Memoria de la sangre

Memoria de la sangre

Ante la violencia siempre cunde el horror. La violencia es palpitación de la tragedia. Deja heridas para toda la vida en el alma de un hombre y, sobre todo, abre heridas en la vida de una comunidad. Para la comunidad es importante abrir los ojos ante la tragedia, sentir su herida y abrir el corazón para que no sea el miedo lo que la domine. Una manera de la valentía es conmover. Poner juntos la otra mejilla para mostrar que enfrentamos las injusticias y que podemos pensarnos el uno al otro y sentir el dolor que se expande en la carne que es nuestro ser aunque no sea inmediato como el de una herida superficial. La violencia nos deja en conmoción y dicha conmoción se muestra en el silencio que puede resguardarse como olvido. Probablemente es por ello que se piensa el hecho violento de manera desconcertante. No sirve el repudio si no se ve la equivocación. No sirve la justicia con el odio, y no está claro que sea así la máxima justicia. Es inútil la política cuando no se aspira a dialogar en torno a la fuerza, sino sólo a ejercerla o a temerla.

¿Qué es la caridad, sino la gracia de ser amoroso? La paz que es movimiento incesante, porque es una llama encendida que no se apaga, cuya fuente mira mejor que la verdad no se encuentra de un vistazo, y que sabe que los ojos nos pueden engañar. Virtud que se muestra no en la debilidad sino en la fortaleza de la mansedumbre. Virtud que no abandona por ser gracia al otro sólo para sí mismo o para lo que pueda ser Dios. Virtud por la que vemos que Él es amor, como dejó dicho La Palabra. La gracia no es silencio de Dios para los demás. La gracia nos permite entender la diferencia entre Dios y los hombres, al mismo tiempo ver esa semejanza impresa en el hombre.

La comprensión de la violencia a través de la caridad pide que la gracia de la palabra sea carne, como en el evangelio. Se pone la otra mejilla como manera de dicha comprensión. Los muertos y los olvidados nos orillan a notar que el mal no ha de pasar desapercibido. Es relativamente falso que el problema no se sufra cuando no toca la carne propia. El sufrimiento está en la sensación de desamparo: la presencia de la fuerza a ojos y manos de todos, en la pérdida que es pérdida común. Pérdida que se abre con el sentido del prójimo. Lágrimas de la frustración que enseñan que la violencia nos mete en un valle insondable, del que no hemos de salir hasta que podamos vernos a las caras sin lamernos las heridas; hasta entender que el mal orilla a preguntarnos por la posibilidad del bien en el momento en que sentimos se nos ha arrebatado casi todo, menos lo que permite las lamentaciones de la dignidad.

La confusión nos hace pensar que la violencia es ejercicio exclusivo del poder. A diferencia de la guerra, la sangre se bate sobre la tierra sin más justificación que la ciega idea de vivir a toda costa. No es sólo sobrevivir. La pobreza enseña que la dignidad no es lo mismo que la supervivencia. Es el problema del mal: nos lleva a curiosear en él como una extrañeza ajena a la vida cómoda, al punto que nos parece un reproche. No hay que buscar la retórica adecuada para la sanación (superación personal). Hay que abrir los ojos en la esperanza. ¿Cómo es esto posible, si la esperanza es una gracia en la noche, en la oscuridad, sin saber qué hay delante? Nunca sabemos que hay delante, sólo vemos el día que tenemos por vivir. La palabra requiere ser razón que pueda convivir en la miseria sin anular el mal; la razón que hace manifiesto que Dios no es silencioso. Anular el mal es optimismo moderno. La esperanza es vivir por la salvación. La esperanza muestra a la carne en su perentoriedad y al hombre en su eternidad.

Quizá el mayor enemigo de la fe sea la disgregación, pues la presencia divina busca al menos a dos almas que puedan ser recinto de la oración y del deseo de lo mejor. Mejorarnos es mejorarse. Mejorarse es, tal cual, buscar ser mejor. Ser mejor es posible porque la ontología en el caso del hombre le muestra que su animalidad es única. La fe no puede mantenerse en la fortaleza de la congregación aún en el mundo moderno. La violencia es en la superficie el grito más fuerte en contra de la validez de ser fiel. Nos parece que hacen falta acciones, pragmatismo de verdad. Que la fe no es más que ingenuidad ante la crueldad. Pero la crueldad está al centro de la fe. La injusticia que la envidia, el poder y el pecado provocan para ser sufrida hasta sus últimas consecuencias; todo aquello de lo que se aprovecha el mesianismo que nuestro país sufre y ha de sufrir todavía. La fe pide que veamos en la crueldad y la fuerza no la verdad natural, sino la sombra de la falsedad, del yerro, y en esa falsedad algo para perdonar. La cruz muestra que la muerte no es claudicación. Nos abre la fe una posibilidad de no quedarse en la ausencia de razones ante lo violento. El perdón exige sondear la causa, no pensar en la violencia que no tiene rostro. Que el mal no nos burle con sus trazas.

Tacitus

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