La Purga (primera parte)

— ¿Dónde habrá quedado el rosario que me dio mi abuela? Se preguntó en silencio Ádega que levantaba con una mano el montón de trocitos de papel que yacían como nieve de años pasados sobre su mesita de noche. Un cenicero a medio llenar, observaba inmutable con su ídolo pagano labrado en yeso pintado. Prehispánico, como el estilo que portaba Ádega en su vestir, en su andar y en su mirar. Los ídolos olvidados no deberían estar sobre un cenicero, ni aunque éste se usara para hacer arder hierbas en honor a ellos. Dos pesos en monedas de a cincuenta centavos rodaron y cayeron al suelo emitiendo un ligero tintine. El rosario era mucho más importante en estos momentos (y en los que vendrán) que el dinero abandonado. Una vela aromática con esencia de limón y una pluma de tinta azul yacían pegados a la superficie de la mesa, escondidos debajo de todo y sin rastro del rosario, como si quisieran perderse en el olvido.

— ¡Maldita, maldita, maldita sea! Los santos no debían enfadarse jamás, los demonios sí, esos nunca están a gusto en su calderita con su alumbre, pero en fin, no está la situación como para darle gusto a todos. No le importó mucho decirlo en tono de burla, con la voz fuerte con la intención de que aquellos dos desdichados la escucharan y la odiaran aún más. Fuera de la habitación, en el mero centro de un altar lleno de magnolios blancos, se encuentra una calderita de bronce, gruesa como si fuese una taza de barro para el café, con una asa  delgada que cruza por encima de su boca como si fuera un monótono arco iris, no es más amplia en cuanto circunferencia y profundidad que un casco de ingeniero civil. Dos dedos de profundidad separan el borde con su contenido que no es otra cosa que un caldo rebosante de excentricidad y sumergido en él, yacen retorciéndose y maldiciendo en silencio un par de demonios desdichados. El primero se llama Adagmar es pequeñito, diría cualquiera que lo viera que tiene cara de querubín, como esos rosados de los cuadros medievales que contemplan dichosos la alegría de la Virgen y el Niño, solo que en su caso tiene un color violáceo, en toda su cristalina piel. Ádega, si tuviera que describírselo a alguien, le diría con cierto tono de travesura, que el pequeño esta hecho de uvas. Su piel es tiernita y se rasga con facilidad, es por eso que no hace mucho esfuerzo por aflojar las agujetas que lo tienen atado de pies y manos. Aún dentro de ese preparado especial compuesto de aceite de oliva, tequila, sal de mar, alumbre y agua de coco bendita, la sangre del demonio podía escurrírsele si se desgarraba con sus ataduras. Adagmar, tiene ojos color amarillo que contrastan muy bien con el color de su piel, tiene una boquita en la frente para soltar vituperios y herejías, con el resonar de su garganta, mientras que sobre su puntiaguda barbilla tiene otra un poco más grande donde descansa su espinosa lengua con la que confiere maldiciones y sella pactos. Su cabeza está hueca, al igual que su alma. En su pecho late un negruzco corazón que infla su cuerpecito con una sustancia parecida a la sangre humana en olor y consistencia, pero que si por error fuera bebida, o diluida en alguna bebida, el agua, se evaporaría de inmediato, el alcohol, ardería en llamas, la saliva se calcificaría, la sangre humana coagularía con una velocidad similar a la que se congela el agua al llegar al cero absoluto; y el preparado, bueno, les causaría alergia a su pielecita demoniaca, saldrían bubas amarillentas llenas de pus que solo tienen la función de atormentar al demonio y causarle un gran dolor. El preparado, además de servir como una trampa líquida y medio de tortura para demonios, tiene la propiedad de ahogar, literalmente, cualquier cántico, maldición, conjuro, hechizo o grosería que cualquiera de los dos demonios pudieran conferir al aire. Adagmar, tiene tres pares de brazos, pero solo un par de manos, en cada una tiene tres dedos dos de los cuales son pulgares. Sus bracitos tienen una sola pieza, les faltan codos, pero pueden doblarse si se les quiebra un poquito el hueso. Los huesos de estos demonios se quiebran con mucha facilidad, incluso ellos mismos llegan a romperlos intencionalmente, pues no les causa el más mínimo dolor, pero generan un sonido por demás incómodo. Quien ha llegado a escucharlo, siente o bien un irresistible asco que lo obliga a vomitar sin control durante horas (incluso hubo quien falleció por expulsar literalmente sus entrañas); o sienten una terrible tristeza, compasión y se sumen en una melancolía escarchada de culpa durante meses, siempre y cuándo no se suiciden antes, claro está. Adagmar tiene un solo pie, sin rodilla, con un muñón sin dedos que parece un salchichón del que alguna vez brotaron una docena, y que ahora quedaron solo las cicatriz de cuando fueron amputados. El auvado demonio, nunca perdió los dedos, ni siquiera fue creado con alguna discapacidad o malformación, sencillamente, tiene el pie así por naturaleza. A pesar de tener tan distintos miembros en tan extraña disposición, el vinoso demonio que yace por ahora en la calderita junto a su compañero, tiene un tamaño que no rebasa la palma de la mano de un humano promedio. A diferencia del otro prisionero, éste no posee alas, pero en otras condiciones más favorables es capaz de volar usando solo la fuerza de su voluntad.

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