Señales de humo

El calor del alba se le impuso como la necesidad. No lo había sentido tan intolerable en mucho tiempo. Apagó el radio cuando el reportero cambió al tema de algún nuevo desfalco millonario. No le interesaba. Los detalles ofrecidos sobre el incendio de madrugada en el parque de diversiones lo habían dejado tan satisfecho como había deseado: eran pocos y eran magros. Rebosaban de esa seguridad que sólo la ignorancia puede dar. Refrescante, el aire templado de la mañana se dejó sentir por fin, entrando por la ventana de la camioneta, despejando el olor del reciente racimo de cigarros; pero más refrescante aún fue la risa suspirante del alivio que se le extendió desde el pecho hasta las puntas de sus dedos. Aún dolían, pero eso ya no parecía tan malo: seguramente requerirían tan sólo un poco de pomada para las ampollas y descanso propicio para cicatrizar, y con eso estarían listos de nuevo para apretar ahí donde la tenacidad se vence. «Alguien dijo que las acciones eran manantiales de infinitas series de efectos ‒le dijo a su mudo copiloto, con esa voz cadente que cuidaba cada tono con esmero‒, mira bien que las traiciones son así, nomás que el manantial mana gasolina».

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