Minucias sobre la distribución

Minucias sobre la distribución

La economía no puede estar basada en promover la igualdad absoluta. El problema no es hacer ricos a todos, porque el fundamento de investigar la existencia de leyes o postulados al respecto del comportamiento de los mercados y de su relación con el bienestar está en lo que la vida requiere. La economía es también una investigación en torno al bien y las necesidades. Incluso de las necesidades de los ricos: sentirse mecenas, hacer de sus carros extensiones de su personalidad, decorar su jardín, acumular e invertir. Es claro que desde el aspecto económico se introduce el bien: se distingue entre acciones privadas y políticas convenientes para lograr un fin. No necesariamente da la virtud de la práctica, porque las más de las veces un buen inversionista no es un magnánimo: se puede hacer dinero y gastarlo en cosas redituables, sin la voluntad de donarlo o regalarlo para un bien público. También se puede gastar de manera que parezca conveniente sin evitar la mezquindad: los gastos inútiles a favor de los necesitados, dándoles cosas que, en realidad, no necesitan (ahí se ve que el criterio de lo necesario es elástico cuando no existe sabiduría sobre la naturaleza del hombre).

Eliminar la diferencia entre ricos y pobres es una ilusión. No porque no sea deseable que los pobres sean dignos, sino porque ser pobre no tiene nada que ver con la dignidad o la libertad de la persona. Mejorar la condición es un uso ambiguo del significado de mejorar. Don Quijote lo expresaba muy bien: ser pobre no quita ni lo cortés, ni mucho menos la voluntad de lo mejor. La redistribución del ingreso es un camino sabio pero no con el fin de sólo continuar con la ilusión de que ser ricos nos hace mejores. No se busca salir de pobres, sino hacer un mejor gasto en tanto sirva para dar posibilidades más allá del trabajo infinito. Posibilidades que den para atenderse, comprar, ahorrar. La mejor distribución puede ser deseable aún si eliminamos el paradigma moderno del mecenazgo del estado y de su invitación a incorporarse a la vida de la que él es modelo, que es un círculo vicioso en donde se exceden costos de manera absurda. Se invierte la lógica de la libertad por el dinero, pues la redistribución podría propiciar que oficios y artes, modos de producción, dejen de suponerse sólo como empleo para el mantenimiento. Digo que así se invierte la manera común de pensar la relación entre el estado y sus protegidos, porque, en vez de funcionar con el mecenazgo (que se vuelve demagógico) muestra que la verdadera libertad está en no someterse. Producir es un modo de la libertad que, como la misma lógica moderna intenta sostener, permite mantenerse.

Podría pensarse que la redistribución, lejos de lo que se cree ahora, es menos demagógica que la generación de servicios sociales. Mantiene una garantía de acceso al dinero para los ciudadanos, que por lo mismo no tienen que esperar la panacea en manos de un grupo político. No favorece el servilismo, sino al contrario. Propicia la subsistencia. No iguala las condiciones de la fortuna, pero sí acerca mejor los modos de vida que se dan en los extremos, más allá de esa dialéctica de la transformación en la prosperidad del progreso. Así podría usarse mejor un dinero que se gasta actualmente no sólo en sueldos de servidores públicos (que ellos también requieren de un sueldo) sino en programas sociales parciales y miopes, recursos para partidos políticos, ilusiones educativas, becas mal empleadas, etc.

El problema de la subsistencia no es llegar a ser libre, quitarse el nombre de don nadie. No llegar a la ilusión que el rouseaunianismo académico nos impuso: esa igualdad en donde hasta el progreso intelectual esconde una deformación. A fin de cuentas, la economía, en todos sus niveles, apela, en último grado, a la inteligencia personal. Fuera de los niveles en que las bolsas de valores y los bancos operan, hay causas humanas para el crecimiento. No se debe a fuerzas invisibles únicamente. El mercado es un escenario de deseos y satisfacciones. Así, el enfoque de los mercados internos se vuelve central: los satisfactores que no encontramos en nuestra propia producción serán sólo fantasmas proyectados en esa pizarra abstracta de los escenarios mundiales.

Tacitus

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