Murmullos de medianoche

Murmullos de medianoche

El día

El sol entró como todas las mañanas, iluminando el cuarto amplio, blanco y confortable de Samuel. Sobre la cama ya estaba despierto él. No recordaba mucho de lo que había pasado la noche anterior, pero tenía la vaga sensación de haber soñado con algo que no alcanzaba a dibujar en su imaginación. El sentimiento de pérdida punzaba su cráneo, sin embrago, tan pronto como cayó en la cuenta de que era asunto perdido, decidió ocupar su mente en otra cosa. Limpió su habitación, salió del cuarto, se dirigió al comedor, se sentó, desayunó un poco de pan francés, huevos, leche. Leyó el periódico, -creo que era el mismo de todos los días, o las noticias se le antojaban como para que fueran las mismas de siempre.

Una vez terminado su desayuno y el periódico, se dirigió nuevamente a su habitación, quería tomar un baño, lavarse los dientes, estar presentable. Se quitó la bata, la puso en la cama, abrió la llave del agua caliente, ésta comenzó a descubrir sus propios caminos húmedos en la piel toda marcada por heridas de Samuel. Desde la cabeza que tenía cicatrices de peleas donde él nunca triunfó, hasta el pecho, que tenía marcas de cigarrillos, seguramente auto infligidos. Todo su cuerpo era un espectáculo de la violencia que puede causar un cierto tipo de locura.

A eso del medio día llegó uno de los enfermeros. Lo encontró sentado en el balcón de la ventana, abrazando sus rodillas, mirando a ninguna parte.

-Coronel, aquí está lo que ordenó.

– ¿A quién le hablas colega?, soy el doctor en neurociencias, Abel Domínguez.

-Disculpe, colega, lo confundí con otra persona. Tenga las aspirinas que usted diseñó para su propio dolor de cabeza.

-Gracias, colega. (Tragó las pastillas)… Sabe, colega, otra vez tuve ese sueño que no puedo recordar.

-¿Cómo sabe que es el mismo?

-Porque me deja todo adolorido de nauseas.

-Quizá sólo sea su conciencia que da violentas vueltas en su cabeza.

-No creo. Recuerde que yo jamás creí en ese cuento de carácter clérigo-legal. Los que no pueden explicar nada ni poseer nada, no tiene derecho a maltratarnos asííííí.

-¡Rápido, pabellón tres, cuarto diecisiete! ¡Necesito ayuda para aplicar un sedante!

Samuel (el general y el doctor) despiertan en la noche

El doctor:

–Hay aves que nos llegan nocturnamente a mitad del camino de los sueños. Hay aleteos que perturban el ritmo anímico de cualquiera. Sus cantos platinados se anidan perfectamente en la almohada propia. Tanto nos perturban que cualquier sonido confundimos con su graznido añil.

El general:

–El aleteo de los malditos se escucha afuera, adentro, en todas partes. La desesperación es sólo el anuncio de su canto. En el pecho se siente su aleteo batir con fuerza. No, no es en el pecho, es la puerta, alguien toca, ¿pero si no hay nadie más en la casa?, y resulta que la única persona que podría estar tras de la puerta está dormida junto a nosotros. ¿Desde cuándo estamos tan solos?

Alguien pronuncia con voz vaporosa y reptante: Ego.

El doctor:

–El graznido y el aleteo infernal siguen. No, no hay engaño, el subconsciente fue el primero en huir, así que estamos solos, nadie que nos ampare en la voz oculta de una mentira. El grito se hace inminente, pero nunca llega éste a inundar la garganta, más bien se ahoga en el miedo… Ego fictum.

El general:

–Algo rasga el suelo. Son las zarpas del ave. No hay duda, ha descubierto en nuestras suplicas nocturnas el secreto que guardamos, la traición tan conocida: vendernos a cualquier postor, a cualquier deseo barato que nos saque de aquí o a cualquier creencia inútil. Pero el ave es guardiana de nuestro secreto. Nos asusta porque sabemos que cuando termine el ritual obscuro, ella reclamará nuestra carne. Poco a poco irá picoteando nuestra piel con su insistencia. Sus alas tomarán en la forma de preguntas, o de miradas acuciantes para nuestro derrumbe… Ego fictum ego.

Samuel:

–Si en verdad pudiéramos vivir solos. Pero las personas nos recuerdan algo oculto que no vemos siempre, que molesta a nuestras conciencias como el tábano al ganado rumiante. Cada noche es lo mismo. Las aves entran, despiertan a nuestra alma quebradiza. Llega el silencio sólo cuando logramos dormir, pero bien pronto nos vemos en sueños donde el ave está ahí, vigilante desde el árbol seco. Su aleteo nos hace sentir incómodos, como ajenos a todo lo nuestro que ya es suyo.

A todo esto, sólo queda un recurso. Sí, el mismo de siempre. Pero no en el que pensaron  aquellos valentones desgraciados, pues ¿cómo poder recuperarnos acudiendo a la nada? No, lo que queda es confesarnos, pedir ayuda. Sabernos alguien sujetos al peñasco del hastío disfrazado de hedonismo… Evitemos caer en sueños al vacío, que por algo no estamos solos

Despertemos de este sueño tan dañino.

Salgamos de esta caverna en la que el eco desgarrador dice vaporoso, ¡Ego fictum Deo!

Javel

Palabras para seguir gastando: No es un secreto que la violencia intenta profanar  el lugar de la virtud, convirtiéndose en una segunda naturaleza en el alma de los hombres, más que nada de la juventud. Juventud que es momento de voltear a ver y decir junto con Héctor De Mauleón, Me echo en cara lo que hemos dejado de hacer,  aquello por lo que, tristemente, Ha llegado la hora de pensar en la generación herida.

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