Reflexión etérea

La licenciatura de filosofía no siempre es placentera. Para comprobarlo basta que nos acerquemos a un estudiante y amargamente nos responderá que no está satisfecho. Con melancolía incluso afirmará que él tenía otras expectativas y aspiraciones. Entre numerosas razones que ofrece para su desdicha, puede hallarse la constricción de la universidad. Cumplir las materias y seguir las instrucciones de los profesores le parecen anclas para el pensamiento. En alguna ocasión escuché decir a la funcionaria de una biblioteca, quien tiene maestría en Filosofía, que las universidades ya están muertas, que los nuevos sitios para reunirse a la reflexionar se encuentran en otros lados. Al igual que la funcionaria, el estudiante no se demora en asumir estoicamente la verdad. Prefiere recluirse a mostrarse activo en la universidad u otros círculos; el héroe romántico decide rehuir de la vida política para dignificar la filosofía. Así el alma mater se vuelve la madre que todo hijo rebelde odia por no dejarlo crecer.

En alguna medida dichos estudiantes tienen razón. Hacer que la enseñanza dependa de un programa y lineamientos puede restringir el pensamiento. Los méritos, materias, objetivos, lineamientos dificultan la reflexión libre y desinteresada. Igualmente los estudiantes con otras inquietudes llegan a sentirse excluidos y lamentan la cerrazón de la academia. No es sorpresa que referirnos a la academia tenga un sentido peyorativo y asociado con lo autoritario (curioso que lo que para Platón fue un sueño derivado del ágora ahora se convierta en el peor tormento para los amantes de la sabiduría).

Inaugurando las clases de 1914 en la Escuela de Altos Estudio, a través de un discurso, Pedro Henríquez Ureña relata acerca de un hito en la historia de la Sección de Estudios Literarios. Desde 1906 un grupo de jóvenes comenzaron a reunirse y diferenciarse de su generación anterior. Sus inquietudes e intereses serían disruptivos: «[…] abandonaban los ideales anteriores: el siglo XIX francés en letras; el positivismo en filosofía. La literatura griega, los Siglos de Oro españoles, Dante, Shakespeare, Goethe, las modernas orientaciones artísticas de Inglaterra, comenzaban a reemplazar al espíritu de 1830 1867. Con apoyo en Schopenhauer y en Nietzsche, se atacaban ya las ideas de Comte y de Spencer. Poco después comenzó a hablarse de pragmatismo…» Según el mismo orador, el movimiento vería su presentación al público por medio de Antonio Caso («la restauración de la filosofía, de su libertad y sus derechos»). Tiempo después, los jóvenes abandonarían todo rastro de positivismo. Los literatos e historiadores los definirían como los críticos centrales de aquella doctrina. Después de su participación de 1907 en la Sociedad de Conferencias, les vino el interés por organizar otras conferencias en torno al mundo griego. Para ello se propusieron un estudio exhaustivo de los clásicos. Las inquietudes y amor por la cultura conformaron los albores del Ateneo de la Juventud.

La remembranza anterior nos ilumina en cuanto a la libertad de los universitarios. A pesar de los programas o ideas dominantes de la institución, siempre la disposición por investigar asuntos nuevos o la curiosidad pueden lograr el viraje esperado. Tomar distancia de los lineamientos institucionales permite ejercer el pensamiento en la academia. Es cierto, la universidad puede palidecer la filosofía, aunque no la imposibilita. La conversación griega ocurría en cualquier lado: en plazas públicas, en gimnasios, afuera de las murallas. Si es cierto que el amor por la sabiduría es libre, no es crucial si tiene un contexto propicio. La reflexión es cotidiana y un hábito en la vida humana, no una hazaña extraordinaria. Por lo mismo puede florecer en un salón de clases, en una sala de biblioteca o hasta en un taller de arquitecto. Los filósofos no divagan en las nubes.

 

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