La resurrección como verdad

La resurrección como verdad

No sé si sea un equívoco. La medicina y todo conocimiento de lo natural nos obligan a dudar de que la cura de los leprosos y de los ciegos sea algo que pueda creerse sin caer en la ingenuidad. La reacción de la mayoría ante la palabra milagro, ante la lectura de un hecho milagroso es la perplejidad. De ahí que se considere como un salto a los poderes de lo natural. Una muestra de que la prueba de la religión no proviene de este mundo. Como la resurrección, el lector que quiere ser prudente se orilla a interpretar la palabra con un tono alegórico de lo que significa la misericordia. Como la resurrección, no las creemos más que como dogmatismo en torno al valor de la creencia o como expresión de lo hermético. Casi nunca se piensa que, por más hermético que pueda llegar a parecernos el caso del milagro, en verdad tenga que ser creído, como la resurrección, pues, como señala San Pablo, no existe el cristianismo sin la verdad de la resurrección.

Si se basa en la resurrección, el milagro como prueba es algo que prueba sus limitaciones para todo lector escéptico: el drama de Tomás. Los ojos no dan crédito a lo nunca antes visto. El escepticismo se perpetúa si creemos que eso es algo que todos hemos de ver alguna vez. No hay regreso de la muerte: la materia es corruptible. Ahí entra el dogmatismo en una pugna intelectual y de voluntades: las ideas modernas en torno a la inmortalidad del alma se contagian de orientalismo, maniqueísmo y nihilismo. Ninguna de esas sirve para abordar la fe, por lo que ninguna de ellas sirve para hablar sensatamente de la resurrección: en el fondo se considera como una convicción personal. Eso no es religión. Renuncia a la razón a la que apela el apóstol cuando intercede por la resurrección como pilar para la existencia y verdad del cristianismo. Se trata, en el mejor de los casos, de la fe de la que hablaba Tolstói al confesársele a su lector, partícipe de la queja en medio del silencio.

Como alegoría producto del hermetismo evangélico es sólo una hipótesis de un prejuicio hermenéutico. No es problema del hermetismo, sino del lector que sitúa al cristianismo como un problema que, en su mayor parte, es hermenéutico, cuando la hermenéutica necesaria para el Evangelio no separa de manera moderna los actos del lógos como verbo, vistos en la encarnación y en la Trinidad. La labor de una exégesis es aclarar pedagógicamente el sentido que al descuido escapa, sin trivializar la educación, y eso no es posible confiando únicamente en la hermenéutica moderna. San Pablo se hizo todo para todos.

La importancia tan crucial de la resurrección no está en el poder terreno de Cristo. Si así fuera, el amor sería una contradicción para el dogma. La resurrección es crucial porque la cruz y el sacrificio lo son. El cristianismo no puede ser eutanasia para la felicidad. Por eso lo crucial en el cristianismo no es creer y callar. Lo crucial no es que la resurrección se convierta en última prueba de una verdad que en vida fue un fracaso. Así lo milagroso es, otra vez, recurso último de la desesperación ante la necesidad de la mentira. Pero el apóstol también enseñó que, para los que no creen, es el evangelio una necedad completa, como también lo ha de ser la resurrección.

Tacitus

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