Sobre los bienes y males y nuestra percepción de ellos II

Al contar algún padecimiento, sea en anécdota, detallando el proceso en orden o desorden de nuestro estado de ánimo, o en simple síntesis, afirmando que nos sentimos mal, siempre queda la duda de si estamos evaluando adecuadamente nuestro propio padecimiento. Es decir, seguido se afirma que se tiene una tormenta en el pecho y la tormenta sólo se encuentra en nuestro juicio; el dolor está en lo que pensamos sobre ello. El juicio no se encuentra varado en medio del espacio hueco, sino en una isla o en una playa. Pero eso sucede con los padecimientos que, por así decirlo, no recaen en el cuerpo, es decir, aquellos que dependen más de lo que pensamos y que nuestra imaginación elevan o disminuyen.

Pensar en la muerte es algo demasiado indeterminado, si se piensa en una muerte que sucede pronto, una muerte rápida. Pero, cuando hay dolor de por medio, si se piensa en una muerte tormentosa, con tortura, por ejemplo, el dolor es el que manifiesta el padecimiento, no el juicio que se dé sobre el dolor. ¿Al sentir un golpe podemos ser insensibles al dolor?, ¿podemos separar el elemento sensitivo de nuestro intelecto? Es decir, si decimos, no me duele un balazo recibido en cualquier parte del cuerpo, ¿el balazo no dolerá? Indudablemente el dolor estará, pero lo que puede variar es qué se hace luego del dolor. No sólo se trata de decir, me tengo que curar o debo aguantar, para que vean lo saludables o lo resistentes que somos; tampoco se trata de interpretar de cualquier manera el dolor, dándole diversos matices según nos sea más placentero; sino se trata de saber cuál es la idea con la cual vivimos antes del dolor. Cómo estamos acostumbrados a vivir, influye en qué haremos tras nuestros padecimientos.

No vivimos bajo una idea del dolor y de ahí se configura nuestro modo de actuar, pues las ideas pueden ser variadas y falsear las posibilidades, es decir, las ideas pueden ser imprácticas, pero idealmente parecer prácticas; también pueden ser prácticas pero viciosas, aunque parezcan buenas; lo mejor es actuar ante el dolor con ideas prácticas y buenas. Esto no quiere decir que las ideas antecedan a la práctica, pues regularmente parece suceder lo contrario. Creo que sería más adecuado señalar que ambas se complementan. En medio queda el dolor, pues ante determinada idea de cómo se debe vivir, se encuentra lo que se quiere y se puede hacer ante los padecimientos. El problema aquí no es que usemos diversas ideas contradictorias para aceptar o enfrentar el dolor, pues eso sería establecer la inconstancia, no adecuarse a algún modo de vida, evitar el dolor y su cuestionamiento. El problema es cómo entender nuestra vida a partir del dolor. Cómo enfrentemos los padecimientos nos dice qué pensamos que es adecuado o bueno hacer ante determinada situación. Por evitar el dolor podemos mentir, inculpar a una persona, arriesgar muchas vidas.

El dolor no es algo que se pueda evitar. El dolor es inherente al hombre. Si algo sabemos del mejor modo de vida es que éste no cancela el dolor ni lo quiere evitar. ¿Acaso el mejor modo de vida es aquel que enfrenta el dolor, como los gloriosos héroes a los que la historia se rinde? Es decir ¿los padecimientos nos exigen sobrevivir y sacar a relucir lo mejor del hombre?, ¿no hay un buen modo de vida y lo que hacemos ante el dolor es eludirlo a través de la fantasía, exagerando los placeres?, ¿pensar el dolor, autoconocernos, vuelve menos dolorosa la vida?

Yaddir

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