Amor feliz

Amor feliz

Eros tiene una conexión obvia con el deseo. Es en esa conexión, creo, en donde la trampa romántica asienta todo su poder. También es en esa conexión, y lo creo todavía más, en donde uno tiene que comenzar a ver la diferencia entre la caridad, el deseo, el sexo y el amor, en sus distintas manifestaciones. Confío en no mentir si digo que uno puede indagar esas diferencias y relaciones en su propia experiencia del deseo. He aquí la encrucijada que intento mostrar: si la versión romántica del amor es cierta, aunque sea ligeramente cierta, siempre estamos en efusividad por lo bello. Siempre habrá hipocresía en los que saben apreciar un bello rostro y dicen no sentir nada por ello. El romanticismo es el hermoseo de la lujuria. La naturalidad de la pasión amorosa, que no el deseo carnal (pues no hay carne para quien habla de pasiones), por más destructiva que pueda llegar a ser, según esto, es la latencia obvia de Eros en la sangre, y su freno, que no su conducción, no es posible.

Cualquiera que haya experimentado el amor sabrá, si es que no me engaño, que el amor jamás se presenta como un hecho inexplicable, que el deseo puede ser intenso, quizás irreflexivo, pero nunca animal, por más común que sea; y la palabra “natural” es un peligro cuando uno quiere explicarse en cuestiones de amor. No quiero decir que la razón moderna tenga poder sobre él, digo que caemos en trampa común cuando hacemos a la razón enemigo, opositor normal del amor. Un enamorado puede dejar de lado las conveniencias de lo útil, no escatimar para mostrarse fidedigno, ver lo que otros no ven en lo que a nadie interesa, incluso caer en infidelidad, arrastrado por la carne. Un enamorado parece un loco. Sólo que no lo es.

El deseo carnal puede existir sin estar totalmente enamorado. Pero no estoy seguro de que pudiese existir sin que Eros se manifieste en él. Por eso uno puede interpretar el Cantar de los Cantares como espera para la entrega carnal. El amor en la caridad no es una traición de lo natural, y tampoco un grado al que se accede acrecentando el deseo terreno. El deseo carnal no tiene razón para ser hermoseado porque, aunque sea materia de pecado, no es terrible. La tentación, aun en la caridad, tiene cabido por el hecho de que ella no nos libra de lo perentorio que somos. Que sea natural no es justificación para ello, sólo estamos aceptando lo más superficial de él. La castidad tiene que provenir de la caridad, o de lo contrario sólo sería continencia. La continencia misma no es una lucha contra el cuerpo: es la evidente participación del conocimiento del pecado. La palabra de la debilidad lo ejemplifica mejor. Uno no se siente débil ante un enemigo en la oscuridad. Se habla de debilidad en tanto uno sabe que no tiene lo suficiente, en tanto que se ve enredado ya en la presencia del deseo, tentado, rozado con la caricia de un poder que se reconoce.

Cuando decimos que el cristianismo repudia e ignora la naturalidad de lo humano, estamos siendo injustos con la palabra humano. Lo único que estamos haciendo es malentender el amor. Si un cristiano evita el deseo carnal, no es porque desprecie su cuerpo: la caridad evita que la tentación sea cosa común también. Lo más alto es el amor a Dios. Y el amor al prójimo trata de evadir el que uno sea la causa del pecado de otro. El deseo carnal es pecado en tanto que uno está llamado a desear mejor. La fe sabe muy bien de la conexión entre Eros y la carne y no la niega ni la repudia: sería una falta al perdón. Uno puede vivir cómodamente en el placer de la carne, sin haberse enterado de su pecado; se dice que la fe es creer en lo invisible. El verdadero amor feliz perdona todo. Decir que uno ama por ser humano no es lo mismo que decir que en el amor no cabe pudor. Estamos engañados por creer que en el cuerpo hayamos el significado del encuentro amoroso.

Tacitus

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