor ahí que no me di cuenta en qué momento se convirtieron en una tela rojiza, bueno, me di cuenta una noche de insomnio, pero no estoy seguro si fue esa misma noche en la que se estrenaron. Desperté por ahí de la una de la mañana y no volví a dormir esa vez. Las causas de mi insomnio no tienen nada que ver con mis vecinos, ni con el foco desnudo que ilumina la noche de color rojo, como del tono que tiene una Cocacola cuando se mira a contra luz en un envase de vidrio. Yo de pequeño pensé que eso se debía porque eran ciertos los rumores de que los empleados de la refresquera perdían ora un dedo, ora un brazo, ora la nariz y así seguían llenando los envases familiares de partes humanas como si Cocacola estuviera hecha pensando en satisfacer las necesidades que todo hombre esconde en la parte más oscura de su alma. En fin, desde aquella noche, cuando tengo la mala suerte de despertar a deshoras, encuentro una luz roja que ilumina no solo la calle, sino también los celestes muros de mi habitación. No sé si las hijas del señor Alejo siguen viviendo ahí, y de hacerlo, no tengo idea de por qué cambiaron las cortinas de color, bueno, también de estilo, porque las que penden ahora de los alambres que hacen las veces de cortinero, ahora son lisas, como una sabana. Tal vez el señor Alejo se equivocaba un poco cuando me juzgaba con la mirada, porque si algo he de tener, eso es educación. Las buena costumbres me impiden ir a tocar la puerta y preguntar por qué tienen iluminada esa habitación toda la maldita noche cada una de las noches del año, de llegar a inquirir tanto, aprovecharía la oportunidad para preguntar también si no les preocupa llamar la atención de todo el vecindario. No es algo que a mí me gustaría, sí, todos los vecinos saben dónde vivo, pero entre más alejados de mis asuntos estén, mejor. A don Alejo que en paz descanse era el único al que saludaba y solo por cortesía. Sí, no es muy cortés andar entrometiéndose en los asuntos ajenos, mucho menos estar tocando la puerta de una casa en la que solo habitan mujeres (de seguir viviendo ahí las hijas del difunto). Ahora que si el inquilino es uno nuevo y por motivos laborales yo no me enteré de su llegada y quien vive ahí es un varón, el trato terminaría siendo aun menos cordial. Mejor es no preguntar. No vaya ser que con mi visita bajo el pretexto de una plática cotidiana, termine el nuevo inquilino corriendo la mala suerte que tiñó las cortinas de rojo aquél día en que le di por última vez los buenos días al señor Alejo.

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