El panal (tercera parte)

Otras veces, cuando la ansiedad atacaba y yo no tenía modo de entretenerla, ya fuera por falta de uñas o de carne, o porque a pesar de estas me superaba por mucho, simplemente me concentraba en respirar, después de un rato, el sueño llegaba como por arte de magia. Esto lo descubrí hasta la tercera noche (¿o día?) de mi estancia allí, aprendí a invocar al sueño, descubrí una técnica que me permitió esclavizarlo, claro, yo no lo sabía en ese entonces, pero el precio a pagar podía ser muy alto. No importa, la vida ya me estaba cobrando con tremendos intereses la deuda que yo tenía para con la sociedad. No recuerdo qué día fue, pero fue de los primeros, de eso estoy seguro, el punzón de la espalda se había convertido en un lugar que mi cuerpo ya habitaba como si fuese su casa misma, la negrura raspaba mis ojos y el aroma del lugar ya había borrado hasta mi propio fétido aliento, pensar en ovejas no ayudaba, nunca ayudó si me permiten decirlo, pero uno se aferra a lo conocido, cuando se encuentra en un lugar así, uno se aferra a la civilización a toda costa, sin importar lo absurdo que esto resulte. En fin, la locura se había filtrado por una rendija a mi recinto, merodeaba sin hacer ruido como una serpiente en la noche, pero yo, podía respirarla, podía incluso escucharla con la nitidez que tienen las gotas de los grifos descompuestos a media noche, la locura me coqueteaba, nunca lo había hecho antes, pero la verdad, me parecía irresistible. No sé cómo fue, más bien, no sé cómo empezó a ser aquél día, pero de un momento a otro supe que estaba ahí, supe que mi insomnio la había traido y que mi hambre le abría la puerta de mi alma de par en par. Vaya, no es que gozara de suficiente riqueza como para comer más de catorce veces por semana, pero desde que había llegado al panal, comía media ración al día, de lo que sea que dictaran como nutritivo para nosotros. Un día quince chícharos, otro día tres zanahorias, otro más un pedazo de carne quemada. Los menús no tenían un patrón, ni mucho menos estaban coordinados por un itinerario que ayudara a saber en qué día se estaba. Yo siempre supe que no comía otra cosa que sobras, sobras que la sociedad donaba al lugar, pero nunca pude demostrarlo. La locura tiene una figura muy atractiva, una vez que la puedes ver a mitad de la oscuridad, suspendida como la Luna sobre una laguna apacible, la reconoces. Parece una llave y una puerta, parece un sendero que cruza fronteras y parece un barco de vapor funcionando a toda máquina. Es así, es inmensa y atractiva, es como mirar a un dinosaurio vivo a dos metros de distancia de su gigante garra. La locura habita en el panal, muchas veces he pensado que es la reina del lugar, en otras, la pienso como el ama de llaves, como la servidumbre encargada de limpiar la mierda que se deja en la habitación de un hotel, y otras, las más solitarias, la imagino como la puta que vende amor en lugar de su cuerpo. Aquella noche, se me presentó con su multiforme aspecto, y yo, por ser la primera vez en que la encaré, no pude hacer otra cosa que desesperar, ansiar estar en otro lugar, ansiar que me tomara, y que me dejara en paz al mismo tiempo, ansiaba estar muerto, ansiaba ver a mi padre, a las ovejas de cualquier pastor, los campos verdes, la sangre vertida sobre sábanas de seda; deseaba ser otro, deseaba que todo terminara o que durara para siempre, no estoy muy seguro, creo que no sé qué quería entonces, ni siquiera quería abandonar el Panal. Fue así como sucedió, fue así como aprendí a invocar al sueño, el ritual me llegó como un cóito interrumpido con la locura, los jadeos que mi cuerpo empezó a emitir, nacidos, paridos por la ansiedad y la estulticia, fueron sencillamente demasiado fuertes, demasiado intensos y demasiado rápidos, se aceleraron de uno a mil en cuestión de segundos y de repente, llegó la nada. Sé que dormí aquella noche porque en el Panal se sueña más en vigilia que en reposo, y después de que aquella visita, no tengo recuerdo de nada más, no escuché nada, no vi nada, no olí nada, no pensé, imaginé, ni siquiera deseé cosa alguna, hasta que llegó la hora de levantarse.

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