Plaza de la soledad

Denostamos a quien no creemos suficientemente honesto. Se lo atribuimos más a la hipocresía que a otras razones. Creyendo en cuclillas en la bondad de la verdad, aborrecemos cualquier velación de ella. La vemos con recelo y elucubramos desconfiados en lo que puede ocultar. Apreciamos la honestidad, pese a ser espinosa o amarga. Es un mérito instantáneo e inmediato. Coloquialmente decimos que la verdad siempre es buena, aunque sea cruda y dolorosa. La realidad no es agradable y muchas veces nuestras mentiras nos protegen de ella. De ahí que, en cierto sentido, afirmemos la verdad como liberadora. Quitarse la venda para no vivir engañados. Será cierto que la verdad amedrenta, pero resulta peor vivir encadenado a la ignorancia. Es necesaria la develación, por muy realista que termine siendo.

Desde esta perspectiva, Plaza de la Soledad hace eso. El documental de Maya Goded retrata fiel y honestamente la vida de algunas prostitutas de la Merced. No aspira al éxito comercial o la aprobación multitudinaria. Quiere realmente mostrar lo que sucede ahí. Prefiere abstenerse de filtros y sólo grabar. No se reserva en observar relatos estremecedores, por muy incómodos que sean. Violaciones, abandonos, decepciones se entremezclan para conformar una narración conmovedora. La cámara es discreta, casi siempre quien graba pasa desapercibido. Incluso hace sentir al espectador como un visitante de la plaza o un intruso en la alcoba. Tenemos la ilusión de conversar frente a frente. Cumple la cinta como retrato de  la mujer en la sociedad mexicana; en todas sus dimensiones, con sus desavenencias y fortalezas. Tal vez sirva como un recordatorio de la desatención por las mujeres que ejercen un oficio riesgoso. O la desatención a personas que precariamente pasan la vejez. La mujer olvidada, menoscabada por el abuso varonil o el statu quo, vuelve a ser protagonista.

Pero no es solamente eso. Lo anterior es una repercusión quizás accidental. La película, en efecto, es desafiante, pero no sólo porque enfrente al toro del machismo. No aspira tampoco a ser un reclamo social. El paneo a las habitaciones atiborradas no busca propiciar el disgusto. Lo último que intenta hacer es exhibir la precariedad, a pesar que muchos espectadores observen eso (algunos incluso deseándolo en secreto). Maya Goded no se propone despertar el morbo. La ventana abierta a la Plaza es un replanteamiento. La pobreza, la enfermedad, la vejez, el desamor, no son causas de reclamo; el espectador altivo puede nublarse con la lástima. La cámara no encomia o enjuicia. Su sobriedad es virtud. Ellas mismas, en la variedad de sus historias, demuestran que la crudeza no siempre es lo que parece. Detrás de esa realidad sucia y escabrosa, hay más para escarbar. Ellas lo intuyen; constantemente, entre las escenas duras y dolorosas, observamos que prenden su veladora, rezan, sonríen ante los cumplidos, bromean pícaramente, amparan a los desfavorecidos y se aman. El documental retrata a almas solitarias, incluso desahuciadas, que todavía tienen algo que decir. Maya Goded no descendió al infierno burgués para extraerlas.

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