Nobel #12 & 35

Nobel #12 & 35

 

They’ll stone ya and

then they’ll say, “good luck”

 

Lo más impresionante de la concesión del premio Nobel de literatura a Bob Dylan es la cantidad de defensores que tiene la literatura, por mucho superior al número de lectores. Ante la profanación de los lugares de lo culto, los cruzados han alzado la voz para rescatar a la literatura de un embate que no se llega a saber popular o populista. Dylan poeta es la plática en una biblioteca o la diversión en el museo. Bob Dylan es tan cercano a tanta gente que su premiación apremia a resguardar el arte en la lejanía. La popularidad del arte despoja del regusto de la exclusividad y la reserva, devalúa las membrías del esnobismo, frustra las promesas de la Ilustración. Porque la reacción contra el bardo premiado es un problema ilustrado. La Ilustración no aminora los ánimos de linchamiento, sino que los certifica con respaldo meritocrático. Los alegatos a favor y en contra del Nobel a Dylan son hijos de la Ilustración, productos del historicismo, falsificaciones de nuestra experiencia poética.

         Reconozco tres alegatos: dos en contra y uno a favor. En contra del reconocimiento a Dylan están los agoreros de la industria cultural. Ellos consideran que el reconocimiento público del escritor es una inclusión en el mecanismo de reproducción y consumo de los bienes culturales, que la premiación es la seducción al transgresor por un grupo de poder a fin de extender su dominación y subyugar la productividad del premiado. Dylan pasa, para estos hombres, del rebelde con guitarra de palo al ensombrerado que canta a Sinatra. Dylan pierde su potencial subversivo al tiempo que explora su potencial mercantil. No podrían estar más equivocados estos realistas de supermercado: Dylan es producto mercantil desde el primer día, y un producto del mercado tan defectuoso que no parece capaz de mantener su oferta, al extremo de consumirlo en un tour de force que engloba disimilitudes y altibajos inabarcables para cualquier consumidor. No extraña que sean estos críticos quienes creen que Dylan no es auténtico en el producto comercial que no les gusta. Consumen bajo protesta, pero consumen. Y sólo la cultura ilustrada es consumo.

         En contra del reconocimiento a Bob Dylan están los guardianes de la alta cultura. Refinados, seguramente no restan méritos al laureado, pero señalan oportunos que había más opciones verdaderamente literarias: el novelista olvidado de aquel país de Europa del Este, el poeta perseguido por el tiranuelo tal, el exclusivo y selecto escritor desconocido que es necesario difundir para bien de la cultura universal y la educación profesional. Emocionan tan nobles sentimientos. Son finos como las astillas y veleidosos como los adolescentes, orgullosos como los universitarios e interesados como los profesionales. Aunque en ocasiones me parece que confunden la cultura con el gourmet, las enciclopedias con los suplementos alimenticios y las comidas con la sección de sociales. Es cierto, cada premio deja fuera a los no-premiados, pero no sólo lo premiado está disponible: a veces es rico comer lo que no tiene etiquetas, reunirse en la fonda de la esquina o comer en un changarro para compartir la mesa con un desconocido. Quien sólo selecciona lo exótico está siempre fuera en cualquier lugar. Quien se limita a lo educativo por necesidad será siempre inculto. La Ilustración nació en un salón con espejos y murió en una sala con Power Point.

         A favor del reconocimiento a Bob Dylan están los folcloristas románticos, los jipis de camioneta y los chavorrucos de la protesta. Los folcloristas, hijos de Herder, consideran que el reconocimiento a Dylan es una ampliación del concepto de cultura que arranca el arte a los clasismos y lo distribuye al pueblo. Democratizadores del genio, les emociona más la evocación del orinal que la idea de Duchamp, la popularidad de Dylan que la obra de Dylan. Por su parte, los jipis de camioneta reciben el reconocimiento con la frescura de una buena nueva y la emoción de un pasado imaginado: su vida es frapuchino que les baja el calor y les permite dormir tranquilos por la noche. Dylan es para ellos una promesa cumplida, la confirmación de un ideal que reviven en el tiempo libre, pasatiempo verificado por la sociedad subestimada. Los chavorrucos de la protesta experimentan el reconocimiento como una reivindicación histórica: Dylan reconocido los representa, su Nobel es el de toda una generación… sus protestas amanecen en el horizonte de la institución, revolucionan desde dentro, le ganan al sistema con el sistema mismo… Reclaman a Dylan como propio, lo expropian por el bien común, lo privatizan para todos. Pero la genialidad de Bob Dylan ni se socializa ni se privatiza. Dylan se revisita.

         La Ilustración consideró que el arte dispensaba sus favores desde las alturas del genio, por lo que los no-artistas, la mera gente, debía esperar en los escalones inferiores el llamado a la altura del arte. Para la Ilustración el arte era una exquisitez paulatina, exclusividad gradual, disolución comunitaria para reconquistar lo uno desde uno mismo. Bob Dylan cantó sin guardar su lugar en la escalera. Después de Dylan la espera en la escalera se presentó con el desconcierto irónico de una piedra rodante, la esperanza se descubrió tocando a las puertas del cielo con un humor tan negro como la desesperanza pero alegre como el entusiasmo. Dylan creó las situaciones dylanescas, en su obra ha dado luz a la causticidad de la nostalgia posmoderna. Dylan ha visto claro que el mundo moderno asume el cambio como principio, al tiempo que entendió que las inconformidades contemporáneas tienen los pies bien puestos en el cambio para mirar recelosos y añorantes lo perdido; el recién galardonado con el Nobel de literatura nos enseña con su obra a reír de lo perdido sin confiar en lo ganado, pues cuando no se tiene nada, nada se tiene por perder. Ese es Dylan, esa es su poesía, esa la causticidad de la nostalgia subterránea y el mundo necesitaba a Bob Dylan para reconocerlo.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. El EZLN probará la vía electoral en 2018. Importantísimo anuncio. Hace 22 años parecía imposible la vía electoral para el movimiento armado. Hace 10 años dejaron clara su distancia de las urnas. Hace 4, finalmente, se aproximaron a la convocatoria del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Tras casi un cuarto de siglo el zapatismo podría tener representantes en las instituciones a través de un sano ejercicio democrático. Quizás es una buena entre la avalancha de malas. 2. Jesús Silva-Herzog Márquez advierte que el proyecto de Constitución de la Ciudad de México ignora los límites entre lo público y lo privado, diluye la diferencia entre el ciudadano y el individuo. 3. Las diferencias partidistas tienen precio y quizá no hay mejor ejemplo que el control político de los comerciantes informales en la delegación Cuauhtémoc, control que Héctor de Mauleón describe en un amplio panorama. 4. El INAI ha resuelto que la PGR debe dar a conocer el registro de los grupos terroristas identificados en México. Por una decisión del órgano de transparencia, el Cisen señala que en lo que va del año se reconocen 29 ataques de grupos terroristas en el país. 5. En abril de 2015 comenté que el yoga se hacía obligatorio por ley en California. Sigo creyendo que es la oficialización del neopaganismo, que es la obligatoriedad de la religión contemporánea disfrazada de cuidado de la salud. La tendencia llega a México como propuesta de una legisladora de Morena.

Coletilla. Ha dicho Joaquín Sabina que el Nobel a Bob Dylan es una noticia feliz. Añade que si se quiere dar el Cervantes a un músico español, él ya tiene un candidato: Joan Manuel Serrat. Sea.

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