El camino de eros

El camino de eros

La razón nunca es espontánea. Explicar las cosas es una empresa que se nutre, como todas las empresas humanas, de un deseo, y, enseña la ética de manera superficial, ningún deseo puede ser ajeno a un fin. Por eso la filosofía es un modo de ser que, como tal, no puede dejar de ser erótico. Se cree que el erotismo filosófico consiste en una disciplina del intelecto. La disciplina, diría yo, no puede ser sino una consecuencia, una elección acaso, que, extrañamente, nace del propio erotismo. Esa es una cuestión de interés primordial para quién se pregunte qué es la filosofía en la vida moderna, vida que mantiene, a pesar de la fe en el progreso, ecos de las otras vidas de los hombres. Es primordial porque la cuestión de la filosofía como modo de vida tiene que ser una indagación sobre su posible practicidad, sobre la practicidad misma de la vida, que es una pregunta ética, política y hasta metafísica. Es primordial para indagar sobre un conflicto propio de eros y lógos como el poder, la tiranía que es una nube que persigue la pregunta por la justicia. Es peligroso decir que el filósofo es el máximo idealista, que los buenos son los idealistas, porque así no se entiende el sentido de las ideas y, por tanto, se pierde uno en el camino a la verdad. Se confunden las ideas con las doctrinas, lo erótico se estremece entre las neblinas borrascosas de los deseos, se cree que la justicia no es algo que pueda pensarse a partir de las condiciones actuales de todo momento práctico.

El erotismo del filósofo, en primer lugar, pide una reflexión sobre nuestros prejuicios en torno al erotismo como tal. Quizá uno de los más interesantes es nuestra explicación de la relación entre el pudor y eros. Más allá de la conexión química que hace posibles las reacciones visibles del cuerpo, hay que pensar en nuestro descaro y nuestro modo de ver el pudor como símil de la vergüenza, como juego entre lo privado y lo visible, entre la educación tradicional y la desenvoltura. En este sentido, la axiología moderna es una serpiente que se muerde la cola: no puede pedir conocimiento de algo en fluctuación. No puede decir que la vergüenza es un mal de la tradición cuando acepta que el bien es algo inexplicable. El erotismo de la autognosis no puede simplemente aceptar que la vergüenza sea el límite claro del bien. El puritanismo es un falso recato del erotismo. El filósofo no es el puritano de las cavernas. Su confrontación constante con los dogmas de la polis no lo reducen al escándalo. No puede conformarse con ser bien visto, porque a veces eso es motivo de vergüenza; y ese juego entre lo privado y lo público no sería posible sin la autognosis que persigue.

¿Cómo puede hablarse de erotismo sin involucrar al otro, orientando el deseo hacia algo que parece determinable por el individuo, una búsqueda vana ante la evidencia de lo práctico? Esto equivale a pensar si acaso la reserva del filósofo en el deseo del otro es sólo un imperativo o una práctica que no deja de ser erótica. Amor por la palabra implica erotismo por el otro. A la pregunta ¿qué es el hombre?, no puede haber respuesta sin la memoria activa y común del diálogo, que es unión cuando no es pragmatismo por el otro (saciedad de otro deseo que no sea la verdad). El amor no es de naturaleza pragmática. Los contratos sí lo son. La filosofía no puede ser anerótica como tampoco puede ser retórica de lo sexual. El lógos cumple su naturaleza de órgano en el amor que lo mantiene vínculo de las presencias erotizadas; de nuevo, amor a la palabra es también amor al otro.

No es igual pensar esa relación si hablamos de un alma desbordante en sabiduría que hablar de una navegación que se realiza sin remos. Las almas desbordantes viven en la sapiencia trágica de la limitación erótica; el amor nunca es un afecto evidente, excitable por medio de la acción o la palabra. La navegación sin remos hace del alma un ser naturalmente erótico, limitado entre la ignorancia y el saber; elimina el pragmatismo del deseo y cuestiona la visión trágica en medio de la nada para ofrecer una imagen más completa del amor, sin la cual el conocimiento del alma estaría vedado: el saber es para el hombre una muestra de su carácter intermedio. El vicio y la virtud son ambos racionales, pues ambos son posibles gracias a que el hombre es racional y erótico. La irracionalidad relativa del vicio no puede explicarse sin el erotismo. La razón y el amor son ambos signos de la naturaleza humana que no representan un dualismo. Por eso la filosofía no es dominio de la pasión, sino conocimiento del deseo.

 

Tacitus

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