La herejía de la moral

La herejía de la moral

Lo que más nos cuesta a la hora de pensar el nihilismo es la seguridad con la que nos sentimos a salvo de él, como una interpretación esencialmente historicista de la modernidad. La seguridad proviene del torreón moral en el que intentamos encerrarnos, diciendo que hay todavía moralidad en la naturaleza del hombre, que ella es esencialmente moral, y que el nihilismo, en tanto crisis por inmoralidad, puede ser sobrellevada en pequeños grupos, la pretextos las más de las veces para la vanidad intelectual. Quizá por ello Chesterton, en desacuerdo público con Nietzsche y los acólitos de una versión del superhombre, se esforzaba en mostrar lo problemática que era la relación entre los intelectuales modernos, la política y la verdad, el problema de la herejía.

Nihilismo y herejía no son necesariamente términos hermanos. El modo de mostrar que ya no nos vemos como herejes, es algo de lo que más preocupa del pensamiento chestertoniano. Sobre todo, se requiere, si el problema es genuino, que la herejía moderna no ceda el paso a la muerte de Dios. La discusión de la herejía sólo es posible desde la ortodoxia en tanto argumentación de la verdad. Cuando la verdad ha muerto, no hay nada por discutir, el lógos es reconocido como inútil, o, a lo mucho, como poema de la voluntad de poder.

Nos cuesta debatir seriamente la herejía por la misma razón que nos cuesta reconocer lo serio que es el nihilismo. Hacemos caricaturas de la quema de herejes, sin discutir el problema de la Inquisición, así como hacemos el retrato más cómodo del nihilismo. El retrato más cómodo es el del moralismo. Nuestra herejía jamás discutida es la presencia del nihilismo en nuestro corazón moralista. En ese sentido, el nihilismo como lo describe Nietzsche muestra su dolorosa radicalidad. La batalla por el moralismo, cuando desconoce el problema político y teológico, así como el lugar que el lógos tiene en él, es sólo vanidad de vanidades. Es la herejía de la pérdida de sentido oculta, de la moral hecha necesidad, del mal afrontado como problema sustentable por el poder humano. El lógos como retórica de la desesperación; desconocimiento del mal.

La herejía valía ser combatida no sólo por el dominio político. En cuanto se vuelve cuestión de la lógica del poder, la herejía pasa a ser sólo un incómodo enemigo, no una docta falsedad, una que permea la práctica. Esa lógica del poder del hombre moderno sólo sabe tratar a la herejía a partir del modo en que entiende la relación entre la teoría y la práxis: la modernidad puede defender la filantropía bajo la retórica del amor al prójimo. La herejía deja de importar sólo si el mal deja de ser un problema. La ética se vuelve implementación de lo moral, y no conocimiento del bien práctico, al tiempo que la política se vuelve un fracaso burocrático, cementerio de los viejos dones.

La importancia de la herejía provenía de cómo enfatizaba la comunidad en la verdad y la esencial relación entre lo político y el lenguaje. La herejía se rebate por amor. Ser tachado de hereje era algo doloroso, porque se fallaba en lo que siempre se afirmó. No duele ser tachado como tal si lo que lo hacía doloroso pierde su importancia. Si el mal es superable, la herejía es un adjetivo exagerado, anacrónico. Si el nihilismo requiere de la moral necesaria, los herejes sólo son inmorales a someter, no defensores de la falsedad. No superamos así la presencia de la voluntad de poder.

Tacitus

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