El Panal (séptima parte)

Yo temía los estornudos casi tanto como a ahogarme con mi propia saliva o vómito, me golpeaba la frente cada vez que en mí afloraban, sin embargo, la distancia entre el techo y mi cabeza era tan reducido que de haber querido matarme golpeando mi cabeza con el muro, hubiera tardado años, ya que era imposible conseguir fuerza suficiente en un espacio así. Temía a los estornudos, no por el dolor del golpe, sino por la incomodidad de no poder estornudar como Dios manda, como le molesta al sacerdote del oficio dominical; y porque ya con unos años encima, el carácter involuntario de cada estornudo removía las llagas de mi espalda de una manera muy poco placentera, cuando llegaba a reventarme más de una al mismo tiempo, era por culpa de los estornudos. Después de cierto tiempo comienzas a escuchar un zumbido, tal vez obra del silencio sepulcral que domina el lugar, pero ese zumbido dentro de tus orejas no te deja jamás, hay quienes comenzamos a gritar, yo pasé un año gritando, pero no sirvió de nada, el ruido no se fue y ahora en retrospectiva, me hace estremecer la idea de que alguien, al igual que yo hubiera pasado gritando la mayor parte del tiempo, porque, por supuesto, yo jamás escuché ruido alguno.

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