Testimonio de la carne

Testimonio de la carne

No existe, como tal, experiencia de la corporalidad. La única experiencia de lo corpóreo se da, quizá, en la relación con los objetos inanimados y los entes sin vida. Incluso en esa relación puede dudarse de que tengamos relación con cuerpos. Se habla siempre de cuerpo en un sentido general, como se habla del cuerpo humano, común a todo aquel que tenga forma de tal. Por eso la física no puede partir de la experiencia nada más (ninguna ciencia, de hecho, puede atribuírsele a la mera experiencia). Lo que reconocemos en el humano es algo atribuible tanto a lo general como al individuo. No vemos el reflejo de nuestro cuerpo en el espejo, sino nuestro reflejo.

En el otro reconocemos identidades mediante el rostro, los rasgos, el modo en que la herencia le permitió crecer. Por algo es mucho más fácil realizar descripciones con ese tipo de señas evidentes. Lo primero que vemos no es sino una parte. Y esa parte no es el cuerpo. Es el rostro, la talla, la complexión de alguien o algo. No experimentamos la corporalidad, sino aquello en lo que lo humano es. Así sucede con cualquier otro ser vivo. Ninguno de esos reconocimientos puede ser meramente corpóreo, porque los rasgos faciales y el color de piel no equivalen a la figura de las piedras; sin incluir a la palabra y a los actos, hay que notar que desde la primera impresión no vemos meramente cuerpos en lo vivo.

El cuerpo no es lo vivo, sino el ser. No quiere decir, de hecho, que no veamos materia, lo cual es absurdo. Pero no vemos sino la materia del hombre o del gato. Nunca materia independiente. No materia viva, sino vida en la materia. La visión de un cadáver es ilustrativa. La huida de la respiración y la palpitación, la tez convertida en mármol son hermanas de la imposibilidad del movimiento que caracteriza a lo vivo. La vida termina en corrupción, pero ella misma no es el período extendido de la corrupción. Nada vivo se pudre sino hasta su muerte. Lo que queda no es ya ser vivo sino la materia sin sostén. Y eso ya no es persona. No sé si ahí hay experiencia de corporalidad, porque si argumentáramos que el cuerpo es lo vivo, el cadáver no podría ser cuerpo.

Carne es, comúnmente, el alimento y recubrimiento de lo vivo. Nos abrimos la carne, no la piel ni el músculo, y mana sangre. No es nada corpóreo. Por eso comulgar no es sacralizar la antropofagia. El deseo carnal se llama así porque el placer que persigue no se realiza sin la unión. La carne y la sangre son señas de una humanidad en que nos unimos. Humanidad en que lo divino se humilla para que se logre la comunión. La carne y la sangre, alimento y bebida, polos de la vida en la tierra en la misma sustancia. Sustancia perentoria, pero viva. Eso que nos hace perentorios no es impedimento, en la visión de la carne, para comulgar tan alto. La carne no puede ser metáfora de la corporalidad, sino su negación. Negación que no indica otra cosa sino lo presente en el cambio que es la vida: humanidad que está de paso. Carne presente en el amado y en nuestro ser. Carne que encierra el misterio del amor.

Tacitus

 

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