Cubrirse

Cubrirse

¿Será de verdad el pudor un modo correcto de conducirnos al desentrañar el pecado original? Las ventajas pedagógicas de ese método pueden ser en verdad útiles para los hombres modernos, que creen que el pudor se asocia inmediatamente con la vergüenza que cubre los genitales y los miembros casi enteros. La salida del paraíso puede ser así retraída a las versiones antropológicas de la historia humana (todas hijas del contrato y el Estado moderno) No obstante, hay una imposibilidad que, en dicha senda educativa, obstruye inevitablemente el paso firme. Tanto para el estado de naturaleza de los románticos como para los maquiavélicos realistas, el pudor es necesariamente convencional, porque es fruto psicológico de los choques entre las doctrinas morales; de ahí que Nietzsche pueda radicalizar esa visión con su idea del nihilismo y la voluntad de poder.

Para el hombre moderno no hay posibilidad del pecado original. Porque para saber gobernar como príncipes no necesito saber si la desobediencia a Dios o la seducción del pecado son en verdad males, sólo necesito saber aprovecharme de esa seducción. Acaso la importancia que la fuerza tiene para el pensamiento político moderno pueda asociarse muy bien con esa oscuridad en torno al pudor y al pecado original. Cuando la fuerza es la columna del pensamiento político, el pudor degenera hacia la administración publicitaria del líder. Ningún político moderno puede mostrarse vulnerable, pero sí inútil y funesto.

Los modernos no carecen de vergüenza. Ni siquiera los admiradores del deseo y el cuerpo. No distinguen bien el pudor. No carecen de vergüenza porque tienen un orgullo, por más ridículo que les parezca a los críticos posmodernos. Adán y Eva se taparon tras la caída, y así conocemos al hombre desde entonces. El vestido parece la marca que separa al paraíso del mundo lleno de trabajos, partos y sudores. ¿Qué pasa si esa deja de ser una versión sexual de la vergüenza? O, mejor dicho, si tomamos en justa medida la dimensión sexual de la revelación en torno a la caída.

Ha de ser así si no queremos hacer del deseo una cuestión trivialmente vergonzosa. Ha de serlo si el conocimiento moral es algo distinto a la naturalidad de la necesidad de cubrirse. Y es que el pudor, más que temor a la exposición, puede ser una manifestación de la corrección del deseo y el pensamiento. La moda sí puede ser convención, pero ella no existiría sin la educabilidad del deseo. La educabilidad no es la posibilidad de ser condicionados. El temor ante los gays sería rescate del pudor si aceptamos que el pudor repele la vulgaridad sexual. La virtud no se escandaliza ante el desnudo. Para las versiones modernas del pudor siempre existirá la tensión que los psicoanalistas ponen entre la sexualidad y la represión, en tanto expliquen el erotismo de manera trivialmente conservadora para el pudor. Es decir, en tanto apelen a la ética como esperanza técnica. Tanto el romanticismo como el realismo lo hacen.

Tacitus

 

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