La Siega

—¡Vieja, anoche soñé que sembraba uñas!

—¿¡Qué!? Te dije que no cenaras tanto antes de dormir, pero tú no entiendes, viejo, ni vas a entender hasta que una de tus pesadillas te mate de susto.

—Sí, sí, bien sabes que eso no va a pasar. ¿Ya está el desayuno?, amanecí con harta hambre después de sembrar tanto anoche. Vieras, vieja, cuánta tierra teníamos en mi sueño. Me levantaba yo bien temprano para comenzar a tirar las uñas, hasta me apuraba porque sabía que el día entero no me iba a alcanzar para recorrer todo el campo de ida y de venida, ya estaba pensando en cómo convencerte de que había sembrado todo el día y no me había ido a jugar dominó con don Rogelio.

— ¡Ándale, vente a sentar que se te va a enfriar la carne, acá me cuentas!

—Yo sigo pensando de dónde voy a sacar tantas uñas.

—¿Y para qué quieres uñas, viejo? Tú y tus ocurrencias te van a terminar por matar de un susto. Como esa vez que quisiste poner antorchas en toda la cerca del campo para que no se acercaran los coyotes. No me hiciste caso y ya ves, los coyotes se metieron de todos modos.

— ¡Es que eran muchas, vieja, muchas de verdad! Tenía un bote grandote, como dos veces más grande que donde guardo los ojos de los becerros, y todo él estaba lleno hasta el tope de uñas, bien blanquitas y bien recortadas, hasta parecía que eran miles de larvas azucaradas. Yo me tropezaba con el bote cuando pasaba frente al altar, estaba allí en el suelo junto a las hoces, como si alguien lo hubiera dejado de ofrenda a nuestra Señora. No me caía pero soltaba una blasfemia que se oía hasta nuestro cuarto, porque yo alcanzaba a escuchar cómo me decías que no gritara esas cosas, con esa voz que tienes cuando te acabas de despertar. Bueno, yo no te hacía mucho caso y abría la puerta para encontrarme con que nuestro campo había crecido hasta ser como diez veces más grande que ahora. —¡Nada más me diste por mi lado, siempre haces lo mismo, yo no sé ni por qué me esfuerzo en corregir tus modales! —¡Espérate, vieja, ahí viene lo bueno! ¿Ya no queda más carne? —Sí, ¿te sirvo? —Sí, por favor. Cuando salí al campo, el sol seguía dormido todavía y aunque yo no lo escuchaba, yo sabía que el gallo ya había cantado, porque él me había despertado. Fue entonces que destapé el bote, y las vi por primera vez, brillaban poquito con la luz de la luna y yo sabía lo que tenía qué hacer, ¿sabes?, jamás se me hubiera ocurrido sembrar uñas hasta el día de hoy, bueno, hasta que tuve este sueño.

Yo no iba a revisar las gallinas, tampoco a los becerros, en cuanto salía de la casa me dirigía al campo. Metía la mano en el bote y sentía cómo las uñas me picaban la carne, como si me comieran pedacitos muy pequeños sin que me doliera mucho. Luego sacaba un puñado y las aventaba al suelo con mucha fuerza para que se esparcieran lo más posible. Así continuaba, daba dos pasos y volvía a arrojarlas al suelo. Cuando me daba cuenta, ya había cubierto tanta tierra como tenemos ahora, y sabía perfectamente que no iba a terminar pronto. Me detuve por un momento para ver si faltaba mucho para amanecer. La luna ya no se veía y el cielo comenzaba a clarear lo suficiente como para ver todas las uñas que había regado. Se veían como esa vez que el coyote desenterró a tu tío, ¿te acuerdas? —¿A Memo? — ¡No, vieja, a Domingo! La vez que llegamos y solo encontramos regadas sus uñas, ¡acuérdate, hasta te dije que parecía que al suelo le estaban saliendo escamas! ¿Ya recordaste? — Sí, ya, a ese condenado coyote no lo atrapamos jamás. —Así se veía, solo que en todo el campo, ¡hasta me sentía orgulloso!, pensaba que si no crecía nada, al menos podría adornar el campo así para que se viera bonito en las fiestas de nuestra Señora. — Oye, viejo, ¿y qué ibas a cosechar?

—¡Eso es precisamente lo que llevo pensando desde que pelé el ojo! La verdad es que mi sueño no llegaba hasta allá. Yo sabía que con ayuda de nuestra Santa Patrona la cosecha iba a ser bien abundante, pero nunca supe qué cosas recogeríamos a la mera hora. He estado pensando que quiero sembrar uñas para ver qué sale de la tierra, ¿te imaginas? a lo mejor salen cosas como papas o camotes; incluso he pensado en que podrían salir arbustos con frutos rosados bien tupidos sobre sus ramas verdes; si se dan árboles, tal vez le cuelguen pencas como las de los plátanos solo que color mamey y menos alargados. No sé, vieja, me emociona pensar en qué podría salir. Una vez que terminaba de sembrar todo mi bote, regresaba a casa, y yo me alegraba de que no hubiera amanecido todavía porque así no tenía que darte explicaciones de dónde había estado todo el día. Como era temprano, aprovechaba para ir a ordeñar a la vaca, solo que en esa ocasión nos daba leche para llenar dos barriles. No me preguntes por qué, pero yo estaba seguro de que debía regar con ella el campo. Lo que pensaba en ese momento era que la tierra necesitaba los nutrientes de la leche y que así como a un bebé se le da para que crezca fuerte, así se la debía de dar a mi siembra para que nos diera buenos frutos. Por eso era que yo regresaba con mi cubeta y con una palangana para regar el campo siguiendo los mismos pasos que hice a la hora de sembrar. —Oye, viejo, ¿y si no salían plantas? —¡Eso mismo se me ocurrió, estaba a punto de contártelo! Se me ocurrió que tal vez, y solo tal vez, con ayuda de la leche y el cuidado maternal que le tengo a mis parcelas, podían llegar a crecer de cada uña, un dedito, y éste creciera suficiente como para ver la luz del sol y para soportar una palma muy pequeña, tan pequeña que en lugar de hueso tendría cartílago. ¿Te imaginas? Podríamos venderlas en un vaso con harto limón y chile piquín.   —¿Como el señor que vino el otro día vendiendo patas de pollo? —¡Justo en él estaba pensando!, también las podríamos picar en trozos pequeños, y venderlas como esquites, ¿a poco no se te hace agua la boca? Bueno, fue en el mismo instante en que pensé que eso podía pasar, que decidí contarte mi sueño. Ahora solo falta ver de dónde voy a sacar tantas uñas. Primero voy a vaciar los ojos del bote y a lavarlo bien para que quede tan limpio como lo soñé, luego voy a salir a arar la tierra hoy y mañana. ¡Tú mientras invita a cenar a Rogelio y a su mujer, cuando terminemos todos de comer, les contamos, verás que hasta nos regalan las uñas de sus hijos! También pienso que debería ir al pueblo, seguramente encontraré a mucha gente que no le importe que me quede con sus uñas si se las corto, incluso habrá uno que otro que acceda a vendérmelas. Y si después de hacer todo eso no logro llenar el bote, voy a tener que desenterrar a tus tíos y a mi papá, ya ves que dicen que a los muertos no les dejan de crecer las uñas, con tantos años que llevan difuntos, seguramente hasta nos sobrarán. ¿¡Qué te parece la idea, vieja!?—¡Yo pensé que jamás me ponías atención! Siempre te ando diciendo que tus sueños se pueden hacer realidad, y no pudiste haber escogido un mejor momento para comenzar a realizarlos. Anda, ve a arar la tierra, yo buscaré las palas y lavaré el bote. Después, cuando vuelvas, puedes comenzar a recortar mis uñas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s