El Panal (primera parte)

En la oscuridad no debería verse el dolor, debería desaparecer, difuminarse en matices de sombras mudas, como lo hace el viento nocturno o la muerte de cuna. El dolor es lo único que permanece en la oscuridad, en mi caso el dolor de espalda fue el peor, aprender a sobrellevarlo, porque uno no se acostumbra nunca al dolor, me llevó varios años de experimentos. Mi padre jamás habló de su experiencia, de hecho, cuando él salió del Panal, no hablaba mucho, emitía algunos balbuceos que parecerían el intento de un gruñido y señalaba las cosas que quería, apuntaba con sus deformes y huesudos dedos manteniendo un ligero brillo en la mirada, como el que encuentra un tesoro. Mi padre no hablaba casi nunca, y no molestaba a nadie con nada, a menos que fuera una urgencia de primera importancia, eso sí, cuando chocaba en la calle con alguien a quien no había visto al caminar se le escuchaba pedir disculpas muy claramente, a veces me gustaba imaginar en mis adentros que dentro del Panal era lo único que hacían los internos, y terminaban por encontrar cierto placer en ello. Ahora sé que no es así, pero haberlo sabido antes, de nada me hubiera servido tampoco. Mi padre aprendió a ser una sombra dentro del Panal, pasaba la mayor parte del día en la casa muy activo, lavaba el patio, la acera, y cada una de las estancias con un jabón muy costoso, tendía las camas y se dedicaba a arreglar todos los desperfectos que pudiera encontrar en el hogar sin hacer un solo ruido. Que la tubería del lavabo goteaba, en un par de horas estaba sellada; si un foco se fundía, en cuestión de minutos había uno de reemplazo, aunque la mayor parte del tiempo la casa estaba en tinieblas, todo se arreglaba como por arte de magia, muchas veces sin que yo me diera cuenta. Yo no sé por qué habría de aprovechar mi tiempo afuera arreglando el hogar, o lavando cosas que se van a volver a ensuciar irremediablemente, tampoco creo que sería tan silencioso como terminó siendo mi viejo.

Hubo días en lo que yo pude contar como los primeros meses de mi estancia, en los que encontré un singular gozo en tocar las paredes que tenía más a la mano. Debo de admitir que moría por sentir algo que no fuera mi espalda de vez en cuando, y hubo momentos en los que imaginé que las frías paredes de concreto estaban hechas de algodón, o de masilla, o de gelatina, o de clara de huevo; a veces se me antojaban hechas de carne tierna y otras de picante lana de oveja marrón. En la oscuridad me daba el lujo de aflorar mis antojos, total, en mi recinto nadie más que yo se enteraría de lo que imaginaba para pasar el tiempo. Hoy en día, me gustaría tener el ánimo de aquél entonces, aunque mi imaginación era mucho más reducida, mi entusiasmo era mucho, muchísimo mayor. El tiempo fue minando estos placeres y en menos de medio año, las paredes perdieron sus colores (y ojalá hubieran perdido sus dimensiones también), sus texturas, sus fragancias, y volvieron a ser estériles bloques de concreto con olor a camposanto y humedad. La oscuridad por muy infinita que parezca, no tiene la amplitud para envolver bajo su manto a los olores, estos escapan como los conejos a los depredadores nocturnos, recordándoles así (al igual que a mí) su impotencia. Alguna vez pensé en arrancarme los párpados, total, sumido en tan tremenda negrura, no los necesitaba, tampoco necesitaría los ojos, si a esos extremos llegamos, tan solo me estorbarían, se resecarían hasta agrietarse y se quebrarían como un terrón de azúcar cuando no quedaran más lágrimas que llorar. De haber podido hacerlo, me los hubiera sacado, y viéndome más ambicioso, se me antojó usar una cuchara para ello. Pensé en las mujeres de mi pueblo que gustaban de enchinarse las pestañas usando una cuchara, yo ya no tendría pestañas después de una pasada. Arrancármelos con mis propias manos parecía todavía más lujoso, ya que presuponía que, a falta de uñas, mis dedos podrían ser tan hábiles como para penetrar por un costado de la cuenca, para terminar profundizando lo necesario y una vez ahí, en el punto dulce, haría palanca y pop, saldrían esas pelotitas estorbosas que tanto me llegaban a molestar en los días de luz. Cuando estos pensamientos rondaban mi alma, no temía morir desangrado o a causa de una infección, tampoco temía muchas de las cosas que podrían haber salido mal, como que mi dedo fuera a parar al fondo de mi cabeza, o que se quedara atorado sin conseguir su objetivo. Cuando pensaba en arrancarme los párpados, otra era la historia. Me veía más ambicioso, soñaba con lo imposible y deseaba genuinamente desde el fondo de mi corazón, arrancármelos a mordidas con mis propios dientes, como quien pelara una naranja, o un limón, buscando dejar al descubierto la dulce pulpa que, de no ser consumida terminaría por echarse a perder. Nada de esto ocurrió, la oscuridad me envolvía y me daba paz, pero también me hacía desear no volver a tener ojos, eso me sucede todavía hoy.

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