¡Milagro!

¡Milagro!

Por lo general se entiende como milagroso aquello que contradice a las leyes naturales, como caminar sobre el agua o multiplicar panes. Pero milagro no es ir contra natura, sino todo lo contrario: es encausar el corazón del hombre hacia lo que le es propiamente natural, es decir, a su reconocimiento como creatura amada por aquel que le dio el ser.

San Pedro y San Pablo bien pueden dar testimonio del milagro que se obra en el corazón cuando éste es guiado hacia Dios: uno, el primero, aprendió a perdonar setenta veces siete y a ser perdonado tras negar al masetro que en algún momento reconoció como mesías. El segundo, por su parte, aprendió a perseguir a Dios en vez de a los hombres; y comprendió que la perfección de la ley está en el amor infinito de Cristo y no en la severidad de las normas grabadas en la roca.

San Pedro y San Pablo forman una comunidad fundada en el amor a Cristo, en el perdón que ese amor trae consigo y en el milagro que es llevar al corazón del hombre hacia lo que por naturaleza le es propio, es decir, a la satisfacción que supone no volver a sentir hambre y no volver a tener sed.

 

Maigo.

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