El abrazo del fin

El abrazo del fin

El amor, lo dice la literatura, tiene pacto con la muerte. Pero también sirve a la verdad y se convierte en espada que corta el aire de las circunstancias por medio del ingenio. El destino disuelve al amor en pos de lo inevitable: amar es una sonrisa fugaz y dulce, pero vana y terrible. La tragedia habla de los peligros del deseo: nos consume en el roce, nos queda sólo el saber de lo irrevocable. La tragedia de lo romántico: caminamos sin venda alguna hacia la muerte, movidos y tironeados por lo bello. La felicidad es el invento moderno más burgués en torno a la pasión. El laberíntico trazo del amor propio, azote del deseo.

El ingenio vencedor no puede ser tema de la tragedia, porque para ella no habrá ingenio que valga ante el risco de la prohibición. El amante dispuesto a morir puede fingir su muerte a los ojos de todos. Muestra el ingenio no sólo el deseo de placer, porque, como insinuaba Sócrates en su palinodia ante Fedro, no existe tal cosa si no se está en presencia del que se ama. La muerte tiene más de una cara. Por eso los materialistas se ufanan de haber anestesiado el miedo que a todos persigue ante el fin. Nadie puede burlarla, pero sí jugar con ella. El temerario se burla, el valiente no le huye pero tampoco la persigue. El ingenio sirve al amor con calidez, mostrando que el deseo es imposible sin la inteligencia. La comedia prefiere al ingenio vencedor porque nada como éste para mostrar el espejo en que lo risible y lo absurdo se funden. El ingenio de los amantes vence en roces con la muerte, burlando al mentecato. Dos lenguas hermanas del fuego que se enciende en el amar.

Si el amor se enciende por lo bello, también vive por lo bueno. Tal vez por eso se ha dicho por mucho tiempo que pocos pasos hay del amor al odio. La pasión es voluble en la mayor parte de sus manifestaciones. ¿Cómo puede haber amor a la verdad o a Dios si el amor surge en este mundo de pasiones y carne? Creo que la pregunta es errónea en general. Porque el deseo de lo mejor no es ajeno al mundo, pero sí distinto de lo común. Ni ese amor a la verdad está libre de que se hable de ese pacto con la muerte. Podría ser que el sacrificio fuera interpretado así en el caso de la cruz. La pasión es muestra de la vida en la carne, sacrificio que elevó el sentido de lo vivo.

¿Será que el sentido de los mejores amores es siempre trágico en algún sentido? La tragedia cristiana limpia del paganismo del destino. La muerte no es el destino necesario del saber, además de que la verdad es un placer para el que la muerte no es tragedia necesaria. No es epicureísmo, es amor; esa es diferencia que vale la pena señalar. Sobre todo en tiempos en que el ateísmo y la ignorancia dejan de ser problemas a pensar. No, el ateísmo no es un problema meramente moral. He ahí nuestro conflicto. El toque de la muerte que no es romántico enseña que la pasión puede ser martirio en un sentido diferente al estallido de una tensión. El amor no se puede entender con la medida del fracaso.

 

 

Tacitus

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