La medida del placer

Pero yo solo soy un hombre, Marge
— Homero J. Simpson

Quienes tienen más tiempo de conocerme a un nivel personal, sabrán que fui un fumador excelente. Me gustaba echar humo más que cualquier otra cosa en el mundo, me daba identidad y me hacía sentir todo un garañón. No había actividad en mi día a día que me llenara de más placer, ni me hiciera sentir tan importante. Si me lo preguntan, hoy en día con cuatro años de haber dejado el cigarrillo, sigo sosteniendo un par de cosas: la primera es que me arrepiento de haberlo dejado, la segunda es que era feliz mientras fumaba. Ya usté sabrá si creerme o no, lo dejaré a su consideración.

La razón por la que dejé atrás ese cochino vicio, no fue simple y llano amor, como debió haber sido, sino una razón más vulgar y mezquina: la salud. Dejé de fumar porque estaba sintiendo a un nivel insoportable todos los estragos que traía ese maldito vicio: amanecía con la garganta irritada, reseca y nauseas insoportables, una ansiedad infernal y con más sed que ganas de desayunar. El mal aliento y el mal olor del cigarro me acompañaban, así como todas esas desventajas físicas que acarrea consigo el cigarrillo. De eso hay un montón de información en Internet. No importa, lo que importa es lo siguiente: me gustaban los cigarrillos marca Camel, eran los mejores, tenían la conjunción exacta entre la suavidad y el sabor que me hacía sentir feliz. Los Marlboro, eran los que le seguían de cerca, pero estos eran mucho más fuertes y mucho más violentos a la hora de fumar. Cuando los impuestos empezaron a pegarle a los precios de los cigarrillos, el costo de una cajetilla de Camel, me alcanzaba para cubrir dos de cigarros Delicados con filtro. No por eso me mudé, pero sí por eso, llegaron a ser estos mi segunda opción o mi primera opción para consumo social, es decir, los compraba para reuniones con mis amigos. Los mentolados me mareaban y me daban asco y los lights no raspaban ni poquito, pero sí me daban muchas nauseas. Los Lucky estaban decentes pero su sabor simplemente no era lo que me gustaba. Cabe señalar, que prefería encender mis cigarrillos con un encendedor cualquiera, de los que venden en los Oxxos y valen de cinco a diez pesos. Los prefería sobre los cerillos comunes y corrientes e incluso sobre los cerillos de madera. Los prefería incluso sobre mi Zippo, cuya gasolina le daba un sabor especial al cigarrillo (sin importar la marca) y podría jurar que de no ser tan exigente con mis gustos, podría haberme enganchado solo al sabor de la gasolina, ya que tenía un encanto especial.

¿Por qué vengo a hablarles de cigarrillos y del mal hábito de fumar? Olvidé mencionar que los puros también eran de mi gusto y que su sabor y textura era algo único que me emocionaba probar de vez en cuando (y sí, les daba el golpe también). Bueno, en esta semana tuve una experiencia cercana con los cigarrillos electrónicos, mismos que en otros tiempos hubiera desechado sin siquiera darles el beneficio de la duda, los hubiera tachado de maricones y no los hubiera volteado a ver. Sin embargo, estos son tiempos distintos, y me llamó la atención el hecho de que son “inofensivos”. Por si no fui muy claro en el primer párrafo de este texto, extraño fumar, tanto como el primer día que lo dejé, aunque ya sin el ansia y los síntomas de abstinencia. Creo, que aunque sea un mal hábito, era algo que en verdad disfrutaba en este cochino mundo. Una vez hecha esta puntualización, comprenderán por qué mi mirada se volcó hacia los cigarrillos eléctricos o “vapeadores”. La premisa es muy sencilla (o eso me pareció en un principio), puedes tener la misma experiencia del cigarro sin pagar por las consecuencias. ¿Qué éste no es el sueño de todo villano maestro de los malos hábitos? ¿Qué éste no es el mismísimo sueño de la modernidad? ¿Qué a caso no es ésta la finalidad de la ciencia moderna? La respuesta a todo eso es un rotundo sí. ¿Por qué me iba yo a negar a tan atractiva situación? Bueno, pues no lo hice, así que me monté en el viaje de investigar más al respecto. Antes de compartirles mis descubrimientos, debo contarles que, dejando a un lado todos los aspectos psicológicos que enumeré anteriormente como motivos de mi hábito fumador, la razón física para hacerlo es que encontraba mucho pacer en la sensación rasposa que se tiene al darle el golpe. Es sencillamente muy placentera para mí.

Ahora bien, llevo medio día leyendo acerca de los vapeadores, al principio no encontré gran cosa, son un instrumento electrónico al que le hechas un líquido especial y luego le aprietas un botón al dispositivo para que queme esta sustancia y es entonces cuando la aspiras, le das el golpe y la sacas. Los vapeadores tienen la intención de ayudar a los fumadores a dejar de fumar, tal vez funcione y tal vez no. En lo personal, la duda que me hace ruido en el alma es si ya dejé de fumar, ¿por qué carajos debería probar un vapeador? Es como tropezar con la misma piedra solo haciéndome menso fingiendo como que ya no fumo. Bueno, leyendo un montón de foros y páginas de Internet, encontré con varias personas que están clavadas en el hábito de “vapear”. Todas ellas manejan términos muy especializados de su gremio, pero el asunto no se detiene ahí, no basta con juntarse en un espacio cibernético a compartir experiencias de vapeadores. Los cigarrillos eléctricos funcionan con un líquido que tiene diferentes sabores, éste líquido está compuesto de dos sustancias (y aquí es donde se empieza a poner interesante el asunto), una se encarga de dar el sabor a la inhalada, la segunda se encarga de hacer más o menos vapor a la hora de sacar lo aspirado. ¿Ok? Resulta que los practicantes de este hábito tienen manera de regular qué cantidad de cada una de estas sustancias se le agrega a su tanque, de manera tal que o bien tenga más o menos sabor o bien tenga más o menos vapor, por lo tanto tenga distinta sensación a la hora de darle el golpe. Bueno, pues una vez que entras al mundo de los vapeadores, lo primero que debes hacer (no es acostumbrarte a fumar de estas cosas) sino a medir la manera en la que te sientes más satisfecho a la hora de fumar. Ojo, quiero que tengan en mente que la mayoría de los que fuman en estos dispositivos vienen de fumar cigarrillos reales (hay incluso quienes fuman las dos cosas en lo que pueden dejar la más dañina), lo que me hace pensar que están buscando encontrar la misma satisfacción que les da el cigarrillo con más o menos líquido agregado. Bueno, el asunto no para aquí, resulta que eventualmente, si te gusta este hobbie, puedes ir armando tu propio vapeador a partir de partes “sueltas” que puedes comprar. La idea de esto es bastante curiosa. En general un vapeador tiene cuatro partes, una batería, una resistencia, un inhalador y un tanque donde se le deposita el líquido. En las boquillas o inhaladores hay tres distintos dispositivos, que hablando en general se distinguen en que uno tiene un pedazo de algodón o tela que se sumerge en el líquido para darle un sabor distinto a la hora de la fumada. Los otros dos, si no mal recuerdo son uno sin esta tela y otro que es la síntesis de los dos anteriores. En fin, la idea es que las baterías vienen en distintas presentaciones ya que el dispositivo que se activa para hacer ignición y quemar la sustancia que va a convertirse en humo, viene en distintas presentaciones dependiendo su resistencia (resistencia hablando en sentido eléctrico, por ahí hay tutoriales de cómo aplicar la ley de Ohm a este asunto). Bueno, el chiste es que hay resistencias que se calientan muy rápido y hay otras que tardan más y requieren más potencia de las baterías. Esto influye en el sabor y la textura del vapor que vamos a exhalar, por lo tanto en la experiencia de la fumada. Se habla incluso de que si no se calibran bien las medidas de las resistencias, se puede llegar a quemar el líquido y dar el sabor no deseado. Bueno, ya para terminar, y la razón por la que he contado todo este asunto es la siguiente. Me parece que estos cigarrillos electrónicos son el ejemplo perfecto de la ciencia moderna y su meta: están tremendamente complicados, hay un montón de variables con las que podemos jugar de tal manera que logremos simular en una experiencia doblemente artificial, una experiencia un tanto más natural. Todo con tal de no pagar las consecuencias de estar haciendo algo nocivo o que va en contra de nuestra salud.

No pretendo sonar como que estoy dando moraleja aquí, no, para nada, si cualquiera de ustedes me pregunta acerca del cigarro yo siempre les voy a decir que no lo dejen. Lo que vengo a comentar hoy es que justamente, todas estas cualidades de los cigarros electrónicos, todas estas posibilidades de personalización del dispositivo para darte la experiencia más placentera me hace pensar que ninguna de ellas sirve. Creo que todas y cada una de ellas son mero placebo y que no importa si tu “vaper” se autoregula para darte más o menos sabor o más o menos vapor, nunca vas a estar satisfecho porque la experiencia placentera que buscas está justamente en otro lado. Vaya, antes si quería tener una experiencia distinta a la hora de fumar, bastaba con comprarme otra marca de cigarros y listo (y sin embargo, seguí fumando insatisfecho durante años). Ahora, en esta nueva modalidad, hay que jugar con un sinnúmero de esencias, sabores y texturas, a su vez con un montón de aditamentos y temperaturas, todo para tratar de encontrar la justa medida algo que es imposible de satisfacer: nuestro deseo de placer.

La impráctica incomodidad

La impráctica incomodidad

 

Supongo que algún pragmático, intentando evitar la decisión sobre subordinar la amistad a la política o la política a la amistad, podría pensar que lo sensato es diferenciar a la política de la amistad y mantenerlas tan claramente definidas que, si bien ambas se ordenan a la felicidad humana, pueda identificar ámbitos de realización distintos para cada una. Quizá dicho pragmático suponga que la realización de la amistad es menos pública que la política; o que la realización de la política se circunscribe en menor medida a lo personal. Probablemente un pragmático así considere que la justa proporción entre la amistad y la política facilite la felicidad.

Sin embargo, ni la felicidad es un producto ni la amistad o la política son tan claramente distinguibles. Distinguir amistad y política a partir de la disposición grupal de ambas es una distinción superficial e insuficiente. Superficial, porque simplifica las realizaciones posibles de la amistad. Insuficiente, porque cancela la posibilidad de pensar al bien común como finalidad. Si el bien común depende de nuestra disposición a él, ni es bien, ni es común. Si el bien común no es anterior a nuestra disposición, ni es posible la política, ni es deseable la amistad. Si el bien común no se funda en la comunidad natural, ni es posible la amistad, ni es deseable la política. Y sólo podremos comprender la comunidad del bien común cuando contestemos a la pregunta “¿qué es lo político?”.

Sin contestar a la pregunta, y suponiendo todavía que la política y la amistad son claramente distinguibles, es posible señalar una consecuencia más de la posición pragmática: ni la amistad ni la política tienen una consecuencia moral. Con mayor asiduidad sospechamos de la amoralidad política, incluso cuando hacemos de la indignación una “causa” política (y sólo es hasta Hobbes cuando “causa” comenzó a usarse en ese sentido para explicar la política [cfr. Voegelin, La nueva ciencia de la política, capítulo 4]); no así extendemos la sospecha sobre la amistad (excepción hecha del adolescente que “necesita justificar” sus amistades). Suponiendo la amoralidad política, la justicia se limitaría a la legalidad y la legalidad al cumplimiento de disposiciones: la tecnocracia. Suponiendo la amoralidad amistosa, la justicia se limitaría a la fidelidad y la fidelidad a la complicidad; y todos saben que se puede ser tan cómplice en lo malo como en lo bueno, aunque en lo malo la complicidad siempre sea más complicada. La amoralidad de la amistad y la política nos deja sin razones para la política y la amistad.

La amoralidad, empero, no es lo peor de la disposición pragmática, sino lo más presentable. Lo impresentable de la disposición pragmática es el embuste necesario en que se convierte cualquier realización de la política o de la amistad. Careciendo de razones para la política, nada impide el advenimiento de la tiranía: tiranía de la fuerza, tiranía de la pasión o tiranía del miedo… tiranía del poder, al fin. Careciendo de razones para la amistad, nada impide la voluntaria ceguera. Sin razones para la política es imposible reconocer a la tiranía. Sin razones para la amistad es imposible reconocerse. Perdiendo la amistad nos perdemos. Y la amistad es imposible si fracasa la política. ¿Ya se entiende por qué algo nos está incomodando? El visitante toca a la puerta…

 

Námaste Heptákis

 

Para no olvidar. 1. Hoy se cumplen cuatro meses de la desaparición de Claudia Ivonne Vera García, activista del colectivo «¿Y quién habla por mí?», desaparecida por policías estatales en Veracruz. No hay información nueva sobre su caso. 2. El próximo martes se cumplen 22 meses de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa. Las reuniones de los padres de los desaparecidos y los funcionarios federales han continuado, aunque no se ha llegado a ningún acuerdo nuevo.

Escenas del terruño. 1. Luis González de Alba reflexiona, en dos partes, sobre el fracaso de la izquierda setentera en la política mexicana. 2. El semanario Eje Central dio a conocer la existencia de una organización civil que tiene a la oficina de comunicación de Enrique Peña Nieto como centro de operación y a la opacidad como origen de sus recursos. 3. En las últimas dos semanas cinco familias completas han sido ejecutadas en el país; en el mismo lapso se ha registrado un incremento en el número de menores de edad ejecutados en nuestro país. En nuestra guerra civil se está derramando más sangre joven. 4. Bajo la premisa de que el Estado Islámico es consecuencia del capitalismo, comunistas españoles combaten del lado kurdo; interesante reportaje de Vice News.

Coletilla. Si lo publicado el lunes por Roberto Zamarripa en Reforma es cierto, los hechos violentos de Nochixtlán, Oaxaca, el 19 de junio son consecuencia de la incompetencia del «servicio de inteligencia» federal. Zamarripa informó que el supuesto operativo para desalojar un retén, en realidad fue un rescate de rehenes: ocho policías federales y una agente de inteligencia (una espía) del Cisen. Haciéndose pasar por la novia de uno de los policías retenidos, la espía fue liberada; pero sus superiores (el servicio de inteligencia federal) no se enteraron de la liberación y entraron armados a Nochixtlán para ejecutar el rescate. Horas más tarde, los funcionarios federales mintieron declarando que el operativo fue un desalojo y que los agentes no iban armados. Ya corrigieron su declaración en torno a las armas. ¿Escucharemos la declaración que reconozca un operativo fallido del servicio de inteligencia?

Relatividad del progreso

Relatividad del progreso

El progreso técnico debe tomarse en su justa dimensión. Cuando uno habla de progreso en la técnica, no podría hablarse de algo universal. La técnica para hacer sillas sigue siendo la misma, aunque se utilicen distintos instrumentos para ella. ¿No es parte de la técnica el conocimiento que hay del uso de los instrumentos para elaborar algo y, por ende, la técnica cambia cuando el instrumento lo hace? No, porque los instrumentos fueron hechos a partir de la existencia del conocimiento para fabricar algo. Un carpintero de antes podría aprender a usar una sierra eléctrica, si su propósito sigue siendo hacer una silla. Si no supiera que se pueden hacer sillas, los instrumentos devienen inútiles. No cambia en nada su conocimiento en torno a la fabricación de sillas, sino que aprende a usar un medio distinto. De cualquier manera tiene que aprender cortar, clavar, pegar y pintar las partes correspondientes, aunque no sea lo mismo utilizar herramientas industriales que herramientas tradicionales.

Se puede decir que hubo progreso sólo si hay un fin que permanece siendo el mismo. Por ello, el progreso puede significar que el arte de la carpintería ha avanzado en cuanto a la eficiencia de sus instrumentos. Algo semejante se puede decir de otras artes. Porque la técnica, en cuanto conocimiento, depende no tanto del modo en que se manipula lo material cuanto del ingenio y la habilidad que se posea para producir algo. Tiene apariencia de práctica no sólo porque requiera de trabajo para realizarse, sino porque necesita de la idea del bien: una mesa no puede tener una pata en una sola esquina si no va a tener otro soporte, porque de lo contrario no serviría para nada.

Pero la cuestión controversial es en torno al progreso en la mezcla entre la ciencia y la técnica, en la fusión de ambas en la ingeniería y en el manejo de energías. Se podría hablar de progreso si todo no fuera producido por una exigencia temporal. Los teléfonos son una indicación de progreso sólo si consideramos que los modelos recientes son mejores por tener más funciones que la mayor parte de las veces ni siquiera utilizamos. Generalmente hablamos de progreso cuando comparamos las facilidades que proporciona la técnica, facilidades que han avanzado a partir de ideas en crecimiento. Así, el CD y el avión muestran el progreso en la posibilidad de hacer volar una máquina y de viajar con eficiencia, así como de escuchar música de modo sencillo. Pero ambas no existirían si no hubiéramos deseado escuchar música con mayor frecuencia, convirtiéndolo en un negocio; y no necesitaríamos el avión si la gente no deseara acortar las distancias para que viajar sea una posibilidad menos tortuosa.

Eso quiere decir que el progreso se debe más al interés y a los deseos humanos que a un destino. Por eso el progreso no puede ser una idea estrictamente cristiana, si no vemos que la construcción del paraíso es imposible para quien se sabe caído de él. La posibilidad de desarrollar los productos no indica una ventaja más que en el sentido de la utilidad. Una ventaja que nunca indicará otro tipo de progreso que no sea del tipo de los descubrimientos y los inventos. Por eso uno no requiere de la verdad más que en un sentido limitado para desarrollar la técnica que se posee. Lo moderno requería de la invención del progreso en tanto significara que la ciencia tendría productos relacionados con el avance y despliegue de investigaciones distintas, que abolieran las categorías metafísicas de la filosofía anterior. Por eso el proyecto del progreso es tanto político como metafísico. Sin la ciencia moderna no existiría. No obstante, tampoco sería una opción sensata sin que el deseo de alguna manera imperara en la aceptación de que el mundo es mejor con mejores productos técnicos.

Tacitus

Auto-desgarramientos

Auto-desgarramientos

I

Va un talentoso hombre a prisión; mientras camina va pensando que los demás piensan esto de él:

Va herido el malvado

porque la verdad se le ha olvidado

y la rabiosa obscuridad en que vive exiliado

va masticando razones, transformando

 

polvillo áureo en infecundo

anzuelo doble. Traspasado

anda el desgraciado, airado,

de su propio orgullo lastimado.

 

Sospecha que el mundo algo le esconde,

así que él rasga que rasga va,

perdiendo sabrosamente ahí donde

 

perder quería estar. Y es que vas

falsamente herido –una voz le responde–

porque tu filantrópico actuar te esconde,

                                                            [perversidad.

II

De pronto comenzó a sonreír con quimérico orgullo. Su mirada soñaba que a los suyos les gritaba desde las galeras: “¡Por vosotros voy al barro, hermanos, y en cuanto encuentre las perlas que se nos han negado, volveré con ustedes a compartir descubrimientos, todo será nuestro!” Creyó que uno de la fila le decía, “¡qué sacrificio tan bello, ir al suelo para conquistar el cielo!, si no fuera por tu ingenio, ¿qué sería del cariño entre el hombre nuevo?”. Pero sólo eran las palabras del soldado, que viendo cómo temblaba el hombre de rabia, esto le dijo con majestuosa voz:

Serénate.

 

Yo no te castigaré, hombre

que el deseo está ya muy martirizado

y el trabajo del soldado

no ha sido entendido en la lumbre

 

de lo que tú llamas mundo pobre.

Ni la justicia, ni la naturaleza han cambiado,

pero tú insistes en renegar del pasado

para alejarte de ti mismo, y sobre

 

tus despojos construir el mundo nuevo,

ése donde no haya ni relato antiguo

ni sesos que el radiante Febo

 

guíe  con la antorcha que es Eros.

Por eso vienes ofendido, por saber

que es falsa tu ley: es necesario el mal de los insectos.

 

Serénate, mira cómo la verdad siempre intentó sanar tus cicatrices.

 

El fantástico hombre entiende que son burlas las palabras del gazapo que lo conduce. Una alegría amarga estalla en su ser cual rayo de Zeus. Al fin un rival digno del poder, se dice entre convulsas carcajadas. Intenta zafarse, cae al suelo. Mientras se levanta, un plan lo acompaña: dejaré que me conduzcas, pilluelo, y cuando estemos en tu palacio probarás el hierro de mi celo.

Se alejó entre risotadas, gritando su ingenio. Posiblemente se le olvidó que los planes como éste deben de ser un secreto… quizás también gritaba histéricamente, por saberse casi muerto.

Javel

El Señor es contigo

Cuando el ángel saludó a María, no sólo le anunció la llegada del mesías y con ello el cumplimiento de una promesa, la promesa de la salvación. También le dijo que esa gracia se debía a la presencia de Dios en su vida, presencia que se hace notoria en el prójimo y en la disposición a servirlo.

Sólo quien vive en gracia siente la alegría del servicio a pesar de los displaceres que éste pudiera traer consigo, porque placer no es alegría, así como dolor en la mortificación tampoco es gracia, pues quien sirve con amor lo hace con el gozo de saber que Dios está en su corazón.

  Maigo.

Añadido: Inician las vacaciones y los maestros no dejan su labor como tales, por ello comparto una bella oración que no sólo pide, sino que también inspira a los maestros a servir como el Divino Maestro ha servido, he de agradecer a quien me compartió tan bella solicitud hacia Dios.

Señor, tú que eres
el único y verdadero maestro
concédeme la gracia de ser,
a ejemplo tuyo, maestro para mis alumnos.

Haz que yo sepa, con mi vida,
educarlos en la libertad
y, con mi sabiduría, capacitarlos
para un auténtico compromiso
hacia los demás.


Haz que yo sea capaz de hablarles de ti
y enseñarles a hablar contigo.


Que ellos se den cuenta de que son amados
y de que yo sólo busco su verdadero bien.
Haz que mi amistad contigo sea la fuente
de mi amistad con ellos.


Jesús maestro, gracias por haberme llamado
a tu misma misión.


Que mi docencia sea un reflejo de la tuya.
Amén.

Productos del arte

Recientemente escuché una voz que me decía: “el arte se divide en dos: el burgués y el popular; el primero corresponde a todo aquello que está vedado para las masas y celosamente guardan en bóvedas los capitalistas; el segundo, obviamente, es aquel que lucha por la liberación del pueblo, grita lanzando el alma con la voz para que todos se desencadenen del ruido de los coches capitalistas.” No sé si sea preciso encontrar el hueco de la biblioteca donde salió la semilla para esta frase, pues eso podría ser tildado de pensamiento inerte o empolvado. Pero me parece relevante el reflexionar sobre si el arte puede ser accesible a todos, aunque el artista no sepa por qué creó lo que creó.

¿El arte puede ser cualquier clase de producción humana? Si sí, muy internamente todos tenemos el potencial de ser artistas y lo obramos cada día. ¿Qué necesita una obra producida por el hombre para que sea considerada como obra de arte o artística? Puede ser simple impulso pasional o monumento de las mentes más brillantes que iluminan por su pureza. Ambas respuestas parecen insuficientes. Pero ambas intentan apuntar a lo que nos pasa ante el arte: podemos emocionarnos y reflexionar a la vez. No reflexionamos como cuando leemos o escuchamos algo que nos ha llamado la atención, sino parece que toda la imagen nos obliga a no quedarnos con pedazos de ocurrencias, a no vincular lo que ya creemos con lo que vemos; obliga a mirar toda una obra de arte, con todas sus relaciones, con todo lo que esas relaciones nos digan, con todo lo que ese discurso sea el que se nos presente y no el que inventemos, y además estamos obligados a no perder de vista las relaciones inteligibles con la imagen, en el caso de la pintura. Quizá por esto ver una pintura sea diferente de leer un libro.

¿Será la reflexión sobre el arte una reflexión burguesa o es incorrecto apodarla así porque eso nos alejaría de pensar, incluso, una función política en el arte? Si podemos mantener la atención sobre una obra de arte, ver qué nos quiere decir, es decir, pensarla y no sobreponerle significados, quizá todos sí puedan acceder al arte. ¿El artista así lo ha planteado? Podría ser que sí, tal vez; tal vez el artista tenga al arte como motivo más importante para preocuparse. ¿Hay un mundo donde los artistas se entienden, donde comen uvas mientras miran recostados las estrellas que, con sólo alzar la mano, pueden tocar? ¿En dicho espacio el artista está vestido sin igual, charla con otros artistas y entre ellos se carcajean de aquellos que no viven en ese lugar? Evidentemente no. El artista también sufre; ve su arte incomprendido, desechado, arrojado como si sólo valiera por el material que lo expone al mundo como un niño en una tempestad. ¿Cómo se sentirá quien ve que lo mejor de sí no es aceptado? Al igual que un hombre llora, se desespera, despedaza sus sueños y esperanzas por una mala mirada. Pero su mente, como la de todo hombre, también funciona, busca soluciones, cambios a sus producciones, maneras diferentes de presentarse y presentar a su niño; también ve imágenes que otros podrían ver. Las personas encontramos sentido en el arte cuando lo miramos con cierta calma, cuando nuestra mirada deja de concentrarse en nada y vuelve al mundo.

Yaddir

A que hacíamos política

Es verosímil que ocurran muchas cosas inverosímiles.

‒posiblemente Agatón

Somos muy imitativos. Nos pasamos la vida fingiendo montones de cosas: remedamos voces de otras personas, respondemos un ruido con otro igual, actuamos situaciones del pasado mientras contamos anécdotas, o gesticulamos siguiendo los gestos de quien nos las cuenta. Y entre todas las cosas que hacemos con mímica, una que rara vez tomamos por tal, es hacer lo que se supone que deberíamos hacer. Esto tiene su análogo más común en los niños, cuando recrean alguna situación en la que «juegan a que eran» ciertos personajes (en copretérito, como los sueños). Comunes son las que tienen protagonistas de aventuras emocionantes, como con agentes secretos, policías, héroes o simplemente actores en grupos adversos. Así también, como si nos divirtiera jugar a que éramos niños, a veces nos vemos como si fuéramos tal tipo de persona, hacemos como si nos correspondiera actuar de tal o cual manera, y entonces hacemos lo propio. Jugamos a que hacíamos lo que debíamos hacer.

La diferencia entre hacer en juego o en serio lo que se supone que debemos, muchas veces es difícil de notar. Podría ser que estuviera en qué significa este «se supone». ¿Significa tradición (usos y costumbres), ley, sabiduría? Sea cualquiera de éstas u otra posibilidad, ella señala la fuente de nuestro empeño hacia algún deber. También vale agregar a este juego de alternativas una nota importante: un deber puede ser forzoso (como la necesidad) o puede ser voluntario. Se llega a dar que nos obliguen, que nos persuadan o que nos persuadamos a nosotros mismos de la importancia de algo. En esto estaría la diferencia, porque podemos tener la intención de hacer una cosa que parezca otra, cuando aquésta no es tan valiosa para nosotros como la que originalmente nos motiva. Todo esto lo sabemos imitar también: podemos, por ejemplo, fingir que estamos obligados hasta el hastío a alguna actividad que en realidad nos interesa realizar voluntariamente, y así esperamos evadir las consecuencias de nuestra responsabilidad. La causa, pues, sería capital para inclinarnos por la ficción o por la verdad de nuestro deber. También podría ser que la inclinación no significara una ruptura completa entre juego y seriedad. De un modo o de otro, la fuerza del juego se finca en la verosimilitud: mientras más fácil sea dejar pasar lo verosímil por lo verdadero, más honda será la ilusión en la que fingimos. Lo verosímil y lo verdadero pueden ser lo mismo; aunque no siempre es así. Me imagino que no es sorpresa que los juegos sobre lo más importante suelan ser especialmente envolventes.

La fachada de una vida política falsa se da entre fantasmagorías de acciones sobre lo justo y lo injusto, pero su falsedad no se nota fácilmente por el grueso tejido de sus imitaciones. Es un juego complicado de deberes mostrados verosímiles por una retórica muy acostumbrada y dejados pasar de largo por una complacencia perezosa. Al que tanto lo falso cuanto lo verdadero le parecen igualmente verosímiles tiene, además de la costumbre y la pereza, una imaginación atrofiada. Incluso las acusaciones de falsedad deben tomarse con distancia, como la de quien lee el discurso de algún antiguo estadista, porque no sabemos si quieren decir que es falso el deber o que es falsa su supuesta causa. ¿No será esto una raíz de la confusión de nuestras ciudades? La participación popular en estas fachadas es muy variada, como son variadas las formas de sus simulaciones del deber. Se juega, pues, a que se hacen las cosas necesarias o a que se toman medidas graves o a que se llega a tales indispensables acuerdos; todo ello, porque un hombre político debería estar preocupado de éstas y aquellas cosas. Se hace un simulacro muy complicado en el que se juega a que teníamos instituciones políticas e intercambios dialécticos que se jugaban la forma de vida de muchísimas personas. Pero en el fondo, parece haber otra trama: el juego del poder.

Nuestra vida pública es especialmente llamativa por sus muchísimos sinsentidos, por la simulación constante y por los innumerables sucesos que no tienen explicaciones congruentes; tanto espectáculo «surrealista» (como en los sueños) sería chistoso si no fuera porque su escenario es el de una violencia rapaz con una ciclópea burocracia de instituciones alcahuetas. Tal parece que las personas son tan dadas al juego, que incluso dominadas por la sed del poder, no se toman ni éste en serio. Quizá sea porque la mayoría está más motivada a hacerle caso a Hobbes escapando de la dolorosa muerte y se han convencido de que para ello hay que perseguir una fortuna (y para ello progresar, y para ello una carrera, y para ello…). Se juega a que se busca, a que se tiene, a que se ejerce el poder, y se juega a que es por él que toda la vida práctica se mueve incluso si uno cree con convicción científica que todos somos máquinas detectoras de placer. En esta vorágine de espejismos en todos los niveles se imita al poderoso, como si correspondiera al deber de cualquiera que estuviera en nuestros zapatos actuar de ese modo y hablar de ese otro para emularlo. De pronto, el papel de cada uno es el de quien finge que tiene un papel pero que en el fondo tiene otro, ¿quién sabe cuántos más? Y todos son simulacro. Así, entre que se dice que se toman decisiones por alguna causa, que se toman a escondidas otras, y que el motivo es una tercera más escondida; entre que se representan montajes complicados como ése y que nadie hace lo que dice ni espera de sí mismo lo que él supone que se supone, y muchos otros despliegues de este tamaño absurdo, terminamos confundiendo la vida pública a tal grado, que ya no es posible distinguir la demagogia de la retórica del diálogo, ni lo falso de lo verosímil de lo verdadero, ni los enemigos de los compañeros de los amigos.