El Panal (quinta parte)

Como sea, la comida en el Panal no es algo sobre lo que uno quisiera hablar. Más que por ser desagradable, la falta de una imagen para compartir, le impide a uno platicar a detalle lo que come. Bueno, a decir verdad, la mayoría de las veces, aún con la luz encendida, uno no sabe qué demonios está comiendo. En el panal nos sacan a comer una vez por día, no sé cómo decirlo, pero, eso de sacarnos es una exageración de mi parte, ya me explicaré después. Siempre encontramos comida en un rincón sobre lo que uno supondría que es el suelo. No nos dan platos, ni servilletas, ni siquiera un cochino cartón o un trozo de tela sobre la cuál poner nuestro alimento. En la oscuridad no es muy difícil encontrar nuestra ración, aunque muchas veces (si no es que todas) me he quedado con la impresión de que dejo algo por ahí tirado a la hora de volver. Eso quiero creer, aunque la verdad, es que nos sirven muy austeramente, no es que me queje, cuando he tenido la mala suerte de ver lo que me como, quisiera incluso, haber recibido menos de eso. Pero ni modo que no me lo coma, total, ni sé qué diantres es.

Decir salir, refiriéndose al Panal, es un uso muy amplio de la expresión. La verdad es que dudo que alguna vez uno pueda salir de aquí, hasta no cumplir su tiempo. Una vez al día se abre la cabecera, y se nos da un tiempo para cumplir tres necesidades básicas. Es este el único momento en el que podemos salir, y aunque pareciera un tanto extraño, no me emociona en lo más mínimo, y nunca lo ha hecho. Me cuesta trabajo explicar en qué consisten estas salidas, trataré de dar una explicación tan clara como me sea posible. Después de que se abren las cabeceras, nos es preciso salir de nuestro recinto, hablo en plural porque sé que no soy el único aquí, sé que hay por lo menos mil hombres y mujeres más, aunque no pueda oírlos. He temido, tanto en horas de ansiedad como en horas más calmas, que el mundo allá afuera haya terminado, o que simplemente se hayan olvidado de que estoy aquí. La interacción entre nosotros está prohibida, nunca nos vemos las caras ni cruzamos siquiera palabra, mucho menos miradas, ni llegamos a tocarnos o a chocar es por accidente. Estar en el Panal es literalmente encontrarse apartado de toda sociedad posible. En fin, a pesar de que no me emociona la salida diaria, debo admitir que me trae un poco de tranquilidad pensar que todavía se encuentra alguien controlando los mecanismos del lugar y que no se ha muerto o nos ha dejado, deliberadamente, encerrados a morir de hambre. Claro, siempre cabe la posibilidad de que este lugar se controle automáticamente a sí mismo y no haya necesidad de que ningún humano lo opere, salvo algún ingeniero que le de mantenimiento de vez en cuando. A veces he llegado a pensar que un lugar como este, tan eficiente y magnífico, requeriría de mantenimiento una vez cada cincuenta años, pero, por supuesto, no tengo manera de probarlo. Siendo prácticos no me ayuda en nada especular estas posibles situaciones, aunque la verdad, ayudan demasiado a pasar el tiempo, a matarlo, y a olvidarme de mi situación.

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