La crisis continua

«…ciertas gentes,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,
montañas
(y tres o cuatro ríos)».

«Tengo este sentimiento, triste, de que estar alegre,
con las cosas como se ven, es traición».

Estos días nublados, que han de nublarse más, he estado pensando en cuánto hablamos y pensamos de crisis. La crisis, como una imagen, es un punto de quiebre, el culmen de la tensión que por fin estalla, los últimos segundos de soporte hasta que el peso quiebra el hueso. Por supuesto, es tumultuosa, confusa y mayormente temible1. Cuando una rama da de sí, el momento en que revienta apenas deja espacio para pensar, apenas para encontrar sentido. La palabra se adormece y tartamudea. Por un instante, no hay arriba ni hay abajo; o más bien, se los sospecha en una caída en la que no se distingue aún cuál es cuál. Por eso puede ser que, presas del sufrimiento con que se aviene la violencia que se asienta en la vida dedicada al poder, nos percibamos en crisis. La tensión es tan pesada que no parece sino esperar la resolución, como escuchar en una pieza musical una disonancia larga que obliga a esperar el acorde final… sin que éste llegue nunca. Cuando no ocurre el quiebre, pasa esto que también se ha hablado mucho y de distintas maneras: se dice que lo extraordinario se normaliza, que la sensibilidad se pierde, que la imaginación es amputada. Por eso puede ser también que hablando de ‹crisis› nos quedemos cortos, o incompletos, para entender lo que parece un contrasentido: la crisis continua.

El peligro de malentender la crisis actual es perder de vista la posibilidad de perpetuar la crueldad. Últimamente Námaste Heptákis ha apuntado aquí que negarse a ver el mal nos condena a la necesidad imperiosa, nos hunde en la vida tiránica. También lo ha dicho de otro modo: cuando la relación entre el honor y la atracción es injusta, los vicios privados se convierten en virtudes públicas. Me parece que ambas cosas están bien dichas. Que esto sea posible puede parecer contradictorio con afirmar la vida política como natural2. Esta contradicción es sólo un espejismo. Hay un sentido en el que la vida naturalmente política puede analogarse a la salud de cualquier ser vivo: puede crecer desproporcionada y tumorosamente, disminuir y marchitarse, puede mantenerse fuerte con ejercicio, sus órganos se complementan y su vida es un bien por sí misma, etcétera. Sin embargo, en la analogía se corre el riesgo de perder la diferencia, pues hay un sentido en el que, aun natural, la comparación no corresponde con la verdad. Esto se nota, por ejemplo, en que la barbarie no es una etapa anterior de crecimiento que deviene civilización siempre que no haya impedimentos externos. La barbarie puede no cesar jamás. La vida política y el diálogo público no son la fruta garantizada de un manzano (que, ha de decirse, aún el manzano sano puede no dar fruto, porque lo natural ocurre siempre o la mayoría de las veces de modo ordenado). La virtud debe ser actividad, o sea, elección: porque podemos tomar la decisión de actuar y hacernos responsables de nuestro juicio, la vida política está inextricablemente unida a la posibilidad de elegir el bien. En esa posibilidad humana se diferencia la naturalidad de la ciudad de la naturalidad del animal. La crisis que ahora mismo vivimos en «el país que todo pierde», como lo llamó hace poco Ángeles Mastretta, pervive en el alojamiento de la indolencia y por eso perpetúa la crueldad. Es un infierno continuo, repetitivo, interminable. Podríamos llamar a la nuestra una «crisis espiritual», como se le ha dicho ya también, o una «crisis humanitaria» si se quiere, con el objetivo de resaltar la importancia que tiene no confundirla con la crisis económica en la que tanto se están fijando las figuras de la opinión pública estos nublados días. El corazón del problema que vivimos encarnadamente no es una carestía del mercado ni lo es el terror a que tal calamidad nos sepulte; ese terror es consecuencia de nuestra carestía verdaderamente grave. Ésta es una sequía de virtud y una escasez de amistad. Cuando no podemos concebir otro terror que el del mercado, se perpetúa la crueldad y nuestra crisis se prolonga para siempre.

1Y por temible, posible habitación de la valentía.

2Por ejemplo, para quien pregunta: «¿cómo es posible el mal en la naturaleza, si natural es lo mismo que lo que hace bien a cada cosa según lo que ésta es?». Esto puede llevar a alguien a concluir «el mal no es sino el bien de otra cosa y, por tanto, ilusión provocada por el punto de vista».

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