Deshonra a media luz

Deshonra a media luz

El honor es la barbarie cuando no somos buenos para juzgar los agravios. El honor requiere de una idea de lo justo. El honor se ve en la guerra cuando no se asesina en venganza ni se traiciona por flaqueza, y por eso la masacre siempre es un atenuante; el honor se ve en la paz cuando buscamos el bien civil y el propio, no cuando queremos ser bien vistos o bien remunerados. Las ofensas en la paz pueden involucrar la confrontación en la palabra, los desacuerdos que nos acaloran y, a veces, nos incomodan. Podemos no tener honor al rehusarnos a la confrontación, aunque tampoco toda confrontación es cuestión de honor, como nos muestra la política actual. La indignación no nace necesariamente del honor; facebook y twitter prueban que podemos ser administradores y usuarios de la reputación, leñadores en el bosque de los vituperios, pero no muestran que el sentido del honor es natural. El honor no es ni cuestión personal ni encumbramiento social. Tampoco es una dialéctica de ambas. El honor no es legado del pasado, sino actualidad de lo honroso. Podemos reírnos de lo honroso y olvidar lo honorable en una carcajada o en una molestia furibunda, diciendo que nos importa mantenernos honrados, hacer fuerza colectiva mientras cubrimos y nos escondemos del crimen. La franja que puede haber entre la cobardía y la prudencia es, como en esa huida de don Quijote ante la turba rebuznante, más turbia y anémica de lo que parece al llamado sentido común, sobre todo ante la imbecilidad.

No hay honor en la cobardía no porque en ella se muestra la falta de agallas o de sangre: el narco y el crimen ya no son (si es que alguna vez lo fueron) honorables. No hay honor en matar sólo porque es posible. Puede haber enjundia en ello, pero no valor o valentía. El carácter se requiere para hacer lo que ha de hacerse: lo que la situación pública o privada requiere. El carácter nos permite no amedrentarnos porque sabemos lo que se ha de hacer. Es distinto al deber en tanto que el deber sí puede tener reglas, puede expresarse categóricamente, pero el carácter y el saber no. Por eso el comercio actual puede permitirnos vivir siendo cobardes pero bien comidos. No hay honor en lo cobarde y en el vicio en general porque no hay saber del bien y, por ende, se desea lo incorrecto. El honor permanece con nosotros aunque otros no lo sepan apreciar, pero eso no significa que siempre pase inadvertido. Por eso es algo que alumbra al acto y a la persona honorable y que es alumbrado por ella al mismo tiempo.

Los agravios no nos duelen corporalmente. No nos duelen, tampoco, como el desamor. Nos calan en donde podemos confundirnos. Los irascibles no saben cuándo es momento de enojarse. La mayor parte de nosotros somos irascibles, sin siquiera saberlo: creemos, modernamente, que la ira nos invade y nos despoja de identidad total. La estrategia y el secreto de la ira es que sólo se aprovecha de nuestra calma o premura, pero tiene más de un rostro, como todo lo que es pecado. Cuando el horror cunde, es difícil que podamos distinguir y defender valientemente una causa justa. El horror y la tiranía no imposibilitan el bien, pero sí nos hace pensar que el silencio y la huida, la imposición son cosas que no hemos de evitar. Por eso la violencia veja el discernimiento de lo bueno, como sucede a veces con las enfermedades como la peste: enflaquecen la moral. La muerte apremia, decimos. Nos imponen la posibilidad de la omisión como el sentido común. Ante el horror cualquier incendiario nos distrae. El espejo moral siempre nos ha incomodado: no es como vernos el rostro que podemos maquillar o disimular. Llama al autoengaño.

Los valientes pueden huir no sólo cuando peligra su vida, sino cuando ven que la causa está perdida: no es bueno mantener una lucha ciega si no hay injuria ni cuando el ruido se imposibilita la verdad. Puede haber luchas que no consigan la reforma inmediata de las cosas y ellas pueden tener retiradas, que no huidas. Lo honorable puede encubrirse ante los risueños. La risa que toma a broma una figura risible. Pero en los ojos siempre está el demonio del prejuicio. Las formas sociales y la desigualdad política o civil no clarifica la bondad. Lo risible está auspiciado por el ojo y el mundo visto. Lo honorable puede esconderse en lo risible cuando no somos sutiles para ver cómo eso invierte nuestro mundo, y no cómo está deformado en ello. Al juicio común el quijotismo es un ridículo a veces divertido, a veces funesto; es la broma perfecta para el poderoso. Para las buenas conciencias Cristo es un absurdo moral radical. El amor en sus distintos sentidos requeridos para lo honorable nunca dejará de compartir un toque de ese absurdo. Las buenas conciencias, los indignados y los irascibles son ajenos al amor. En la comicidad y en la tragedia no ven lo sabio, sólo el infortunio, lo negociable, las culpas y los absurdos, lo risible. Tal vez por eso el honor vaga para nosotros entre la reputación y la moda y la justificación de los deseos íntimos.

Tacitus

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