Palabras impertinentes

El mayor gusto de todo consejero es que gracias a sus palabras un problema se haya resuelto. Su resultado le muestra que supo ver adecuadamente cada uno de los hilos que estaban revueltos en el embrollo, que su palabra fue pertinente, que pudo ayudar. Aconsejar se vuelve una actividad importante en la vida del hombre, pues es una muestra del conocimiento sobre el hombre mismo. Pero aconsejar mal es más común que dar un buen consejo, casi tan común como es más fácil dar un consejo que no darlo. Tal vez la principal dificultad al momento de aconsejar radique en que queremos demostrar nuestra imperecedera sapiencia sobre el hombre en vez de entender un problema en determinado momento de una persona.

Regularmente se aconseja en conflictos relativos al amor (quizá porque nada suscite tantos conflictos). El consejero ve al inexperto amante envuelto en dudas, dilemas o arrojado a la abismal tristeza. Alza la voz y da un consejo esperando que al confundido amante le quite sus penas. Sus palabras, en el mejor de los casos, apenas si son escuchadas. El que aconseja debe percatarse, antes de hablar, en qué radica el problema sobre el que aconsejará; debe reflexionarlo muy bien, con cuidado; intuir si su compañero le está ocultando algún detalle; en caso de que lo oculte, si lo hace voluntaria o involuntariamente; debe, además, entender el carácter, el modo de ser de la persona a quien va a aconsejar; también debe ver la situación del que se encuentra en un lío, es decir, debe ver si algo que no es el lío haya podido influir en el lío; finalmente, aunque quizá por esto deba empezar, le conviene ver si aconsejará porque realmente quiere ayudar o tiene alguna otra intención para dar el consejo; una vez hecho eso, quizá pueda aconsejar, aunque tal vez después de tanto reflexionar se dé cuenta que es mejor callar y abrazar a su compañero.

¿Puede aconsejarse sobre lo que no se ha tenido experiencia? La pregunta nos lleva a cuestionar sobre lo que motiva la acción y si eso que motiva la acción puede pensarse antes de experimentarse. La respuesta más fácil es decir que no, pues dado que uno no ha experimentado cómo se siente estar en determinado problema, no puede decir nada al respecto. Dicho así, se cancela la posibilidad de conocer la acción y sus consecuencias antes de hacerla; se está castrando a la imaginación como la que posibilita vislumbrar las consecuencias de una acción. Evidentemente, no cualquier situación que se vislumbre se vislumbrará adecuadamente; se requiere comprender suficientemente la situación para saber qué conviene hacer, ver posibilidades e imposibilidades.

Hace poco conocí a una experta consejera: una psicóloga. Ella tenía amplios estudios en diversas maneras de entender la conducta humana, pero prefería que su paciente se diera cuenta de su propio problema mediante una serie de preguntas y respuestas, pues el paciente siempre tenía su propia solución. Ella estaba confiada en que esta era la manera en la que todos podíamos resolver nuestros problemas, en que era el mejor modo de aconsejar. Interesado en su actividad le pregunté: “¿ha conocido a alguna persona a la que no haya podido hacerle ver su propio problema?” Ella me dijo que no, porque finalmente el paciente siempre tiene su solución. Aunque en voz más baja se contestó: “pero a veces, antes de dormir, me pregunto ¿qué le habré dicho a mi paciente?” Aconsejar es cosa muy fácil, dar un buen consejo tiene mayor dificultad. Dar un consejo no sólo puede afectar una vida, sino varias, por ello no cualquiera debería de aconsejar.

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