Sobre la importancia del fin

Sobre la importancia del fin

Nunca me ha quedado claro si todo mundo celebra lo mismo cuando está al filo de terminar un año. Mi experiencia es que entre los buenos deseos y las palabras solemnes uno parece ver que los rostros se esfuerzan por mantener la teatralidad que exige el optimismo de una nueva oportunidad, pero que nadie habla de lo que esconde la consciencia. Evidentemente, las reuniones no están hechas para eso, y tal vez por ello la familiaridad termina siendo un fantasma que se esfuma con el aliento de nuestras miradas y desencuentros. El año nuevo se celebra, creo, con una sensación de liberación fingida que la navidad no nos permite. ¿Por qué el fin de año merece que nos reunamos a hacer cuentas morales en nuestro fuero interno e inspira a la cordialidad que no nos inspira el simple hecho de despertar cada día? Cada noche es fin del mundo; el pretexto para que la vida no tenga apartados de naufragio ante la disolución de las coincidencias por la separación natural de todo ser distinto, sea familiar o no.

No hablo de mejorar nuestra dosis de optimismo. Hablo de quitarle al influjo del tiempo el aspecto de ciclo. De que el refugio de los buenos deseos no nos permita yacer tranquilos ante el silencio divino. En el fondo, uno celebra los logros, pide deseos y, tal vez, reconoce sus fracasos como obra propia. Nadie apela a nada que no sea su propio ser. Nos reconocemos obras de nuestra propia voluntad. Por eso digo que no estoy seguro de que todo mundo en verdad se reúna a celebrar por los mismos motivos. El ritual puede variar, pero nadie percibe que el festejo de lo importante se nos pasa desapercibido. Contradicción extraña: ¿celebramos porque la vida vale tanto, o porque no vale en verdad como quisiéramos?

Podría ser en verdad que el tiempo desperdiciado pasase sin que lo percibamos. Que lo fútil se vista de sagrado en nuestras celebraciones. Insisto en el carácter fútil: la importancia de la vida no está en su renovación, sino en existir como existe, desde siempre. Está sólo en ser, en la gloria con que fue creada. Y el hombre, aunque no lo notemos, mantiene en sí un misterio sobre ser: que en él esa palabra es lo más complejo. Ser no es vivir únicamente. Mejor dicho, la vida puede mejorar o empeorar. Por eso es un milagro puede estar ahí cada que se abren los ojos, y puede también ser atrapado por la inteligencia. Tan basto es el mundo y el hombre que busca conocerse. La importancia del tiempo natural no se compara con la eternidad. Y por lo que hemos sido llamados no es por el paso del tiempo. Bajo el sol no hay nada nuevo, y nuestro gran error es ver en esa verdad un pretexto para el tedio que permite celebrar sin más un año más de vida.

Tacitus

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