Amor y economía

Amor y economía

Uno de estos días en que veía la televisión ya pasadas las diez de la noche, escuchaba en uno de estos programas de opinión pública lo que me pareció un interesante debate sobre las funciones de los gobernantes. La pregunta a que respondían las dos posturas ahí vertidas era sobre un asunto que en verdad todos nos hemos cuestionado ¿Qué debe hacer la autoridad para combatir la injusticia, ya sean delincuentes organizados o impunidades? Uno de los debatientes decía que si él no veía “que los políticos se emocionaban (en el sentido de indignarse, preocuparse, enojarse) con los sucesos del hoy” estos sujetos no le interesaban, y de hecho se le hacían “ineptos para la política”. El otro le respondía que él, en lo personal, “prefería un político serio, que supiera resolver la economía y la corrupción”, “lo siento, dijo, pero yo soy un tecnócrata”, “que mi predicador me hable de amor y los políticos de estadísticas.”

Esta discusión que se suscitaba en la televisión, creo yo que resume más o menos bien el por qué han fracasado las administraciones gubernamentales en por lo menos los últimos diez años. Pues veamos que desde que se desató la guerra contra el narco lo que han buscado las autoridades no es erradicar la inseguridad, sino administrar la violencia, de tal manera que los números no se vean tan afectados… pero esto no ha funcionado. Las muertes dolosas han aumentado, en ocasiones, más del 300% en comparación a fechas anteriores a la guerra contra el crimen organizado; el desempleo, por más que el presidente se encargue de prometer millones de puestos, no deja de ser un número alarmante las personas que no pueden encontrar trabajo. Los desaparecidos son más de 27,000.

Las administraciones no atienden a la violencia, inseguridad, desempleo, injusticias, como un problema Ético, sino como una sumatoria de productos. Los tecnócratas son más darwinianos que aristotélicos y ése es el problema, pues se adaptan a las pérdidas. Hay que trabajar con lo que hay, dicen ellos. Pero ¿y lo que hemos perdido?, ¿la dignidad, la paz, la confianza en nosotros mismos como vecinos, hermanos?; trabajar con lo que hay significa que si del 100% de confianza en las autoridades que había, ahora sólo queda el 25%, éste se vuelve el todo, los otros no existen. Nosotros 25%, felicitémonos por el triunfo de ser lo que somos. Si del 100% de la población a ha desaparecido el 36% a causa del crimen organizado, paguemos la pérdida, buscarlos es más caro, pues mostraría los números que no queremos ver: el número de políticos coludidos en esto, de policías, de particulares que creíamos nuestros amigos.

Sonreírle a todo, sólo por la certeza del número, igual nos hace indiferentes. La tecnocracia administra dádivas. Por eso los problemas no se solucionan con datos que sólo nos muestren lo salvable, sino con acciones que nos permitan recuperar lo que los números ignoran: la justicia, el amor, la dignidad. Hablar de amor en la ciudad, no es sólo de poetas. ¡Bueno, señores, ya vieron que los números no solucionan nada! ¿Cómo imposibilitar la injusticia, sin que ésta se convierta en una cifra, y por lo tanto en un negocio?  ¿Cómo hacer para que el hombre sienta culpa verdadera, por lo que hizo o está a punto de hacer?

Javel

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