Meditación sobre el demonio y la Cruz

Meditación sobre el demonio y la Cruz

Nuestra imaginación moderna gusta del impacto, de la simpleza que incluye lo majestuoso o de la trivialidad que implica la vanidad en el retrato, la protesta en la efigie deleznable, la transmisión del hecho a partir de la reproducción instantánea. No debe sorprendernos que nos parece hasta cursilería la simple posibilidad de imaginarse al demonio. Que esa otra simpleza no sea apreciada como merece serlo. Cosa rara eso de que sea la imaginación misma la que nos juega una broma escéptica. Cosa rara para los modernos que están muy seguros de lo que ven. No espeto aquí el romanticismo de la queja contra la pobreza de lo imaginado: el romanticismo del demonio le quita el milagro que tiene en la impresión medieval: la forma humanoide de la maldad, traviesa, terrible, meliflua, pero sobre todo mala en una forma no trágica ni romántica. Esa forma que puede quemar en un caldero a los pecadores en señal de un castigo merecido. Eso que desaparece para el escéptico que sabe que ninguna imagen en su memoria de lo terreno le puede dar la certidumbre del castigo y el sufrimiento para el malo.

Mala señal es que el demonio sea una fuerza, una aparición de los corazones atormentados por una inteligencia poco común. Las tentaciones y apariciones cambian, pero lo pecador persigue a toda vida humana. Hay algo en esa tradicional forma bestial que acaba en los cuernos que a los aparentan sapiencia les parece ridículo, una trampa para el orgullo del burlador y atosigador constante. La representación pide de la imaginación la posibilidad de fusionar la cualidad bestial con algo de lo que la idea cristiana del mal nos libró para siempre: una bestialidad distinta a la del pagano sacrificador y conservador de la barbarie hecha rito. No un aburguesamiento mítico y primitivo, sino una inteligencia para la profundidad de lo banal, para la educación a partir de un temor que surge por el crecimiento de la consciencia. Una bestialidad para la que son igual de inútiles la superstición de que lo bestial es una fuerza posesiva como la teoría de bestialidad en lo natural.

No sé de dónde provenga la idea de imaginarlo con un color distintivo que hizo tradición: el rojo. No tengo la seguridad de que se deba al color del fuego, porque en realidad ese no es su color, aunque las incandescencias que genera puedan asociarse con él. Posiblemente algo tenga que ver con la tentación, aunque sea ésta posiblemente una hipótesis más erótica que otra cosa. Por otro lado, todos estos rasgos preminentes se distinguen de la imagen de la caída. Cundió la idea del maligno entre los hombres, no del momento del primer caído.

El mal, dicen, es obra humana. Curioso que se hable fácilmente de algo que vemos entre la complacencia y, en el mejor de los casos, entre la repulsión. Se vuelve exorcismo de nuestras faltas porque esa es la forma de toda tentación: lo ajeno que nos conduce. Por es la culpa requiere de arrepentimiento y el perdón del amor que entiende esto. La sensación común es que se es víctima de una circunstancia, mezclada con el pleno pero deficiente conocimiento de nuestras obras, cosa expresa en el nombramiento de la debilidad. El conocimiento moral no es absoluto por lo mismo. La imaginación moderna tiene el problema de que quiere empezar por el revés del asunto. La patencia de Dios, dicen, está en su justicia. Pero no saben que la justicia divina es cosa distinta al fuego que no se ve con los mismos ojos que vemos arder un bosque. La justicia máxima del perdón no está en el apapacho de la frustración, sino en el amor al prójimo, amor a Dios, que sabe de la vanidad. Por eso el cristianismo no es doctrina de la impersonalidad de la ética; su nombre proviene de Dios hecho carne.

Tacitus

 

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