La esfera sin centro

Mentiría si dijera que mi día empezó con la caótica vorágine que todos recordamos en este lado del mundo; bueno, en este… en esta parte del planeta. Pero de que estuve en el centro del torbellino de voces, de gritos y de ese escepticismo que sólo puede sostener la clase más obstinada de necio, estuve. A decir verdad, no creo que haya entendido hasta hoy la gravedad del asunto, ¡menos entonces! Y eso que uno no pensaba en la incertidumbre o la confrontación de nuestros días, pues en aquel tiempo no habíamos recuperado del olvido ni las esferas de Ptolomeo, ni los sólidos platónicos de Kepler, ni los movimientos newtonianos en las órbitas, ni ninguna de esas propuestas que ahora tienen millones de adeptos.

En realidad, aquel día ni cuenta me había dado yo de nada extraño al principio. Me preparé mi desayuno, tomé el metro y crucé el campo del observatorio como siempre. Parecía ser un día claro, cálido, como los de antes. Fue hasta querer entrar que empezaron las rarezas. Nadie me abría al tocar y dentro, las voces alteradas sonaban en una discordia que me hizo pensar primero en el ajetreo de doctores apostando en una final deportiva (pero no había torneos importantes), luego en una discusión apasionada, y quizás en la celebración de alguna festividad ajena. Por fin Gylra me abrió. De verla mi mente empezó a saltar entre las peores imágenes que figuraba. Su expresión era la de una mujer que ha visto levantarse a Lázaro y no sabe con qué vocal empezar a relatarlo.

«Hola. ¿Qué pasa?», le pregunté. No respondió nada, sólo me cedió el paso y regresó corriendo a su lugar, donde su pantalla no tenía las gráficas en las que usualmente trabajaba ella, sino una imagen de apariencia… insípida. Parecía ser una foto del Sol. Repetí al aire «¿qué pasó?».

Yo no tenía en ese entonces poder sobre nadie. Siendo un becario, no tenía ni jerarquía suficiente para ser esperado por alguien importante, ni importancia suficiente para conocer la respuesta a la pregunta que hice. La hice varias veces más. Por fin, el doctor Buhkol intentó explicarme todo apenas me le acerqué. Él siempre me tuvo afecto, si bien era una persona distante. Yo sigo creyendo que su muerte y las muchas otras sin causa aparente tienen su fuente en lo que sea que pasó ese día, aunque probablemente no viviré para verlo comprobado.

Total, que escuché las palabras sin entender las razones. Habría negado todo con un aspaviento, riendo como personaje de alguna obra y gritando que dejaran de bromear, pero la multitud de científicos a mi rededor, lo supe pronto, no estaba solamente agitada; estaba afligida por un terror que los asía desde la médula. El observatorio se había convertido en un barco recién salido de una tempestad que extravió su rumbo, tiró sus mástiles, partió por la mitad la caña del timón y saló las provisiones. Al girar la cabeza uno podía ver a estos marineros desamparados catando mapas estelares que seguían sacando del banco de datos, midiendo, contando, cambiando de una pantalla a otra, hablando con estaciones en otros países (en Europa tenían un video del instante exacto), gritando sandeces. Horas, latitudes, longitudes, nombres de constelaciones y nomenclatura de todas las regiones: recuerdo prácticamente todo menos la rosa de los vientos siendo recitada, referida y vuelta a repetir. Yo era muy joven para entender las comparaciones que hacían mis colegas, pero recuerdo bien que todas les servían para expresar cuánto era esto peor.

Estaba mareado, por supuesto. Estaba aturdido. Lo primero que respondí al doctor Buhkol fue una cosa imbécil. «¡Pero ahí está el Sol!», le dije. Claro que mi objeción me sonaba sensible, sólida, aunque la verdad debe haber caído como quien replica ante la noticia de un fallecimiento «¡Pero apenas lo vi ayer!». Pronto, el doctor me jaló del hombro y me llevó hacia una de las pantallas. «No», me respondió con la voz cortada, «ahí está algún sol».

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