Cáustica incredulidad

Cáustica incredulidad

La profesionalización de la filosofía es un peligro político, en el mejor sentido posible de la palabra. No porque se permita ella estar bajo el dominio de las ideologías, sino porque de ese modo deja de servir para lo que fue pensada. Creo que esa cuestión no está del todo separada de la educación en la fe, por más que digan que sus caminos están separadas por las misma naturaleza de sus pregunta, dirigidas a facultades distintas, pues se dice que la fe es cuestión que la razón no puede escrutar de manera satisfactoria. A mí me preocupa de manera acuciante que la educación que tiene como base el liderazgo político moderno, basado cada vez más en problemas de administración y de “planeación estratégica”, no se plantee ya la injusticia de educar en la dictadura; y, a su vez, me entristece que la Iglesia, como se le concibe ahora, se haga de la vista gorda al respecto.

Si no entiendo mal, a la política moderna le es fácil mentir con el problema de la unión o división entre el estado y la Iglesia. Ese problema que no puede definirse si no tenemos idea de la relación entre la justicia humana y la ley divina. No es una cuestión secular. Es consecuencia de la aparición histórica de la revelación. Que la filosofía sea ya una hidra con mil cabezas, de disciplinas crecientes, y que ella no pueda ser ya un camino de la fe, en tanto esfuerzo del pensamiento que se vuelve modo de vida en la verdad, no es más que una preocupante señal de que lo importante se olvida con facilidad.

No hablo de dos problemas distintos. En cuanto la filosofía es profesional, sirve como otras profesiones, aunque a su manera. Pero difícilmente seguirá siendo otra cosa que una profesión. Cosa que nunca fue. La fe tampoco lo fue, ni lo puede ser. Puede vivir junto a la profesión, pero ella, que sostiene la vida entera del creyente, no puede serlo. Porque la Ley ha de ser observada por creer, no por lo que uno decide hacer. La filosofía se profesionaliza cuando se acaba su pugna con el orden político ortodoxo. No porque sea ella revolucionaria, sino porque en su seno mismo ha de mantenerse siendo algo que ninguna otra cosa puede ser. Porque su pregunta política es inherente a la verdad, no tanto a la circunstancia del régimen.

Cuando la tiranía se solapa con la fe, la caridad pierde su gracia: deja de ser virtud. Si la filosofía es cuestión profesional, la verdad puede pasar desapercibida. Puede así uno aceptar que, bajo el impulso eclesiástico, la Iglesia sea un gremio de la consciencia tiránica. Una cosa es que la fe tenga que llamar al hombre moderno a reconocer los peligros de vivir sin fe, y otra muy diferente el conformarse con acoplarse al modo moderno de entender el poder y, por ende, lo político. La Ley y la ley no pueden separarse para la fe. En eso consiste el aspecto político de la conversión. Si esa base no se sostiene, no hay manera de oponerse sinceramente a la tiranía, a la disolución de todo lo que el amor significa. La sabiduría teologal se relaciona con la filosofía en una empresa de compañía sin tregua. Por eso la profesionalización de una va de la mano con la trivialización de la otra. Sin reflexión sobre la tiranía, la revelación es fantasía; sin sabiduría justa, la filosofía no puede distinguirse de sofistería en todo grado.

Tacitus

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