Gazmoñerismo Dylanesco

Y medio siglo después, en la sala de conciertos de Estocolmo, resuenan los ecos de «¡Judas!», mientras los nobles intelectuales se cuegan de las ramas del amor.

Gazmogno

A Hurtadillas (primera parte)

Hace ya algún tiempo leí a un loco que aseguraba que si uno miraba fijamente en dirección al abismo, éste lo miraría del mismo modo a uno. Ustedes que están escuchando mi historia, podrán decir que es culpa de la adrenalina del momento. La verdad, todavía ni yo mismo me explico por qué estaba pensando que no era cierto que el abismo le devuelve a uno la mirada; esa certeza no me abandonó durante todo el tiempo en que observaba fijamente al fondo del cañón de la mágnum que apuntaba a mi ojo derecho. Debo admitir que no había mucho qué hacer en aquella situación: lo que debí haber corrido, lo había avanzado ya con la máxima velocidad que mis piernas me permitieron; a pesar de todo mi esfuerzo, velocidad, pericia y suerte, tres policías me rodeaban apuntando a mi cabeza con sus armas. No había escapatoria: además de lo evidente, las cámaras de seguridad del anden lograron grabar mi rostro en el momento en el que me levanté del suelo, ya saben, cuando intenté sin éxito abordar el tren dando un salto desesperado (a veces pienso que ni siquiera un medallista olímpico lo hubiera logrado). El trió de guardianes de la ley llegó después. Rápidamente me circundaron (como recomienda el manual que se haga), y desenfundaron sus pistolas; mismas que un par de veces pude sentir presionando mi sien. No se cansaban de decir que entregara el maletín o me matarían, repetían una y otra vez que no estaban jugando. Hasta que el guardia detrás de la mágnum comenzó la cuenta regresiva: tres. Otro decía que dispararía ya, —dos, gritó el primero—  que era una tontería contar. Cuando llegó el uno, yo simplemente sonreí, y … bueno, ya saben cómo terminó aquella penosa situación.

— ¿Y no te dio miedo?
— ¿Por qué habría de darme, qué nunca los han encañonado a ustedes?

Tal vez usted que acaba de llegar a este selecto círculo, esté en desacuerdo conmigo; pero yo creo que los hombres nacen para realizar un tipo de trabajo y solamente pueden desarrollarse plenamente como humanos al llevarlo a cabo (logrando así alcanzar la felicidad). Llevo ya un tiempo considerable pensando en ésto y me resulta evidente que un panadero o un sastre podrían vivir muy alegremente si descubren que ésa es su vocación a tiempo; los desdichados somos nosotros, los que nacimos para la guerra en tiempos de paz. He pensado también, en mi tiempo libre, que los trabajos de los hombres se unen y se distinguen en la misma cosa: el movimiento. Todos los trabajos consisten en mover algo: el panadero mueve harina y hace pan; el sastre pone en movimiento las telas con su variedad de texturas y colores; el escritor hace danzar al pensamiento y el sacerdote apacigua las tormentas en el alma. Todos y cada uno de los trabajos que el hombre realiza consisten en mover a voluntad una cosa. El mío, por ejemplo, consiste en mover lo inamovible.

— ¿Está usted de acuerdo conmigo?
— La verdad, no.

Nobel #12 & 35

Nobel #12 & 35

 

They’ll stone ya and

then they’ll say, “good luck”

 

Lo más impresionante de la concesión del premio Nobel de literatura a Bob Dylan es la cantidad de defensores que tiene la literatura, por mucho superior al número de lectores. Ante la profanación de los lugares de lo culto, los cruzados han alzado la voz para rescatar a la literatura de un embate que no se llega a saber popular o populista. Dylan poeta es la plática en una biblioteca o la diversión en el museo. Bob Dylan es tan cercano a tanta gente que su premiación apremia a resguardar el arte en la lejanía. La popularidad del arte despoja del regusto de la exclusividad y la reserva, devalúa las membrías del esnobismo, frustra las promesas de la Ilustración. Porque la reacción contra el bardo premiado es un problema ilustrado. La Ilustración no aminora los ánimos de linchamiento, sino que los certifica con respaldo meritocrático. Los alegatos a favor y en contra del Nobel a Dylan son hijos de la Ilustración, productos del historicismo, falsificaciones de nuestra experiencia poética.

         Reconozco tres alegatos: dos en contra y uno a favor. En contra del reconocimiento a Dylan están los agoreros de la industria cultural. Ellos consideran que el reconocimiento público del escritor es una inclusión en el mecanismo de reproducción y consumo de los bienes culturales, que la premiación es la seducción al transgresor por un grupo de poder a fin de extender su dominación y subyugar la productividad del premiado. Dylan pasa, para estos hombres, del rebelde con guitarra de palo al ensombrerado que canta a Sinatra. Dylan pierde su potencial subversivo al tiempo que explora su potencial mercantil. No podrían estar más equivocados estos realistas de supermercado: Dylan es producto mercantil desde el primer día, y un producto del mercado tan defectuoso que no parece capaz de mantener su oferta, al extremo de consumirlo en un tour de force que engloba disimilitudes y altibajos inabarcables para cualquier consumidor. No extraña que sean estos críticos quienes creen que Dylan no es auténtico en el producto comercial que no les gusta. Consumen bajo protesta, pero consumen. Y sólo la cultura ilustrada es consumo.

         En contra del reconocimiento a Bob Dylan están los guardianes de la alta cultura. Refinados, seguramente no restan méritos al laureado, pero señalan oportunos que había más opciones verdaderamente literarias: el novelista olvidado de aquel país de Europa del Este, el poeta perseguido por el tiranuelo tal, el exclusivo y selecto escritor desconocido que es necesario difundir para bien de la cultura universal y la educación profesional. Emocionan tan nobles sentimientos. Son finos como las astillas y veleidosos como los adolescentes, orgullosos como los universitarios e interesados como los profesionales. Aunque en ocasiones me parece que confunden la cultura con el gourmet, las enciclopedias con los suplementos alimenticios y las comidas con la sección de sociales. Es cierto, cada premio deja fuera a los no-premiados, pero no sólo lo premiado está disponible: a veces es rico comer lo que no tiene etiquetas, reunirse en la fonda de la esquina o comer en un changarro para compartir la mesa con un desconocido. Quien sólo selecciona lo exótico está siempre fuera en cualquier lugar. Quien se limita a lo educativo por necesidad será siempre inculto. La Ilustración nació en un salón con espejos y murió en una sala con Power Point.

         A favor del reconocimiento a Bob Dylan están los folcloristas románticos, los jipis de camioneta y los chavorrucos de la protesta. Los folcloristas, hijos de Herder, consideran que el reconocimiento a Dylan es una ampliación del concepto de cultura que arranca el arte a los clasismos y lo distribuye al pueblo. Democratizadores del genio, les emociona más la evocación del orinal que la idea de Duchamp, la popularidad de Dylan que la obra de Dylan. Por su parte, los jipis de camioneta reciben el reconocimiento con la frescura de una buena nueva y la emoción de un pasado imaginado: su vida es frapuchino que les baja el calor y les permite dormir tranquilos por la noche. Dylan es para ellos una promesa cumplida, la confirmación de un ideal que reviven en el tiempo libre, pasatiempo verificado por la sociedad subestimada. Los chavorrucos de la protesta experimentan el reconocimiento como una reivindicación histórica: Dylan reconocido los representa, su Nobel es el de toda una generación… sus protestas amanecen en el horizonte de la institución, revolucionan desde dentro, le ganan al sistema con el sistema mismo… Reclaman a Dylan como propio, lo expropian por el bien común, lo privatizan para todos. Pero la genialidad de Bob Dylan ni se socializa ni se privatiza. Dylan se revisita.

         La Ilustración consideró que el arte dispensaba sus favores desde las alturas del genio, por lo que los no-artistas, la mera gente, debía esperar en los escalones inferiores el llamado a la altura del arte. Para la Ilustración el arte era una exquisitez paulatina, exclusividad gradual, disolución comunitaria para reconquistar lo uno desde uno mismo. Bob Dylan cantó sin guardar su lugar en la escalera. Después de Dylan la espera en la escalera se presentó con el desconcierto irónico de una piedra rodante, la esperanza se descubrió tocando a las puertas del cielo con un humor tan negro como la desesperanza pero alegre como el entusiasmo. Dylan creó las situaciones dylanescas, en su obra ha dado luz a la causticidad de la nostalgia posmoderna. Dylan ha visto claro que el mundo moderno asume el cambio como principio, al tiempo que entendió que las inconformidades contemporáneas tienen los pies bien puestos en el cambio para mirar recelosos y añorantes lo perdido; el recién galardonado con el Nobel de literatura nos enseña con su obra a reír de lo perdido sin confiar en lo ganado, pues cuando no se tiene nada, nada se tiene por perder. Ese es Dylan, esa es su poesía, esa la causticidad de la nostalgia subterránea y el mundo necesitaba a Bob Dylan para reconocerlo.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. El EZLN probará la vía electoral en 2018. Importantísimo anuncio. Hace 22 años parecía imposible la vía electoral para el movimiento armado. Hace 10 años dejaron clara su distancia de las urnas. Hace 4, finalmente, se aproximaron a la convocatoria del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Tras casi un cuarto de siglo el zapatismo podría tener representantes en las instituciones a través de un sano ejercicio democrático. Quizás es una buena entre la avalancha de malas. 2. Jesús Silva-Herzog Márquez advierte que el proyecto de Constitución de la Ciudad de México ignora los límites entre lo público y lo privado, diluye la diferencia entre el ciudadano y el individuo. 3. Las diferencias partidistas tienen precio y quizá no hay mejor ejemplo que el control político de los comerciantes informales en la delegación Cuauhtémoc, control que Héctor de Mauleón describe en un amplio panorama. 4. El INAI ha resuelto que la PGR debe dar a conocer el registro de los grupos terroristas identificados en México. Por una decisión del órgano de transparencia, el Cisen señala que en lo que va del año se reconocen 29 ataques de grupos terroristas en el país. 5. En abril de 2015 comenté que el yoga se hacía obligatorio por ley en California. Sigo creyendo que es la oficialización del neopaganismo, que es la obligatoriedad de la religión contemporánea disfrazada de cuidado de la salud. La tendencia llega a México como propuesta de una legisladora de Morena.

Coletilla. Ha dicho Joaquín Sabina que el Nobel a Bob Dylan es una noticia feliz. Añade que si se quiere dar el Cervantes a un músico español, él ya tiene un candidato: Joan Manuel Serrat. Sea.

Testimonio de la carne

Testimonio de la carne

No existe, como tal, experiencia de la corporalidad. La única experiencia de lo corpóreo se da, quizá, en la relación con los objetos inanimados y los entes sin vida. Incluso en esa relación puede dudarse de que tengamos relación con cuerpos. Se habla siempre de cuerpo en un sentido general, como se habla del cuerpo humano, común a todo aquel que tenga forma de tal. Por eso la física no puede partir de la experiencia nada más (ninguna ciencia, de hecho, puede atribuírsele a la mera experiencia). Lo que reconocemos en el humano es algo atribuible tanto a lo general como al individuo. No vemos el reflejo de nuestro cuerpo en el espejo, sino nuestro reflejo.

En el otro reconocemos identidades mediante el rostro, los rasgos, el modo en que la herencia le permitió crecer. Por algo es mucho más fácil realizar descripciones con ese tipo de señas evidentes. Lo primero que vemos no es sino una parte. Y esa parte no es el cuerpo. Es el rostro, la talla, la complexión de alguien o algo. No experimentamos la corporalidad, sino aquello en lo que lo humano es. Así sucede con cualquier otro ser vivo. Ninguno de esos reconocimientos puede ser meramente corpóreo, porque los rasgos faciales y el color de piel no equivalen a la figura de las piedras; sin incluir a la palabra y a los actos, hay que notar que desde la primera impresión no vemos meramente cuerpos en lo vivo.

El cuerpo no es lo vivo, sino el ser. No quiere decir, de hecho, que no veamos materia, lo cual es absurdo. Pero no vemos sino la materia del hombre o del gato. Nunca materia independiente. No materia viva, sino vida en la materia. La visión de un cadáver es ilustrativa. La huida de la respiración y la palpitación, la tez convertida en mármol son hermanas de la imposibilidad del movimiento que caracteriza a lo vivo. La vida termina en corrupción, pero ella misma no es el período extendido de la corrupción. Nada vivo se pudre sino hasta su muerte. Lo que queda no es ya ser vivo sino la materia sin sostén. Y eso ya no es persona. No sé si ahí hay experiencia de corporalidad, porque si argumentáramos que el cuerpo es lo vivo, el cadáver no podría ser cuerpo.

Carne es, comúnmente, el alimento y recubrimiento de lo vivo. Nos abrimos la carne, no la piel ni el músculo, y mana sangre. No es nada corpóreo. Por eso comulgar no es sacralizar la antropofagia. El deseo carnal se llama así porque el placer que persigue no se realiza sin la unión. La carne y la sangre son señas de una humanidad en que nos unimos. Humanidad en que lo divino se humilla para que se logre la comunión. La carne y la sangre, alimento y bebida, polos de la vida en la tierra en la misma sustancia. Sustancia perentoria, pero viva. Eso que nos hace perentorios no es impedimento, en la visión de la carne, para comulgar tan alto. La carne no puede ser metáfora de la corporalidad, sino su negación. Negación que no indica otra cosa sino lo presente en el cambio que es la vida: humanidad que está de paso. Carne presente en el amado y en nuestro ser. Carne que encierra el misterio del amor.

Tacitus

 

Lo que es un corazón rebelde

Lo que es un corazón rebelde

La rebeldía no nace de otro lugar sino de la experiencia amarga de la injusticia. El rebelde no nace sin causa ni propósito alguno, su origen está en el incumplimiento de la justicia; su deseo que rebulle ahora en su pecho, lo conduce necesariamente a encontrar lo que se ha perdido,  a buscar el modo de resarcir el daño. El rebelde no es un anarquista, ya que su deseo lo lleva a restaurar el orden que sólo la justicia puede dar. El rebelde es hijo de su tiempo, puesto que en él reconoce los daños causados ahora, pero es ajeno a su destino, ya que la justicia que busca instaurar, es una justicia duradera y que viene desde siempre y para todos.

La rebeldía sólo puede darse en el hombre si es que éste reconoce que la injusticia no puede tener cabida en un mundo donde todo es bueno. Cuando la injusticia impera en el pensamiento de los hombres, cuando ésta lo inunda todo como en el diluvio inminente, ya no hay rebeldía, pues no se cree ni espera nada justo, aquí, el sentimiento de justicia hace mucho que murió ahogado. Los ahogados que intentan desde lo profundo acabar con todo, pero sin creer en la justicia, sólo son agitadores del agua. Véase cómo van agitando los  brazos, incitando a que los muertos hagan estragos dentro de su tumba de agua; véase como no llegan a ningún lugar, pues no creen en nada (y los muertos no pueden acompañarse), cuando llegan, lo destruyen. ‘¡Que todo perezca!’, gritan ellos, y se ahogan más. La muerte y la destrucción no son rebeldía, ellas buscan la nada.

Sólo el deseo fogoso por la justicia, en momentos de injusticia, puede hacernos libres o rebeldes, valga la redundancia. Pero el reconocimiento de la injusticia es peligroso si acaso no se cuenta con el consejo discreto de un buen amigo o maestro, ya que puede hundirnos en una terrible amargura, llegando ésta inclusive hasta el odio por todo y todos. La amargura de la injusticia en soledad es peligrosa. Quizás por eso el deseo de justicia y felicidad son bienes comunes, como dijo Aristóteles, ya que únicamente en el hombre podemos encontrar el mismo deseo de justicia y vivir en paz, cuando buscamos en comunidad el bien común.

Ojalá que en la injusticia todos seamos rebeldes, amigos y justos.

Javel

Reforma

Los enojos hacen revoluciones que muchas veces sirven para que todo siga igual.

Maigo

Iniciativas revolucionarias

Un político mexicano, en días recientes, nos sorprendió. No hablo de aquellas sorpresas por corrupción, que más nos indignan de lo que nos sorprenden; tampoco me refiero a declaraciones absurdas, usadas en un caso de desesperación extrema para distraer efímeramente de lo verdaderamente grave. Hablo de aquel senador que propuso una iniciativa para que se les permitiera a los automovilistas o patrones de un changarro portar armas para poder defenderse en caso de peligro. Cuando leí la noticia comencé a reír, pero por algún motivo mi risa no se elevó al nivel de una estruendosa y alegre carcajada. La iniciativa, por poco que la haya pensado el senador, da una respuesta práctica al miedo, impotencia y disgusto que provocan los asaltos. Me imagino que a los conductores que acaban de ser robados en periférico (no establezco fechas, pues ahora mismo, en ese lugar, pueden estar asaltando) la propuesta les parece razonable y justa. Pero como toda iniciativa que involucra directamente el actuar de los ciudadanos, da lugar a que supongamos que el actuar político y judicial ha quedado rebasado por el crimen. A esto le podemos encimar lo fácil que será para los conductores o patrones irascibles desenfundar su arma como modo de aliviar su tensión; lo cual haría que la iniciativa, contrario a como se podría pensar en un primer momento, les diera más trabajo a los policías. ¿No es el colmo de la irresponsabilidad aventarle la responsabilidad de impartir justicia a los ciudadanos?

Pero los políticos interesados en la iniciativa, seres acostumbrados a idear agudos y entramados planes, podrían replicar, quizá no refutar, a todas las objeciones previamente planteadas. Me imagino que podrían decir algo así: “Estimado ciudadano Yaddir. Los interesados en la legítima defensa de los conductores y propietarios de inmuebles laborales hemos leído atentamente, punto por punto, sus objeciones a la iniciativa recientemente planteada por el honorable Senador… A lo cual le contestamos: la iniciativa tiene como finalidad apoyar a los organismos responsables de la seguridad de todos los ciudadanos. De ningún modo el crimen organizado ha superado a las fuerzas del Estado. Toda iniciativa, una vez emitida, debe seguir un riguroso protocolo donde sufrirá modificaciones que garanticen su óptima ejecución. Esto se puede señalar mejor si se compara la iniciativa con la licencia que permite la portación legal de armas en las viviendas, donde antes de otorgar el permiso, el solicitante debe comprobar que su estado de salud mental es el adecuado, así como que no tenga antecedentes penales que lo relacionen con la portación de armas de manera ilegal, entre otros requisitos. Por todos los señalamientos anteriores queda claro, estimado ciudadano Yaddir, que la iniciativa  y sus promotores se preocupan por los ciudadanos. Que tenga una excelente tarde…”

Supongo que los políticos usarían más términos formales y señalarían apartados de códigos y de leyes para reforzar su argumentación. Aunque lo hicieran, lejos estarían de poder garantizar la seguridad de los usuarios de las armas y de las víctimas, tanto criminales, sospechosos o inocentes. Una iniciativa así sólo garantiza menor respeto a los oficiales que sean considerados como corruptos y a sus pares en la política.

Yaddir