Detrás de cámaras

Los que con frecuencia ven películas o series en sus casas están familiarizados con los «materiales extra» o «características especiales» o cosas por el estilo. Estas colecciones de documentales detrás de cámaras abundan, y más mientras más fácil se hace grabarlos. Su demanda es grandísima. Grabar a los que están filmando una película, en su caso, no se acerca a lo caro de filmar la película y ofrece oportunidades para entretener con ligereza y humor, o para hacer saber detalles interesantes a los conocedores de la obra. Hay cierta atmósfera casual en la producción de estos anexos que ayuda a los espectadores a simular que participan del equipo creador (sin sentir el tedio de la repetición ni el cansancio de la carga del equipo o demás inconvenientes). Incluso se ha dado la desproporcionada ocurrencia de que se grabe, desde algún dispositivo poco profesional y de baja calidad ‒como un celular a manos temblorosas‒, un ‹detrás de cámaras› de la preparación del material extra que será incluido junto con la película que estaba filmándose en el momento.

¿Qué tan provechoso es conocer lo que ocurre detrás de la cámara? Puede ser placentero para quien se emociona contemplando el arte que arma toda la obra. Creo que esto es comprensible para cualquiera. Hay bastante que admirar en el tramoyista del teatro y se merecen mucho elogio los que son muy buenos. Pero la emoción sensacional por el ingenioso escenario puede llegar a distraernos de la representación en escena. La admiración por esta técnica ocupa nuestra atención en este mundo y no en el representado por la obra. Tal vez, más allá de lo que pasa detrás de cámaras, haya algo benéfico en no pensar ni en la cámara que graba el drama. La extensión del aprecio por el aspecto técnico de las películas y las series tiene un exceso y podríamos estar llegando a él por la prevalencia de este material extra. Puede llegar a volverse tan corriente, que se olvide por qué hubo quien lo llamara extra›. El creador suele ocuparse de que los espectadores tengan un espacio para ejercer tan ampliamente como puedan su imaginación. Este ejercicio incluye admirar un personaje y entender su acción (o sus acciones) como enmarcada por un principio y un final. El movimiento siempre empieza en un lugar y termina en otro, y los espectadores logran comprenderlo como si estuvieran en una posición privilegiada para ver la verdad de lo que ocurre al interior del personaje: el espectador puede presentarse bien a sí mismo el orden en el que se toman esas decisiones del drama, como si las intenciones pudieran verse, como si la deliberación fuera obvia y como si las finalidades, consecuencias, y todos los elementos del contexto estuvieran disponibles para que los sepa quien está haciéndose las preguntas correctas. Cuando esto sucede, el personaje no es visto nunca como personaje, sino como persona. Hay un cuento que deja de ser «puro cuento» y se vuelve historia. El carácter de la persona está representado por el buen actor cuando éste se funde en el espectáculo y se oculta detrás de quien se supone que es. Lo que el espectador está haciendo gracias a su posición aventajada es precisamente este suponer, poniendo en un lugar lo que no es, como si fuera, y pudiendo entonces observar mejor lo que en la vida real no podría observar nunca. La mentira del creador tiene en su mira revelar alguna verdad sobre las acciones de la vida real que sólo se hace aparente en la vida de su ficción; pero es imposible que logre su cometido cuando la imaginación atiende el entramado de la ilusión porque ésta se desvanece.

Si la demanda por documentar lo que pasa detrás de las cámaras se antepone al aprecio de la ficción, el espectador queda insensibilizado ante la imagen del creador, o del poeta. Esto es vistoso en los que son muy conocedores de directores de cine o de actores, pues se la pasan durante toda una película hablando de cómo se hicieron qué tomas y de cómo significaron no sé qué tanta cosa para la historia de la iluminación o del encuadre o todos esos temas que mucho los entusiasman; o que para entender por qué tal actor dijo así tal diálogo hay que saber de su historia con Fulano o Mengana en su época de depresión, o demás accesorios a la ficción. Incluso hay quienes han aprendido muy a fondo ciertos dogmas de la representación y no pueden evitar estar pensando en la «suspensión de la incredulidad», la «propia identificación con las motivaciones de los personajes», el «giro de la trama», la «inmersión en los efectos visuales» y otras cosas así durante la experiencia del drama, y cuadran su recuento de ésta a esos conceptos. No creo que esto sea nuevo; lo nuevo sería que nos hiciéramos la mayoría así, que esa fuera la forma en la que nos acostumbráramos a ver las obras dramáticas (estoy incluyendo las cómicas), porque eso significaría una pérdida muy lamentable para la imaginación. Temo que, por esa relación tan íntima que tienen los deseos de los espectadores con las formas en las que los creadores se aproximan al drama, eso nos dirigiría a un descuido de lo importante en la representación de la acción. La calidad de las obras disminuiría aun más y la posibilidad de encontrar poesía dramática que expresara alguna verdad importante se vería severamente reducida. Esto puede ocurrir sin que siquiera nos demos cuenta de si estamos apreciando de más o no todo el revuelo secundario del drama, porque no es un ejercicio reflexivo de discriminación científica el que nos aleja de sumirnos en la ilusión imaginativa, ni tampoco es un capricho voluntario; hay muchas cosas que podemos acostumbrarnos a pensar y también hay muchas que pueden desacostumbrarse con el tiempo. Podemos desensibilizarnos, podemos debilitar la imaginación; y no hay elección instantánea que nos devuelva de súbito a los adentros de la representación. Ya es prácticamente imposible que la enorme industria del cine y la televisión ofrezcan alguna obra que no esté vestida con todo el espectáculo que sucede detrás de las cámaras y dentro de los camerinos y al rededor de todo el estudio; pero es posible cuidarse por hacer una distancia y recordar por qué son ajenos al verdadero espectáculo.

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