Breve ensayo anímico

Respira y deja entrar todo el humo en tus pulmones, cierra los ojos y disfruta ese momento de paz y después, sácalo lentamente dejando que se deslice por la comisura de tu boca, con estilo. Muy bien, eso es, ahora vuelve a fumar,pero en esta ocasión, fíjate cómo te ves si lo sacas de una bocanada, como si fuera lo más natural del mundo. Muy bien, tal vez así consigas tener más naturalidad a la hora de la fiesta. Sí, está decidido, te hace parecer de mayor edad. Muy bien, ahora ensayemos tu risa, queremos atrapar la atención de todas las nenas esta noche.

Con su cara a medio maquillar: la mitad de ella cobijada con una ligera capa de color blanco, además de un ojo coronado con ese macabro y emblemático símbolo que inmortalizó la prepotencia de Alex. Victor estaba listo para ser el alma de la fiesta. Llevaba al menos una hora mirándose frente al espejo del baño. Éste que descansaba sobre el lavabo y se recargaba contra la pared, era lo suficientemente grande como para reflejar al muchacho desde el ombligo hasta la cara, a pesar de ser solo una esquirla de lo que otrora fuese un lujoso espejo de la época de la revolución. Cuando estuvo completo, medía casi dos metros de alto, y uno de ancho. Lo conformaban un marco de hierro con motivos de Art Nouveau propios de la época, y pequeños grabados en la parte superior del cristal que daban una ligera remembranza al clásico ojo de Osiris que tanto gusta en nuestros tiempos. Sobre la pileta del lavamanos, hay un montón del manchas que el tiempo se ha encargado de tatuar con su tinta un tanto ocre, otro tanto cenicienta. Junto a las llaves se encuentran una tapa de mayonesa color rojo que hace la función de cenicero, un pequeño bote de maquillaje de payaso y un cubito de (hule espuma) engarzado a un alambre con el que Víctor acostumbra maquillarse. De no ser porque el aroma de los cigarrillos del muchacho es demasiado fuerte, el reducido espacio del cuarto de baño estaría inundado con ese asqueroso aroma dulzón del maquillaje que recuerda un poco a la manteca, y para estas alturas, ya sentiría la cabeza darle vueltas a causa de la poca ventilación. Víctor es delgado, más delgado que la mayoría de los chicos de su colegio, quienes vienen en dos presentaciones: o están muy gordos o tienen sus músculos bien definidos sin caer en lo grotesco. Es, además, demasiado alto para su edad, hay quien se burla de él por esta situación y lo llega a comparar con esos muñecos de hule que se yerguen afuera de las agencias de automóviles por el impulso de un ventilador. Su piel morena es cenicienta, seca y correosa, como si de caucho hubiera salido.

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