Ornitofobia

Con la piel cubierta por entero de material impermeable, las aletas ajustadas, y los ojos escudados por una película gruesa, el buzo saltó al mar. Normalmente no tenía que hacerlo ayudado de nada más que la confianza. Sabía que la compañía lo esperaba en la barcaza que dejaba allá afuera; o si acaso, se sumergía con respaldo de uno o dos colegas que cargaban equipo útil como lámparas o cámaras extra. Pero para esta clase de sumersiones muy profundas, no tan normales, era parte del protocolo ayudarse de un cable retráctil con el que los marinos atentos pudieran velozmente robárselo al agua para devolverlo allá afuera, si era necesario hacerlo. De este modo podía ser a la vez cartógrafo celebrado y solitario ermitaño. Así lo prefería, a decir verdad: con un poco de egoísmo satisfecho tenía la sensación de que el espectáculo era sólo para él. Los sonidos del fondo del mar son otros y también los colores. Nada brilla allí como afuera. La lentitud del suspenso tiene su contraste con el flujo de los peces que apenas se asemeja a las aves que cruzan el cielo. En el reino de Poseidón, el resto de los dioses tiene rostros diferentes.

El buzo no pensaba en eso nunca porque estaba perfectamente habituado a la sensación silenciosa del fondo. Tratar de cubrirse con todas las capas del mar era para él tan natural como es para un pato pasearse por el campo donde hubo horas antes un banquete. Por eso fue tan inesperado para él sentir un golpe pesado en la esquina de su visor. De haber podido, habría soltado un pequeño quejido. En vez de eso, tomó con una mano al responsable de su sobresalto: era el extremo cortado del cable que, metros arriba, había conectado alguna vez con la ruidosa maquinaria giratoria de su equipo. No fue sino hasta este momento que se cuestionó si no habría bajado demasiado para ser un lugar antes inexplorado. No se destempló su ánimo. No al instante, por lo menos, pero al buscar la sombra del bajel tornando la mirada hacia arriba, bajo el Sol, no se encontró más que un añil casi del negro de la noche sin estrellas, uniforme e inmóvil, como una cúpula. Nada del exterior se veía. La luz apenas sugería en los contornos de las algas y las rocas que había algo más con él. Los brillos circulares de los ojos que lo rodeaban no llamaron aún su atención. Desconcertado, volteó la cabeza con fuerza varias veces, atendiendo al sonido acuoso del movimiento; pero no hubo tal. De su respirador no salían burbujas, de sus esfuerzos por aletear no ganaba altura. Fue entonces que miró los otros ojos. Los peces lo veían desde muy alto, algunos nadando, otros quietos en su sitio como si se hubieran posado sobre invisibles descansos. Una bandada de ellos se arrojó ágilmente hacia él como si quisiera arrollarlo y a un pelo de lograrlo, viró de nuevo hacia lo alto. El buzo soltó un alarido mudo dentro de su pecho e intentó manotear. Todos los peces, con un lado de la cara, lo observaban a él y no al resto del océano, pero sus expresiones eran indiferentes. No pasó mucho tiempo antes de que se diera cuenta de que sin importar qué hiciera, sus testigos se alejaban de él yendo cada vez más velozmente hacia arriba; pero más bien, era él quien bajaba. Y bajaba. Cuando sintió que la boca del estómago se le encogía y que las puntas de los dedos se adormilaban, ya era muy tarde para asirse de algo y detener su caída.

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