Esperanza…

El silencio de sus tumbas es ruido en mis recuerdos; las paladas con la tierra, me dejan ver el material del que estamos hechos. Ambas se han ido pronto, la madre primero; la hija siguendo los piadosos pasos de quienes sus padres fueron.

El llanto me ciega, los dolorosos golpes de la despedida ensordecen a mi alma, cualquiera diría que se impone sobre mí la desesperanza. Me duele su partida, fui nieta y fui sobrina de dos personas que en su sencillez fueron ayudando a dar sentido a mi vida. Que las extraño es muy cierto, pero no me siento vacía, pues cuando oigo los rezos veo el tesoro que sembraron en el alma mía.

Una me enseñó el rosario, con paciencia y con silencio, la otra se ocupó del canto dirigido a quien todo debemos. Así entre el silencio y el llanto cuando rezo y canto a María veo que la esperanza mía se renueva no sólo en el nacimiento, sino en quien todo el tiempo dirigió sus largas vidas.

Dejando sus tumbas camino con pasos lentos, y al elevar el rostro veo con cuidado el cielo… de pronto el dolor cesa y abre paso a la alegría pues Isabel y María ya están con quien nos ha concedido la vida.

 

Maigo.

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