El poeta perdido

Hoy sabemos que Gilford Robins no tiene ningún otro mérito que el de haber aguantado tantos años el silencio de un secreto tan grande. No debemos olvidar que no siempre fue así. Vivió entre ceremonias dedicadas a elogiarle su tacto para las imágenes, su ritmo tan potente, su destreza con la palabra, su sensibilidad para lo actual y, además, su honestidad para hablar duramente y sin escrúpulos de nuestros lujos y excesos. ¿Cómo es que nunca se le quebró la máscara oyendo tanto aplauso y estrechando tantas manos importantes? Es quizá ésa la duda más grande que tengo. Es definitivamente lo que más me asombra. Todos los críticos lo pensaban siempre relevante; tanto, que la palabra «pertinencia» estaba amenazada con desaparecer de desgaste en las revistas de poesía de la época. Especialmente en 1981, cuando publicó su segundo y más famoso libro On the Gulf betwixt Men, los círculos de literatos enloquecían con la mención de cualquier encabezado ahí incluido, como si por ponerlo hombro a hombro con cualquier titular de los periódicos frescos de la mañana, se revelara una potente revisión de las costumbres, un obstinado escrutinio social. Los políticos más cultos comenzaron a odiarlo de inmediato (si los incultos no, es nada más porque ni hubieran sabido quién era Gilford Robins). Claro que de entre ellos, los inteligentes aplaudieron antes de patalear. Recuerdo por lo menos dos infelices que actuaron al revés, cuyos nombres aún después de tanto me siento más cómodo de omitir, y que velozmente evidenciaron haberse dado por aludidos al reseñarse el tercer poema, The Earth that Was Foretrodden. Por supuesto perdieron toda credibilidad en el instante.

Esto ya casi no se dice. El poder del escándalo abatió poco más de dos décadas de aclamación ensordecedora en unos pocos días. Siendo testigo de este fenómeno me aterra el peso motivador de la decepción. Uno pensaría al contrario, que la decepción desmotiva, descorazona, desalienta o desloquesea; pero no. Creo que si una lección nos dejó el maldito de Robins, es que las expectativas que se expresan en la opinión pública pueden resquebrajarlo todo con la violencia furiosa de la enemistad e incluso del odio, cuando las burla una buena decepción. No sé si miles o decenas de miles se sintieron directamente traicionados; y es que la poesía parece hablar tan de cerca, que muchísima gente se sentía íntima de Gilford. Me avergüenza un poco, pero tengo que admitir que yo estoy incluido entre esa gente. Yo lo recitaba. Yo vivía sus dolores, admiraba sus visiones y compartía su epifanía cada vez que me entregaba a su poesía. Lo poseía como emulando el encuentro con verdades que se sienten muy ciertas por más que son ásperas y me entregaba abandonado ante algo que era más grande que yo. Con las que creí sus palabras, me miraba ascendido. Aunque otros no lo quieran decir a voz corriente, en ese entonces éramos muchos los que nos sentíamos así. Nos creímos representados. Y nos veíamos a nosotros mismos, por la misma razón, como participantes de una secta. Parecerá ridículo, pero incluso entre hombres de los más ardientes ingenios era como si por tener sus obras completas (que no era tan difícil amasar la colección) uno estuviera elevado encima de la sabiduría de a pie de los demás. Toda esa confianza en que esas letras exponían nuestro interior, podrida en cosa de unos días.

¡Y qué días! Primero, la noticia de la muerte de Robins contristó a la comunidad entera de los literatos. No es difícil encontrar, si uno se lo propone, revistas y diarios que se publicaron esa mañana con la mala nueva. ¡Qué columnas le dedicaron! Maravillosas con todo, muchas de ellas. Se me grabó especialmente la de Víctor Hugo Droque, en la que exaltado y probablemente entre lágrimas, hablaba de lo pequeños que somos los hombres, y terminaba citando y traduciendo al español los versos 48 y 49 de Roads of Dirt and Roads of Stones que dicen «con un silbido alegre, ahí mismo, entonando, se van los caminantes cruzando el portal, llevándose cargando los tonos nacientes, que nadie escuchará naciendo nunca más». Después empezó la confusión, cuando corrían los rumores de que la familia de Robins se había embarcado en una lucha legal. Muy poco supe yo de los detalles de este asunto porque poco me interesa; pero toda la batahola era, obviamente, debido al hallazgo de los manuscritos entre sus pertenencias. Pocos podíamos creer (y ni siquiera estábamos dispuestos a considerar en serio) que fueran genuinamente antiguos. Es más, ninguno de nosotros había siquiera oído el nombre del poeta Fronto Acaulo. Hoy, que hasta los cuadernillos en los que hacía las traducciones del latín se tienen resguardados en el Pitt Rivers Museum, ya no hay ninguna duda. Espero no volver a vivir nunca los arranques dementes de cólera con que los doctos estallaban en esos días. La verdad es que yo más bien sentí un adormecimiento del ánimo. Primero creí que había muerto un iluminado, que se había secado el pozo al que yo miré directo hasta el fondo por años. Luego supe que estuve bebiendo del engaño a bocanadas. A mí la traición me paralizó.

Supongo que no tengo alma de historiador porque las investigaciones sobre la vida desconocida del poeta latino me tienen sin cuidado. Lo que aparentemente sigue abismando a todos los que se dedican a investigar a Gilford Robins es el misterio del hallazgo: ¿dónde pudo encontrar este inglés, que antes de hacerse famoso a duras penas viajó a Escocia, los rollos que se presumían perdidos de Fronto Acaulo? Quizá nunca sepa nadie dónde ni cómo los encontró. Igual de abismal se me haría a mí preguntar ¿cómo rayos es que no los halló hechos unos calandrajos?, aunque eso nadie lo pregunte. Pero no, ninguna de estas dudas es la que a mí más me asombra. Tal vez no terminaré de entender por qué les parece tan importante algo que no tiene ningún valor. La pregunta que a mí me persigue es ¿cómo es que, ni hablando con esa sonora voz de sabio, se le quebró nunca la máscara?

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