El hombre que perdió el sueño

Les contaré la historia de Segismundo Febrija y su extraño accidente. Pintar su retrato no es cosa tan complicada: moreno y enjuto, alto sin exagerar, de un pelo muy negro que, si pudiera, seguro suspiraría de melancolía recordando cuan tupido llegó a ser. El hombre era en toda apariencia una persona común y corriente, de ésas que hablan sobre el estrés del trabajo y las bendiciones de la añorada familia; que viven en una casa que no terminarán de pagar con el sueldo del empleo al que se entregaron para tener esa casa; que prefieren vestir discretamente más por temor a llamar la atención que por algún sentido del recato. En fin, era Segismundo tan merecedor de atención para el viandante como la posición de Marte en el firmamento. Entre tanto lugar común que basta para imaginarlo, era casi cosa de admirarse que no sufriera insomnio. Sin embargo era verdad. Nunca quedó Segismundo, antes de su accidente, sin dormir profundamente. Mucho más sería más cierto: dormía abismalmente.

La realidad es que Segismundo pasaba noches formidables. Después de su divorcio no hubo quien lo mirara dormir, quien atestiguara los trances en los que uno juraría que su cuerpo era de yeso, o cuando aullaba y pataleaba como quien se ahoga con bocanadas del humo caliente de un incendio, o cuando tensaba las mandíbulas aferradas a la almohada hasta que le amanecía en un destejedero algodonado que parecía nevada doméstica. Junto a la cama lo aguardaban una toalla y un tazón con agua listos para devolverle el alma. Todas las tardes, toalla limpia y tazón relleno. Y si hacía esfuerzos por no dormir en nada le aprovechaban, pues ni cuenta se daba cuando ya había naufragado su vigilia. Su sopor era pesado como el de un recién nacido. Tan grave llegó a ser su malestar que el pobre acabó por declararle la guerra a los sueños.

Segismundo siempre se acordaba de todo lo que soñaba. Nunca pensó que sus descripciones tuvieran interés para nadie, pero hubieran arrancado exclamaciones por aquí y por allá. Primero los llamaba pesadillas, después creyó más apropiado decirles terrores nocturnos. Finalmente se quedó sin saber ni qué decir, más allá de sugerirles a los preguntones que no había dormido bien. Y de que el descanso refrescaba sus miembros no había duda, pero no así sentía tranquila la mente de tener en la memoria tan espantosas visiones. Cada que dormía, miraba de cerca todo lo que más odiaba, de miles de formas, monstruosas, imposibles, de tamaños cambiantes y de lógica innatural, se le fugaba el orden en infiernos de fragantes azufres y se le iban de las manos sus acciones sin poder detenerse, se le secaban los gritos, se le desolaba el mundo y todo le parecía haber perdido el sentido para siempre y sin remedio. Despertaba y era otro. Todas las mañanas sentía que era otro, después de estos espeluznantes episodios. Tanto miedo le daban las imágenes que le desfilaban de madrugada, que temía desde la puesta del Sol hasta el dulzor con el que la visión cansada empieza a quedar atrapada en brevedades que la detienen. Por eso le declaró la guerra a los sueños y empezó a buscar formas de terminar con ellos, costara lo que costara.

Su primera embestida estratégica fue un sitio con tés, según sé. Y los probó todos: orientales, occidentales, boreales y de donde fueran, siempre que le prometieran un sueño sin visiones. Fracasaron uno tras otro. Se batían contra las puertas del fuerte enemigo pero se desbarataban. Y Segismundo terminaba soñando tan clara y aborreciblemente como cuando más. Pero cada derrota avivaba su rabia. Segismundo había declarado la guerra y marcharía hasta la victoria o la muerte. Cuando vio que los tés no le servían, comenzó a estudiar sus naturalezas y sus efectos, las relaciones entre ellos, las leyendas, los rumores. Consiguió desde libros de botánica hasta escritos de los chamanes que protegen los secretos del Amazonas. Dominó toda variedad de procedimientos y brebajes. Logró reproducir humores ancestrales que dotaban a la noche de toda suerte de colores. Y siempre soñaba. Todo esto tomó años, y nadie a su rededor se percató más que de una imprecisa extrañeza en su trato. En su cocina, pimienta, sal y especias fueron reemplazadas por pasiflora, valeriana y barbitúricos; su sartén quedó hasta abajo de la pila del desuso, mientras sobre la estufa estaba siempre un caldero; los platos casi no se usaban, más eran las tapas de distinto grosor, las ollas con y sin boquilla, los molcajetes y pistilos. El lugar se tornó laboratorio de alquimista, para acabar pronto. Pasado un tiempo consiguió remedios medicinales más potentes. Compró pastillas, fermentos, diversos químicos catalizadores o inhibidores, y combinaciones de todo ello en menjurjes preparados. Aun así, el resultado era el mismo: con o sin dolor de estómago, pero sus sueños lo esperaban todas las noches. Pronto, a su creciente investigación se unieron también ejercicios de meditación, rutinas respiratorias, prácticas de cansancio, etcétera. Todo lo intentó. Y todo, aunque no contribuyera ni un poco a su objetivo, lo iba registrando en un cuadernito. El cuaderno empezó siendo una suerte de recetario para su herbolario interior recién puesto en libertad; pero para cuando la guerra de Segismundo contaba ya diez años, era este texto el grimorio de un hechicero experto en las artes de Hypnos.

La guerra de Segismundo no cejó. Si acaso, el constante encuentro con sus hondos terrores le templó el ánimo hasta que nada pudiera sesgarlo. Se volvió una suerte de caudillo nocturno, de fantasma del campo de batalla que noche a noche recrea la lucha siendo siempre vencido con la frente en alto. Y por fin, una tarde que se le iba en registrar sus investigaciones en el grimorio, algo lo inspiró. No se sabe con seguridad qué entendió, así que nos quedamos solamente con sospechas. El hecho es que velozmente bajó a su laboratorio a confeccionar la más impresionante poción de la que jamás se ha tenido noticia. Los ingredientes se vertieron por cientos, todos incorporados en proporciones finísimamente medidas. Los tratamientos duraron varios días. La factura fue sobrehumana. El propósito de todo era aguzar los sentidos, restaurarlos, y en suma, extenderlos sin fin previsible. Y eso logró Segismundo Febrija: su visión, su oído, su olfato, su gusto y su tacto sufrieron tal alteración, que no podría exponerse con razones sin entregarse al escepticismo de los entendidos. Y sin embargo, funcionó. La bebió como mira un general la ciudad del enemigo derrumbarse. Nunca más volvió a dormir. No volvió a sentir el cansancio de la sensibilidad. Se mantuvo en una actividad constante, perenne, por días sin fin. Con mucha literalidad quedaron sus días sin fin, pues más bien se le tornó el tiempo en una sola constancia indisoluble. Ése fue el accidente del alquimista Febrija: ganó la guerra contra el sueño. El primer síntoma de su transformación fue la mudez. Después de un mes, había perdido por completo la razón y comenzó a notarse que su piel se endurecía. Nadie volvió a verlo en el trabajo, ni caminando cerca de su casa. Lo último que hizo fue meter los pies en la tierra de su jardín y desvanecerse. Cuando se dieron cuenta de lo que le había sucedido, ya era demasiado tarde. Segismundo Febrija ya había florecido con la primavera y pronto, si el clima lo favorecía, daría fruto.

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Desazón

De verdad me gusta vivir en esta ciudad flotante, vivir de la pesca de aves y dormir entre las nubes. El temor de que las casas caigan ante un terremoto o un tsunami hace mucho que ya no me aqueja. Hasta siento un poco de lástima por los que todavía viven allá abajo, de esos que todavía no saben ordeñar los estratos para abastecerse de agua y que entierran a sus muertos. Aquí lo tenemos todas las comodidades y lujos que la tecnología puede brindarnos, estamos protegidos de las bestias y de los monstruos terribles de la mar. Además siempre tenemos mucho trabajo que nos mantiene alejados de las riñas interpersonales. De allá abajo solo extraño una cosa: la sal. Acá arriba todo es insípido y de mal gusto, desde el arroz hasta los cacahuates. Pero ya ni modo, teníamos que pagar un precio a cambio de vivir a la usanza del Olimpo y no volver a comer sal, en su momento, nos pareció algo bastante razonable.

Mirada en la ventana

Mirada en la ventana

 

Recordaremos por las palabras a Ramón Xirau. Especialmente lo recordaremos por las palabras con que lo nombró Octavio Paz: hombre-puente. Lo inmediato es tomar el nombre paceano, darle la vuelta y hacerlo gritar como definición. Así, sin esfuerzo pensamos en Xirau como un puente entre España y México, o entre la filosofía y la poesía, o entre el castellano y el catalán… ¿Para qué definir los lugares comunes? ¿Por qué usar las palabras del poeta para tasar el recuerdo en el mercadeo “cultural” de los obituarios? Ni Octavio definió a Ramón, ni Xirau se prestaba simplonamente a la voz alzada de las definiciones. El nombre paceano, palabras del poeta, debe entenderse como la metáfora que nos devuelve a lo inmediato. Pensar a Ramón Xirau como hombre-puente es desembarcar en la lectura con la metáfora paceana como mapa. El nombre paceano sólo resuena en la lectura. La metáfora del poeta es privilegio del lector.

         Recordaremos por las palabras a Ramón Xirau. Principalmente lo recordaremos por las palabras que son sus obras: sus libros y poemas. Sólo por la lectura recordaremos a Xirau. Nuestra vida prosaica no tiene lugar para el recuerdo de los poetas; mucho menos para un poeta que escribió en catalán. Nuestra vida profana no tiene lugar para el recuerdo de los filósofos; sin ciudades no hay filósofos. Si queremos recordar a Ramón Xirau, poeta-filósofo―hombre-puente, debemos volver a lo inmediato: las palabras de sus libros y poemas.

         Recordaré a Ramón Xirau por su poemario finisecular Indrets del temps. Leamos “Per la finestra”.

Fa fred avui, ho diuen la llum de la finestra,

l’aire en el gebre de les fulles.

 

La llum però la llum

                                       és nostra

                                                           la teva clara llum.

 

El caliu de la posta il·lumina la tarda

el vermellós incendi        nau vermella?

 

Les pomes a la taula

                                     repòs, repòs de tarda.

 

El poema pasa en tantos lugares y tiempos como de dísticos está formado. En el primer dístico, hay un hombre que mira a la ventana, una ventana que trasluce el mundo, una simultaneidad entre el hombre que siente frío y el movimiento mundano que trasluce el frío, una simultaneidad que se encuentra en el filo de la ventana. La interioridad y la exterioridad sincronizan en la luz de la ventana. Y es la luz la que, en el segundo dístico, todo lo trastoca. En un verso que se distiende como el tiempo y se extiende como la luz, el personaje del poema pasa del encuentro entre el sentimiento propio y el sentimiento del mundo, a un mundo habitado por el otro, a un sentimiento compartido, a la propia persona como mirada y al otro en comunidad en la ventana. Nótese que teva es el término central del poema: al centro del poema estás tú. No es ya un hombre que mira en la ventana el paso del mundo y especula para sí un estado exterior, ni es la sola unidad de mundo y hombre en la ventana ateridos a un mismo tiempo, templados al mismo frío, iluminados por la misma luz. Aquí, la luz sólo es tu luz, la luz sólo ilumina cuando nos ilumina, el nos es el claro de la presencia, nosotros somos el mundo y el mundo se ilumina cuando nos reconocemos nosotros. El poema frente a la ventana es un puente al hombre, el poema nos lleva del hombre al hombre.

         La segunda mitad del poema nos devuelve a lo inmediato, pero sólo a condición de que la genuina inmediatez siempre sea comunitaria: la inmediatez del solitario, del contemplador silencioso, del sujeto cartesiano, es una abstracción. Sólo hay atardecer porque el hombre es comunitario; el atardecer nunca es solitario. ¿Por qué? ¿No es acaso el atardecer solitario, el contacto ascético con la naturaleza, uno de los dogmas de los románticos, druidas posmodernos y místicos amateur? El poeta lo dice de un modo insuperable: El caliu de la posta il·lumina la tarda. Cierto, la traducción menos literal, pero quizá más literaria, prefiere “resplandor”, que el verso diga: el resplandor de la puesta ilumina la tarde. Sin embargo, el resplandor nos devuelve al contemplador silencioso, al hombre solitario frente a la ventana, al romántico que se abisma en el paisaje. En cambio, cuando la mirada frente a la ventana reconoce en el mundo el lugar en que somos, cuando reconoce al mundo como el lugar propicio al otro, es posible que la calidez de la puesta ilumine la tarde: cuando no soy yo, sino cuando sé que somos, toda puesta es calidez. La proximidad de la noche, el diluirse de la luz en el filo del horizonte, nos devuelve tras la mirada, tras la ventana, nos devuelve un yo que es nosotros.

         Y somos nosotros, al final del poema, quienes reconocemos lo inmediato en ese más allá del mundo que es el más acá del mundo de los hombres. La tarde reposa en las manzanas de la mesa porque ya no son una parte del paisaje, mero acontecer, tiempo transcurrido. Las manzanas en la mesa son tiempo vivido, tiempo de los hombres. ¿O no es la manzana la más humana imagen de un atardecer? Fue en el atardecer de la infancia humana donde la manzana iluminó al tú y en la luz nos descubrimos temporales, finitos, mortales.

         En “Per la finestra”, Ramón Xirau es puente del hombre al hombre. Sin dialécticas abstractas o mitologías metafísicas, el poeta nos presenta la conformación del mundo humano en función de la sabiduría del tiempo. Y al centro de dicha sabiduría permite al lector encontrar el tesoro de la palabra. ¿O no es “tú” la palabra más bella para el que empieza a vivir eso del amor? Sin tú no habrá mundo, no habrá palabra, no habrá… Recordaremos a Ramón Xirau por sus palabras.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. Se cumplieron 34 meses de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa. Los padres de los desaparecidos reiteraron que de llegar al tercer aniversario anual del caso y no tener una explicación clara, aumentarán sus protestas en tono, forma y número en la Ciudad de México. Por su parte, los funcionarios de la PGR se comprometieron a presentar los avances del caso en agosto. Mientras tanto, el Presidente acudió a Guerrero en el mismo día del aniversario, no mencionó el tema, pero dio reconocimientos a militares. 2. Seguimos rompiendo las marcas, seguimos una tendencia a la alta, nos vamos superando… pero en la cifra de homicidios: junio tuvo la tasa más alta de homicidios desde 1997. ¡Veinte años no son nada! Y para Alejandro Hope es claro el problema: “cuando la violencia se asume como asunto “entre ellos” [los criminales], los homicidios no se investigan”, luego la impunidad impera. 3. Para Sara Sefchovich, el presidente Enrique Peña Nieto “parece muy gallito, pero tiene miedo”, por eso habla siempre, recibe aplausos y hace giras, pero calla cuando hay problemas, se esconde, no da la cara y manda a un subordinado. 4. Gil Gamés comparte mi estupefacción: un prohombre de la política al que se celebra por su servilismo con atuendo democrático. Se trata, claro, de Porfirio Muñoz Ledo, quien lleva más de 60 años viviendo del presupuesto, acomodándose para caer de pie. “sí, dígame don Gustavo, para qué soy bueno; dígame, don Luis, en qué le ayudo; don Miguel de la Madrid, vamos bien; búscame una cita con Carlos Salinas; Zedillo me recibirá mañana; ya platiqué con Fox y decliné porque soy un prócer; hablé ayer con Cuauhtémoc; dice Andrés Manuel que todo va viento en popa; por cierto, me pide Miguel Ángel Mancera que cuide la Constitución de la Ciudad de México”.

Coletilla. Va el poema “Por la ventana” de Ramón Xirau, pero revisitado.

Hoy hace frío, me lo dicen la luz de la ventana,

o el aire entre la escarcha de las hojas.

La luz pero la luz

                                 es nuestra

                                                      tu clara luz.

La calidez de la puesta ilumina la tarde

incendio rojizo     ¿nave rojiza?

Las manzanas en la mesa

                                                reposo, reposo de la tarde.

Ensayo poético de “El vendaval”

Ensayo poético de “El vendaval”

 

Este primer poema breve tiene tres lecturas: es una estrofa alejandrina, pero también puede ser un poema corto de versos endecasílabos o heptasílabos.

 

 Alejandrinos de la mutilación

“Toc, Toc, Toc”, toca el temor con sus flores de frío,

quebrando los vidrios que se hacen eco de un muerto.

Ceniza atroz, llama furiosa de incendio en el huerto:

es tromba, es tumba que riega en panes su frío.

 

 Satíricos (con crueldad patria)

Olvidar quieres esa gruta

en comedias y en un tris,

pues es amarga fruta

el pecho de la madre PRI.

 

Tu vida ya es la gruta,

erosión del vendaval

que muerde como puta

y deja al recuerdo sin aval.

 

 

Tacitus

El vendaval (un intento más)

Versión 7: redondilla

El vendaval da muerte:

fulmina y deja restos

ahogados en silencio;

es grito que enmudece.

Circe

No es casualidad que en la isla donde habita la hija de Helios, los seres muten a su verdadera forma.

El sol devela la verdad, y con la hechicera, hija del sol, los que parecen ser hombres, acaban mostrando a la luz su naturaleza porcina, sólo bastan algunas comodidades y dulces promesas para ello.

Circe, bien puede ser imagen de la modernidad, ya que al prometer banquetes y delicias saca a la luz la verdadera forma del hombre moderno, quien busca en qué entretenerse mientras, le llega la muerte, que busca pasar el tiempo, para ya no tener que buscar su hogar, y que recuerda que buscaba algo en su vida cuando ve pasar a su lado a quien mantiene su forma humana.

Por efectos de la presencia de la doncella, los compañeros del vagabundo Odiseo, mutaron en cerdos, y por las acciones del nostálgico rey de Ítaca, los cerdos se convirtieron en hombres … que como tales murieron, o al menos eso se cuenta.

 

Maigo.

Jóvenes desfasados

La concientización de la propia edad siempre es un tema eludido. No sólo se trata de la vanidad de quienes tienen un alma jovial, pero quieren enfatizarlo en cualquier punto, atuendos, actividades e interacciones juveniles. Aquellos que han pasado la edad de vino y rosas y se aferran al vino y piden prestadas las rosas, la belleza, de otros. Sino que en cualquier enfrentamiento con el espejo, ese ser ante el que no nos podemos engañar sin salir heridos, pues es la imagen de nuestra conciencia, nunca sabemos con exactitud qué edad tenemos, qué edad aparentamos, en qué edad quisiéramos estar.

Fácil es ubicar etapas en las edades, dado que los registros no siempre son exactos (el joven parece viejo y el viejo parece joven; el joven se comporta como viejo y el viejo como joven), y establecer comportamientos para dichas etapas. Pero dando una hojeada a las actividades que realizan las distintas personas de diferentes edades que conocemos, nos damos perfecta cuenta que cualquiera hace lo que quiere, pues personas de más de cuarenta años, inclusive con nietos, van a bares y buscan aventuras juveniles con jóvenes. El joven puede decidir no tomar esa ruta, y alejarse del ruido, de los bares e inclusive censurar a dichos adultos jóvenes, calificándolos de chavorrucos. Pero si las actividades no definen las edades, la crítica contra los chavorrucos, aunque se pinten los cabellos de verde con naranja y vistan como Miley Cyrus en sus conciertos, son injustificadas. ¿Entonces qué define las edades?

La pregunta queda incompleta si no vemos las consecuencias de que las edades se difuminen y sólo importen los comportamientos, así como que no sea posible juzgar al joven que actúa contra su edad y al viejo que, emulando al inigualable Zeus, quiere vencer al tiempo. La gran consecuencia que veo en este desfase de edades es la pérdida de ser jueces y ejemplos morales. ¿El joven bien portado puede ser ejemplo moral del viejo reventado?, ¿esté puede ser ejemplo de aquél? ¿Alguien se imagina si un consejo o un regaño de parte de quien baila reguetón a los 50 años pueda surtir algún efecto?, ¿qué importancia tiene un consejo o un regaño para una persona joven? El desfase de las edades, el no concientizar la responsabilidad que representa el volverse mayor, puede causar una degeneración moral.

Yaddir