A Hurtadillas (primera parte)

Hace ya algún tiempo leí a un loco que aseguraba que si uno miraba fijamente en dirección al abismo, éste lo miraría del mismo modo a uno. Ustedes que están escuchando mi historia, podrán decir que es culpa de la adrenalina del momento. La verdad, todavía ni yo mismo me explico por qué estaba pensando que no era cierto que el abismo le devuelve a uno la mirada; esa certeza no me abandonó durante todo el tiempo en que observaba fijamente al fondo del cañón de la mágnum que apuntaba a mi ojo derecho. Debo admitir que no había mucho qué hacer en aquella situación: lo que debí haber corrido, lo había avanzado ya con la máxima velocidad que mis piernas me permitieron; a pesar de todo mi esfuerzo, velocidad, pericia y suerte, tres policías me rodeaban apuntando a mi cabeza con sus armas. No había escapatoria: además de lo evidente, las cámaras de seguridad del anden lograron grabar mi rostro en el momento en el que me levanté del suelo, ya saben, cuando intenté sin éxito abordar el tren dando un salto desesperado (a veces pienso que ni siquiera un medallista olímpico lo hubiera logrado). El trió de guardianes de la ley llegó después. Rápidamente me circundaron (como recomienda el manual que se haga), y desenfundaron sus pistolas; mismas que un par de veces pude sentir presionando mi sien. No se cansaban de decir que entregara el maletín o me matarían, repetían una y otra vez que no estaban jugando. Hasta que el guardia detrás de la mágnum comenzó la cuenta regresiva: tres. Otro decía que dispararía ya, —dos, gritó el primero—  que era una tontería contar. Cuando llegó el uno, yo simplemente sonreí, y … bueno, ya saben cómo terminó aquella penosa situación.

— ¿Y no te dio miedo?
— ¿Por qué habría de darme, qué nunca los han encañonado a ustedes?

Tal vez usted que acaba de llegar a este selecto círculo, esté en desacuerdo conmigo; pero yo creo que los hombres nacen para realizar un tipo de trabajo y solamente pueden desarrollarse plenamente como humanos al llevarlo a cabo (logrando así alcanzar la felicidad). Llevo ya un tiempo considerable pensando en ésto y me resulta evidente que un panadero o un sastre podrían vivir muy alegremente si descubren que ésa es su vocación a tiempo; los desdichados somos nosotros, los que nacimos para la guerra en tiempos de paz. He pensado también, en mi tiempo libre, que los trabajos de los hombres se unen y se distinguen en la misma cosa: el movimiento. Todos los trabajos consisten en mover algo: el panadero mueve harina y hace pan; el sastre pone en movimiento las telas con su variedad de texturas y colores; el escritor hace danzar al pensamiento y el sacerdote apacigua las tormentas en el alma. Todos y cada uno de los trabajos que el hombre realiza consisten en mover a voluntad una cosa. El mío, por ejemplo, consiste en mover lo inamovible.

— ¿Está usted de acuerdo conmigo?
— La verdad, no.

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