El panal (parte cero punto uno)

Oscuridad, eterna, dulce e infinita oscuridad, manto que cubre todo y no cobija, tela de frío material que raspa la vista con su profunda y lisa textura. Si me porto bien, la oscuridad será lo único que vea mientras viva en el Panal. Algo así me dijo mi padre, que, como la mayoría de los hombres de mi pueblo, también pasó algún tiempo aquí. Claro, por razones muy distintas a las que me han arrastrado a mí, pero al fin y al cabo, pude haber tomado su palabra por buena en la primera noche que pasé en vela. A veces pienso que no dimensionaba lo grave de mi situación, lo más seguro es que sea así. Al llegar, mi imaginación no era más grande que un limón, me parece que exagero, un limón es demasiado grande, un limón puede impedir el paso del aire en la garganta de cualquiera, esta fruta, por muy pequeña que sea, puede matar a un hombre. Mi imaginación debió haber sido como una gota de miel añeja pegada en un pedazo de cristal en el fondo de un basurero, sí, eso hubo sido mi imaginación en un principio. Nadie se muere atragantado por una gota de miel, o al menos, nadie creería que eso es posible aún si se lo contase su mejor amigo.

Existía un punto, entre mi omóplato izquierdo y mi columna vertebral en el cuál recaía todo el estrés de mi espalda. Allí, en esa zona que no era más grande que una pincelada marrón que diera forma a la nariz de una mujer sentada a la distancia en una pintura de un convite, se concentraba todo el dolor posible de mi espalda. Solo los hombres en coma han de saber a lo que me refiero, bueno, los hombres en coma y en el Panal, cuando las llagas empiezan a brotar ocurre tan lento y tan de prisa como el andar de un caracol, o como el pasar de la primavera. Uno casi no se da cuenta, uno siente el dolor que empieza como una comezón ligera, como una punzada de un mosquito recién nacido aprendiendo a mamar. Tallarse es lo primero y lo último que se le viene a la mente a quien padece tan sutil sensación. Hay que rascarse a como dé lugar, diría un sabio griego de esos antiguos que ya nadie escucha. Yo opinaría con él que en aquella situación no hay nada más placentero en todo el universo, ni siquiera bostezar bajo la luz del sol con la brisa fresca de la mañana mientras se estiran a su máxima expresión nuestros brazos con la ingenua esperanza de tocar el cielo. Pero después de cierto tiempo, el seco tallar de la manta se humedece de sangre propia y la comezón se vuelve un festín interminable que no conoce saciedad. Pensar en la primera noche, a estas alturas de la vida, me causa un poco de risa, mi risa, ahora es algo así como una tos reprimida, análoga al estornudo que no se deja correr según su naturaleza y se aprieta con los músculos internos del aparato respiratorio para hacer el menor ruido a la hora en la que el sacerdote está dando el sermón dominical, así he aprendido a toser, y a reír. Aquella vez, cuando mi único dolor era un lunar en mi espalda, el Panal estaba tan oscuro como en los buenos días y tan silencioso como un bosque sin lobos. Los hombres tienen cierta aberración al insomnio, quienes lo padecen lo detestan por sobre todas las cosas, preferirían no tener lengua antes de sentir los párpados tan pesados como el pecado y no tener posibilidad de hallar descanso para ellos. Es por eso que inventaron un montón de soluciones a este mal, la más común y pienso que es practicada en todos los rincones y pueblos del mundo, lo más seguro es que al padecer insomnio la primera solución que busques sea aburrirte. Hay quienes cuentan ovejas, las miran, las tratan de imaginar con sus pezuñas bien formadas, casi simétricas manchadas de ese fresco olor a estiércol y tierra fértil, les suben por sus patitas recorriendo con la mirada sus sucios chinitos con la perfección erratil que la naturaleza le pone a todo lo que hace con amor. Imaginan que las huelen, que las pastorean con una vara de ciprés y ellas obedecen sin hacer ruido. Todos los hombres pensamos en ovejas, les vemos sus orejas caidas, sus ojos negros brillosos que miran sin mirar, que te desdeñan en silencio y que no se emocionan jamás, tratamos de imaginarlas sanas andando con un paso uniforme como si fueran pequeños solados desarmados, que salen al campo para un ejercicio de rutina. Negro, café, pardo, blanco, chocolate. Los colores se mezclan, se juntan, se vuelven manchas, líneas y figuras geométricas sobre la lana de los animalitos que uno pastorea en las noches de insomnio, y luego, después de danzar y observarlas pastar en los verdes campos de la pradera, donde no hay una nube en el cielo que impida ver su azul infinitamente libre, entonces uno se encuentra demasiado excitado como para conciliar el sueño; el método casi siempre falla, y de entre todos los hombres se ensaña con los que tenemos la imaginación tullida. A mí me pareció imposible, lo único que podía pensar aquella noche era en liberar el estrés acumulado, ni siquiera quería dormir, no, eso jamás pasó por mi mente. Lo único que deseaba era relajarme, por supuesto, el dolor que fue diminuto en un principio, se oponía con toda su existencia a mis deseos. Ni todo el llanto que solté en silencio durante aquél día sirvió para agotarme, para que el sueño que la culpa no había logrado arrebatarme, me visitara en aquél maldito lugar.

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