Alegría cervantina

Hoy estoy demasiado feliz para que algo destruya mi felicidad; ni la persona que casi me tira del asiento hace rato en el autobús logró que me enfadara ni una pisca. Curioso lector, que de todo buscas causas y porqués, deja te platico qué descubrí y seguramente saciarás tu hambre de razones, vivencias y letras. Leyendo la grandiosa obra de Cervantes, el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, me había quedado como aquel padrastro del texto al terminar el octavo capítulo, aquel donde dos espadas quedan en vilo, suspendidas, en tensión; me quede, decía, ansiando saber qué seguía, si el Vizcaíno mataba a nuestro tan querido como loco héroe, o si éste lograba darle un certero golpe que acallara su tan poca educada boca. El siguiente capítulo lo leí con mucho agrado, pues mi curiosidad quedó saciada. Pero algo había dejado de hacer, algo me faltaba; una duda rondaba por mi cabeza, la sentía como aquellos ruidos que algo anuncian y nunca terminan de apersonarse. Como ya había andado varios días con la incertidumbre de que algo había dejado de ver en aquel mundo tan repleto de curiosidades y yo seguía tan campante como un caminante que anda de paseo en un bello parque, decidí volver a leer el capítulo IX, rompiendo mi tan tranquilo ritmo.

Releí el texto y quedé sorprendido que haya estado tan ciego. Tantas cosas estaban ahí, algo que parecía un anuncio de Cervantes, un mapa cuyo final prometía el tesoro de entender su tan discutida obra. No sólo noté que el genio español era conocedor de la mitología griega (cual se puede comprobar si uno le pone atención a su frase “…y echaba la culpa a la malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, el cual, o la tenía oculta o consumida [la historia de Don Quijote]”), sino que además la aplicaba para decir que nuestra vida se va consumiendo por culpa del olvido y que el hombre, en un arrebato de gallardía o de locura, hacía historia para no ser devorado por aquel terrible y maligno dios, intentando preservar lo que considerase importante de preservar. ¿De qué cosas hace historia el hombre?, ¿por qué de esas y no de otras? ¡Cervantes me estaba poniendo a cuestionarme! Luego, cuando defiende la historia, declarándola protectora y portadora de la verdad, vi que sus palabras podían ser tomadas con ironía. Por ejemplo: “…habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor o la afición no les hagan torcer del camino de la verdad…”, ¿loa a la historia un novelista?, ¿cuestionamiento oculto o risa contenida? ¿Qué dirán los historiadores de esa frase de Cervantes?, ¿se emocionarán como niños porque un novelista les reconozca su gran aportación al mundo o desconfiarán del chiste? Pero, si el historiador no debe ser apasionado, de poco le sirve y poco le importa la ironía.

Una cosa más, que no deja de ser importante aunque la haya dejado al último, también noté que Cervantes enfatiza la importancia de saber del ejemplo de un caballero, de alguien que le hace bien a la humanidad y a su cominidad. ¿Cuántos hemos desatendido la llamada de atención del padrastro del caballero de la triste figura?, ¿cuántos la hemos atendido?

Yaddir

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