Sueño de la tragedia

Buscaba información sobre el desafortunado caso de Federico, no tanto para saber lo que pasó, sino por qué pasó. Y quizá ya decir pasó sea un error, pues eso sería como darle la razón a quienes le no supieron detectar el problema del joven o a la condición en la que se encontraba. Pero tampoco debe alejarse el hecho de que se trataba casi de un niño, con una consciencia parcial sobre la vida y la muerte, el bien y el mal. Aunque el joven supo que hizo mal, pero lo comprendió tan sólo unos segundos tarde. En estas ideas me estaba perdiendo cuando el sueño me alcanzó.

Soñé que estaba en el Colegio Americano (aunque tenía el patio de mi primaria) y que todo había pasado. Corría con miedo a mi salón y veía a unos jóvenes (una mezcla aleatoria de mis conocidos con carácter más tranquilo de la secundaria y los de mi preparatoria). Al fondo del recinto veía a un hombre oscuro, de espaldas amplias y abrigo invernal. Según mi imagen se trataba de Dostoyevski. Me acerqué a él y me ponía a su costado; casi sin pensarlo le pregunté por qué había matado aquel joven a sus compañeros. Con recelo me miro furtivamente y con voz cansada, pero clara me contestó: “gente como él, señoritos con posibilidades, van buscando algo que les dote de vida, que les llene el espíritu. Él buscaba cómo llevar la cacería, que presuntamente le había enseñado algún familiar, más lejos. Vio a sus compañeros divirtiéndose, jugando, moviéndose de un lado para otro, él no podía hacerlo, no podía estar haciendo lo mismo, y pensó ‘son como animales’ y como una ráfaga la idea le sobrevino. La maestra les llamó la atención a los despiertos jóvenes y la idea empezó a inundarlo, a marearlo. No tenía idea de si esa extraña sensación era peligrosa, malvada, pero sintió algo diferente a lo que estaba acostumbrado. Pasó una semana sin dormir, temblando al acercarse a la idea, pero sin concretizarla. La peor pregunta que se hizo fue: ‘¿lo puedo hacer?’ Inmediatamente sonrió con una extraña mueca, estirando los labios hasta descubrir todos sus dientes. Durmió tranquilamente y al día siguiente escogió el arma que le pareció más discreta, más elegante. Se despertó a la hora de siempre, comió lo de siempre; no le costó ningún trabajo actuar como cualquier otro día. En el salón todo transcurría normal, pero sus ideas comenzaron a agitarse, a tomar forma, y la primera sensación que lo inundó había vuelto con más fuerza. La pregunta ‘¿lo puedo hacer?’ volvió con más fuerza. Estaba dudando. Se separó del grupo y al mismo tiempo que se respondió, disparó con sólida precisión. Después de disparar sintió que su idea era errónea. No lo sabía hasta que lo hizo. Caminó de un lado a otro buscando cómo resolver la situación. Estaba armado, pidió a sus compañeros que salieran; ya no quería lastimar a nadie. Creyó que haría un bien. Se disparó.” De repente desperté sudando, pero tranquilo de saberme en mi sillón, con mi computadora, donde había leído las notas de la desgracia, a mi lado. Lejos estaba de creer que mi Dostoyevski podía decir lo mismo que el Dostoyevski de Crimen y Castigo, pero algunas ideas me dejaron desconcertado. Me hacía falta mucho contexto para aceptar que el motivo de la tragedia haya sido una extraña demostración de poder. Pero al menos sí creía que el joven fue ajeno a sus compañeros la mayor parte de su convivencia. ¿Se podrá educar a favor de la inclusión y en contra del empoderamiento?

Yaddir

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